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Full text of "Los raros"

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THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 

AT CHAPEL HILL 




EJVDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



PQ7319 
.D3 
1917 
v,6,c.2 




This book is due at the WALTER R. DAVIS LIBRARY on 
the last date stamped under "Date Due." If not on hold it 
may be renewed by bringing it to the library. 



DATE 
DUE 



RET. 



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SEP i 2 



'^í^Tiífeii^v'.'j^r^ 



1998r 



KU'a 



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DATE 
DUE 



RET. 




Í-OS RAROS 




Rubén Darío 



Digitized by the Internet Archive 

in 2011 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hill 



http://www.archive.org/details/losraros06daro 



PRÓLOGO 

Fuera de las notas sobre Mauclair y Adam, todo 
lo contenido én este libro fué escrito hace doce años, 
en Buenos Aires, cuando en Francia estaba el simbo- 
lismo en pleno desarrollo. Me tocó dar a conocer en 
América ese movimiento, y por ello^ypor mis versos 
de entonces, fui atacado y calificado con la inevitable 
palabra <decadente...^ Todo eso ha pasado— como 
mi fresca juventud. 

Hay en estas páginas mucho entusiasmo, admira^ 
ción sincera, mucha lectura y no poca buena intención. 
En la evolución natural de mi pensamiento, el fondo 
ha quedado siempre el mismo. Confesaré, no obstante, 
que me he acercado a algunos de mis ídolos de anta- 
ño y he reconocido más de un engaño de mi manera 
de percibir. 



Restan la misma pasión de arte, el mismo recono- 
cimiento de las jerarquías intelectuales, el mismo 
desdén de lo xndgar y la misma religión de belleza. 
Pero una razón autumnal ha sucedido a las explosio- 
nes de la primavera. 

Rubén Darío. 
París, Enero de J90J. 




EL ARTE EN SILENCIO 




o se ha hecho mucho comentario sobre 
VArt en stlence, de Camilo Mauclair, co- 
mo era natural. ¡El "Arte en silencio", en 
el país del ruido!, así debía ser. Y pocos 
libros más llenos de bien, más hermosos y 
más nobles que éste, fruto de joven, im- 
pregnado de un perfume de cordura y de un sabor de si- 
glos. AI leerle, he aquí ei espectáculo que se ha pre- 
sentado a mi imaginación: un campo inmenso y prepa- 
rado para la labor; un día en su más bello instante, y un 
labrador matinal que empuja fuertemente su arado, orgu- 
lloso de que su virtud triptolémica trae consigo la segu- 
ridad de la hora de paz y de fecundidad de mañana. En 
la confusión de tentativas, en la lucha de tendencias, entre 
los juglarismos de mal convencidos apóstoles y la imita- 
ción de titubeantes sectarios, la voz de este digno traba- 
jador, de este sincero intelectual, en el absoluto sentido 
del vocablo, es de una transcendental vibración. No pue- 
de haber profesión de fe más transparente, más noble y 
más generosa. 

*Creo en la vanidad de las prerrogativas sociales de 
mi profesión y del talento por sí mismo. Creo en la mi- 



R V B jE N DARÍO 

sión difícil, agotadora y casi siempre ingrata del hombre 
de letras, del artista, del circulador de ideas; creo que el 
hombre que, en nombre del talento que Dios le ha pres- 
tado, descuida su carácter y se juzga exonerado de los 
deberes urgentes de la existencia humana, desobedece a 
la humanidad y es castigado. Creo en la aceptación de to- 
dos los deberes por la ayuda de la caridad y del orgullo; 
creo en el individualismo artístico y social. Creo que el 
arte, ese silencioso apostolado, esa bella penitencia esco- 
gida por algunos seres cuyos cuerpos les fatigan e impi- 
den más que a otros encontrar lo infinito, es una obliga- 
ción de honor que es necesario llenar, con la más seria, 
la más circunspecta probidad; que hay buenos o malos 
artistas, pero que no tenemos que juzgar sino a los men- 
tirosos, y los sinceros serán premiados en el altísimo 
cielo de la paz, en tanto que los brillantes, los satisfechos, 
los mentirosos, serán castigados. Creo todo eso, porque 
ya he visto pruebas alrededor mfo, y porque he sentido 
la verdad en raí mismo, después de haber escrito varios 
libros, no sin sinceridad ni trabajo, pero con la confianza 
precipitada de la juventud.** 

En efecto: ¿quiénes habrían podido prever, en el autor 
de tantas páginas de ensueños — "corona de claridad** o 
"sonatitas de otoño" — este rumbo hacia un ideal de mo- 
ral absoluta, en las regiones verdaderamente intelectuales 
donde no hay ninguna necesidad de hacer ruido para ser 
escuchado? El ha agrupado en este sano volumen a varios 
artistas aislados, cuya existencia y cuya obra pueden ser- 
vir de estimulantes ejemplos en la lucha de las ideas y 
de las aspiraciones mentales. Mallarnié, Edgar Poe, Flau- 
bert, Rodenbach, Puvis de Chavannes y Rops, entre los 
muertos, y señaladas y activas energías jóvenes. Antes, 
conocidos son sus ensayos magistrales, de tan sagaz ideo- 
logía, sobre Jules Laforgue y Auguste Rodin. 

Cada día se afirma con mayor brillo la gloria ya sin 
sombras de Edgar Poe, desde su prestigiosa introduc- 
ción por Baudelaire, coronada luego por el espíritu trans- 
cendentalmente comprensivo y seductor de Stcphane 
Mallarmé. Mas entre lo mucho que se ha escrito respecto 

10 



L O S R A^_ R O^ S 

al desgraciado poeta norteamericano, muy poco llegará a 
la profundidad y belleza que se contienen en el ensayo 
de Mauclair. Es un bienhechor capítulo sobre la psicolo- 
gía de la desventura, que producirá en ciertas almas el 
bien de una medicina, la sensación de una onda cordial y 
vigorizante. Luego, el espíritu penetrante y buscador 
hace ver con luz nueva la ideología poeana, y muchos 
puntos que antes pudieran aparecer velados u obscuros, 
se ven en una dulce semiluz de afección que despide la 
elevada y pura estética del comentarista. 

Una de las principales bondades es la de borrarla ne- 
gra aureola de hermosura un tanto macabra que las dis- 
tulpas de la bohemia han querido hacer aparecer a'rede 
dor de la frente del gran yanqui. En este caso, como en 
otros, como en el de Musset, como en el de Verlaine, por 
ejemplo, el vicio es malignamente ocasional, es el com- 
plemento de la fatal desventura. El genio original, libre 
del alcohol u otro variativo semejante, se desenvolvería 
siempre, siendo en esa virtud sus floraciones libres de 
obscuridades y trágicas miserias. En resumen, Poe queda 
para el ensayista, "sin imitadores y sin antecesores, un 
fenómeno literario y mental, germinado espontánea- 
mente en una tierra ingrata, místico purificado por ese 
dolor del que ha dado la inolvidable transposición, levan- 
tado en ultramar, entre Emerson misericordioso y Whit- 
man profético, como un interrogador del porvenir." 

De Flaubert — ese vasto espectáculo — presenta una 
nueva perspectiva. La suma de razonamientos nos con- 
duce a este resultado: ''Flaubert no tiene de realista sino 
la apariencia, de artista impasible la apariencia, de ro- 
mántico la apariencia. Idealista, cristiano y lírico, he ahí 
sus rasgos ensenciales." Y las demostraciones son lleva- 
das por medio de la amable e irresistible lógica de Mau- 
clair, que nos presenta la figura soberbia del "buen gi- 
gante", por ese aspecto que permanece ya definitivo. Es 
también de un fin reconfortante, por el ejemplo de volun- 
tad 5' de sufrimientos, en la pasión invencible de las le- 
tras, la enfermedad de la forma, soportada por otros do- 
nes de fortaleza y de método. 



RUBÉN DARÍO 

Sobre Mallarmé la lección es todavía de una virtud 
que concreta una moral superior. ¿Acaso no va ya desta- 
cándose en toda su altura y hermosura ese poeta a quien 
la vida no consentía el triunfo, y hoy baña la gloria, "el 
sol de los muertos", con su dorada luz? 

La simbólica representación está en la gráfica idea de 
Felician Rops: el arpa ascendente, a la cual tienden en 
el éter innumerables manos de lo invisible. La honorabi- 
lidad artística, el carácter en lo ideal, la santidad, si posi- 
ble es decir, del sacerdocio, o misión de belleza, facultad 
inaudita que halló su singular representación en el mara- 
villoso maestro, que a través del silencio fué hacia la in- 
mortalidad. Una frase de Mme. Perier en su Vtda de 
Pascal, sirve de epígrafe al ensayo afectuoso, admirable 
y admirativo, justo, consagrado al doctor de misterio: 
"Nous n'avons su toutes ees choses qu'aprés sa morte*. 

La estética mallarmeana por esta vez ha encontrado un 
opositor que se aleje de las fáciles tentativas de un Wi- 
sewa, de las exégesis divertidas de varios teorizantes, 
como de las blindadas oposiciones de la retórica escolar, 
o lo que es peor, junto a la burda risa de una enemistad 
que no razona, la embrolladora disertación de más de un 
pseudo-discípulo. 

Las páginas dedicadas a Rodenbach, con quien la ju- 
ventud le une más cercanamente, en una afección artís- 
tica fraternal, mitigan su tristeza en la afirmación de un 
generoso y sereno carácter, de una vida como autumnal, 
iluminados crepuscularraente de poesía y de gracia inte- 
rior. "Le hemos conocido irónico, entusiasta, espiritual y 
nervioso; pero era, ante todo, un meiacólico, aun en la 
sonrisa. Le sentíamos menos extraño por su voz y ciertos 
signos exteriores, que lejano por una singular facultad 
de reserva. Ese cordial era aislado de alma. Había en esa 
faz rubia y fina, en esa boca fina, en esos ojos atrayentes, 
una languidez y un fatalismo que no dejaban de extra- 
ñar. Es feliz, pensábamos; y, sin embargo, ¿qué tiene? 
Tenía el gusto atento y la comprensión de la muerte. Se 
detenía en el dintel de la existencia, y no entraba, y desde 
ese dintel nos miraba a todos con una tristeza profunda- 

12 



LOS RAROS 

mente delicada. Ha vuelto a tomar el camino eterno: era 
un transeúnte encantador que no ha dicho todo su pensa- 
miento en este mundo. Estaba "hanté" por su misticismo 
minucioso y extraño, evocaba todo lo que está difunto, 
recogido, purificado por la inmóvil palidez de los reposos 
seculares. Llevaba por todas partes su claustro interior, 
y si ha deseado ser enterrado en esa Bruges que amó 
tanto, puede decirse que su alma estaba dormida ya en la 
pacifica belleza de una muerte harmoniosa.** Decid si no 
es este camafeo de un encanto sutil y revelador, y si no 
se ve a su través el alma melancólica del malogrado ani- 
mador de "Bruges la muerta". Estos párrafos de Mau- 
clair son comparables, como retrato, en la transposición 
de la pintura a la prosa, al admirable pastel en que per- 
petúa la triste faz del desaparecido, el talento compren- 
sivo de Levy Dhurmer. 

Algunos vivos son también presentados y estudiados, 
y entre ellos uno que representa bien la fuerza, la clari- 
dad, la tradición del espíritu francés, del alma francesa, 
el talento más vigoroso de los actuales escritores de 
este país. 

He nombrado a Paul Adam. Así sobre Elemir Bourges, 
de obra poco resonante, pero muy estimado por los inte- 
lectuales, consagra algunas notas, como sobre León 
Daudet. 

La parte que denomina "El crepúsculo de las técnicas" 
debía traducirse a todos los idiomas y ser conocida por la 
juventud litei aria que en todos los países busca una vía, 
y mira la cultura de Francia y el pensamiento francés 
como guías y modelos. Es la historia del simbolismo, 
escrita con toda sinceridad y con toda verdad; y de ella 
se desprenden útilísimas lecciones, enseñanzas cuyo pro- 
vecho es inmediato, así el estudio sobre el sentimentalis- 
mo literario, en que el alma de nuestro siglo está anali- 
zada con penetración y cordura a la luz de una filosofía 
amplia y generosa, poco conocida en estos tiempos de 
egotismos superhombríos y otras nieztschedades. No sa- 
bría alabar suficientemente los capítulos sobre arte, y el 
homenaje a altos artistas— artistas en silencio — como 



RUBÉN 



D 



R 



O 



Puvis y Felician Rops, Gustave Moreau y Besnard, así 
como los fragmentos de otros estudios y ensayos que ayu- 
dan en el volumen a la comprensión, al peso y, para de- 
cirlo con mi sentimiento, a la simpatía que se ezperimenta 
por un sincero, por un laborioso, por un verdadero y 
grande expositor de saludables ideas, que es al propio 
tiempo, él también, un señalado, uno que ha hallado su 
rumbo cierto, y como él gustará que se le llame un artista 
silencioso. 




14 



í 




Edgar Allan Poe 




EDGAR ALLAN POE 




)N una mañana fría y húmeda llegué por pri- 
mera vez al inmenso país de los Estados 
Unidos. Iba el "steamer" despacio, y la sire- 
na aullaba roncamente por temor de un cho- 
que. Quedaba atrás Fire Island con su erecto 
faro; estábamos frente a Sandy Hook. de 
donde nos salió al paso el barco de sanidad. El ladrante 
slang yanqui sonaba períodos partes, bajo el pabellón de 
bandas y estrellas. El viento frío, los pitos arromadiza- 
dos, el humo de las chimeneas, el moviriienio de Ins má- 
quinas, las mismas ondas ventrudas de aquel mar esta- 
ñado, el vapor que caminaba rumbo a la gran bahía, todo 
decía: "aüright". Entre las brumas se divisaban islas y 
barcos Longisland desarrollaba la inmensa cinta de sus 
costas, y Staten Island, como en el marco de una viñeta, 
se presentaba en su hermosura, tentando al lápiz, ya que 
no, por ía falta de sol, la máquina fotográñca. Sobre cu- 
bierta se sgrup^an ios pasajeros: el comerciante de gruesa 
panza, congestionado como un pavo, con encorvadas 
■arices israelitas; el clergyKüan huesoso, efjiu»dadc en su 

2 17 



RUBÉN DARÍO 



largo levitón negro, cubierto con su ancho sombrero de 
fieltro, y en la mano una pequeña Biblia; la muchacha que 
usa gorra de jockey y que durante toda la travesía ha can- 
tado con voz fonográfica, al son de un banjo; el joven 
robusto, lampiño como un bebé, y que, aficionado al 
box, tiene los puños de tal modo, que bien pudiera des- 
quijar un rinoceronte de un solo impulso... En los Nar- 
rows se alcanza a ver la tierra pintoresca y florida, las 
fortalezas. Luego, levantando sobre su cabeza la antor- 
cha simbólica, queda a un lado la gigantesca Madona de 
la Libertad, que tiene por peana un islote. De mi alma 
brota entonces la salutación: "A ti, prolífica, enorme, do- 
minadora. A ti, Nuestra Señora de la Libertad. A ti, cu- 
yas mamas de bronce alimentan un sinnúmero de al- 
mas y corazones. A ti que te alzas solitaria y magnífica 
sobre tu isla, levantando la divina antorcha. Yo te sa- 
ludo al paso de mi ''steamer", prosternándome delante 
de tu majestad. ¡Ave: Good mnrning! Yo sé, divino icono, 
oh magna estatua, que tu solo nombre, el de la ex- 
celsa beldad que encarnas, ha hecho brotar estrellas so- 
bre el mundo, a la manera de\Jiot del Señor. Allí están 
entre todas, brillantes sobre las listas de la bandera, las 
que iluminan el vuelo del águila de América, de esta tu 
América formidable, de ojos azules. Ave, Libertad, llena 
de fueiza; el Señor es contigo: bendita tú eres. Pero ¿sa- 
bes? se te ha herido mucho por el mundo, divinidad, 
manchando tu esplendor. Anda en la tierra otra que ha 
usurpado tu nombre, y que, en vez de la antorcha, lleva 
la tea. Aquélla no es la Diana sagrada de las incompara- 
bles flechas: es Hécate." 

Hecha mi salutación, mi vista contempla la masa enor- 
me que está al frente, aquella tierra coronada de torres, 
aquella región de donde casi sentís que viene un soplo 
subyugador y terrible: Manhattan, la isla de hierro, New 
Yoik, la sanguínea, la ciclópea, la monstruosa, la tormen- 
tosa, la irresistible capital del cheque. Rodeada de islas 
menores, tiene cerca a Jersey, y agarrada a Brookiin con 
la uña enorme del puente; Brookiin, que tiene sobre el 
palpitante pecho de acero un ramillete de campanarios. 

18 



LOS RAROS 

Se cree oir la voz de New York, el eco de un vasto so- 
liloquio de cifras. ¡Cuan distinta de la voz de París, cuan- 
do uno cree escucharla, al acercarse, halagadora como 
una canción de amor, de poesía y de juventud! Sobre el 
suelo de Manhattan parece que va a verse surgir de pron- 
to un colosal Tío Samuel, que llama a los pueblos todos 
a un inaudito remate, y que el martillo del rematador cae 
sobre cúpulas y techumbres produciendo un ensordece- 
dor trueno metálico. Antes de entrar al corazón del mons- 
truo, recuerdo la ciudad que vio en el poema bárbaro el 
vidente Thogorma: 

Thogorma dans ses yeux vit monter des murailles 
De fer dont s'enroulaient des spirales des tours 
£t des palais cerclés d^airain sur des blocs lourds; 
Ruche enorme, gékenne aux lúgubres entrailles 
Oü s'engouffraient les Forts, princes des anciens jours. 

Semejantes a los Fuertes de los días antiguos, viven 
en sus torres de piedra, de hierro y de cristal, los hom- 
bres de Manhattan. 

En su fabulosa Babel, gritan, mugen, resuenan, bra- 
man, conmueven la Bolsa, ¡a locomotora, la fragua, el 
banco, la imprenta, el dock y la urna electoral. El edificio 
Produce Exchange entre sus muros de hierro y granito 
reúne tantas almas cuantas hacen un pueblo... He allí 
Broadway. Se experimenta casi una impresión dolorosa; 
sentís el dominio del vértigo. Por un gran canal cuyos 
lados los forman casas monumentales que ostentan sus 
cien ojos de vidrios y sus tatuajes de rótulos, pasa un río 
caudaloso, confuso, de comerciantes, corredores, caballos, 
tranvías, ómnibus, hombres-sandwichs vestidos de anun- 
cios, y m*jjeres bellísimas. Abarcando con la vista la in- 
mensa arteria en su hervor continuo, llega a sentirse la 
angustia de ciertas pesadillas. Reina la vida del hormi- 
guero: un hormiguero de percherones gigantescos, de 
carros monstruosos, de toda clase de vehículos. Ei ven- 
dedor de periódicos, rosado y risueño, salta como un go- 
rrión, de tranvía en tranvía, y grita al pasajero: «jintanr» 

1# 



RUBÉN DARÍO 

sooonv/oood!>, lo que quiere decirsi gustáis comprar cual- 
quiera de e&os tres diarios: el Evcning Telegram, el Sun 
o el World, El ruido es mareador y se siente en el aire 
una trepiidación incesante; el repiqueteo de los cascos, el 
vuelo sonoro de las ruedas, parece a cada instante aumen- 
tarse. Temeríase a cada momento un choque, un fracaso, 
si no se conociese que este inmenso río que corre con 
una fuerza de alud lleva en sus ondas la exactitud de una 
máquina. En lo más intrincado de la muchedumbre, en lo 
más convulsivo y crespo de la ola de movimiento, sucede 
que una lady anciana, bajo su capota negra, o una raiss 
rubia, o una nodriza con su bebé, quiere pasar de una 
acera a otra. Un corpulento policeman alza la mano; de- 
tiénese el torrente; pasa la dama; <¡all right!» 

"Esos cíclopes...", dice Groussac; "esos feroces caliba' 
nes...", escribe Peladan. ¿Tuvo razón el raro Sar al llamar 
así a estos hombres de la América del Norte? Calibán 
reina en la isla de Manhattan, en San Francisco, en Bos- 
ton, en Washington, en todo el país. Ha conseguido esta- 
blecer el imperio de la materia desde su estado misterioso 
con Edison hasta 'a apoteosis del puerco, en esa abruma- 
dora ciudad de Chicago. Calibán se satura de «whisky», 
como en el drama de Shakespeare de vino; se desarrolla 
y crece; y sin ser esclavo de ningún Próspero, ni martiri- 
zado por ningún genio del aire, engorda y se multiplica; 
su nombre es Legión. Por voluntad de Dios suele brotar 
de entre esos poderosos monstruos algún ser de superior 
naturaleza que tiende las alas a la eterna Miranda de lo 
ideal. Entonces, Calibán mueve contra él a Sicorax, y se 
le destierra o se le mata. Esto vio el mundo con Edgar 
Alian Poe, el cisne desdichado que mejor ha conocido el 
ensueño y la muerte. . 

¿Por qué vino tu imagen a mi memoria, Stella, Alma, 
dulce reina mía, tan presto ida para siempre, el día en 
que, después de recorrer el hirviente Broadway, me puse 
a leer los versos de Poe, cuyo nombre de Edgar, armo- 
nioso y legendario, encierra tan vaga y triste poesía, y he 
visto desfilar la procesión de sus castas enamoradas a 
través del polvo de plata de un místico ensueño? Es por- 

20 



L OS RAROS 

que tú eres hermana de las liliales vírgenes cantadas en 
brumosa lengua inglei;a por el soñador infeliz, príncipe 
de los poetas malditos. Tú como eilas eres llama del infi- 
nito amor. Frente al balcón, vestido de rosas blancas, por 
donde en el Paraíso asoma íu faz de generosos y profun- 
dos ojos, pasan tus hermanas y te saludan con una son- 
risa, en !a maravilla de tu virtud, joh mi ángel consolador, 
oh mi esposa! La primera que pasa es Irene, la dama 
brillante de palidez extraña, venida de aiiá, de los mares 
lejanos; la segunda es Eulalia, la dulce Eulalia, de cabe- 
llos d<e oro y ojos de violeta, que dirige al cielo su mirada; 
la tercera es Leonora, llamada así por los ángeles, joven 
y radiosa en el Edén distante; la otra es Francés, la ama- 
da que calma las penas con su recuerdo; la otra es Ula- 
lume, cuya sombra yerra en la nebulosa región de Weir, 
cerca d.;l sombrío lago de Auber; la otra Helen, la que 
fué vista por la primera vez a la luz de perla de la luna; 
la otra, Annie, la de los ósculos y las caricias y oraciones 
por el adorado; la otra, Annabel Lee, que amó con un 
amor envidia de los serafines del cielo; la otra, Isabel, la 
de los amantes coloquios en la claridad lunar; Ligeia, en 
fin, meditabunda, envuelta en un velo de extraterrestre 
esplendor... Ellas son, candido coro de ideales oceánidas, 
quienes consuelan y enjugan la frente al lírico Prometeo 
amarrado a la montaña Yaiikee, cuyo cuervo, más cruel 
aún que el buitre esquiliano, sentado sobre el busto de 
Palas, tortura el corazón del desdichado, apuñalándole 
con la nr^onótona palabra de la desesperanza. Así tú para 
mi. En medio de los martirios de la vida, me refrescas y 
alientas con el aire de tus alas, porque si partiste en tu 
forma humana al viaje sin retorno, siento la venida de tu 
ser inmortal, cuando las fuerzas me faltan o cuando el do- 
lor tiende hacia mí el negro arco. Entonces, Alma, Stella, 
oigo sonar cerca de mí el oro invisible de tu escudo an- 
gélico. Tu nombre luminoso y simbólico surge en el cielo 
de mis noches como un incomparable guía, y por tu clari» 
dad inefable llevo el incienso y la mirra a la cuna de la 
eterna Esperanza. 

21 



RUBÉN DAR 



L— El hombre 

La influencia de Poe en el arte universal ha sido sufi- 
cientemente honda y transcendente para que su nombre 
y su obra no sean a la continua recordados. Desde su 
muerte acá, no hay «ño casi en que, ya en el libro o en la 
revista, no se ocupen del excelso poeta americano críti- 
cos, ensayistas y poetas. La obra de Ingram iluminó la 
vida del hombre; nada puede aumentar la gloria del soña- 
dor maravilloso. Por cierto que la publicación de aquel 
libro cuya traducción a nuestra lengua hay que agradecer 
al señor Mayer, estaba destinada al grueso público. 

¿Es que en el número de los escogidos, de los aristó- 
cratas del espíritu, no estaba ya pesado en su propio va- 
lor el odioso fárrago del canino Griswold? La infame 
autopsia moral que se hizo del ilustre difunto debía tener 
esa bella protesta. Ha de ver ya el mundo libre de man- 
cha al cisne inmaculado. 

Poe, como un Ariel hecho hombre, diríase que ha pa- 
sado su vida bajo el fletante influjo de un extraño miste- 
rio. Nacido en un país de vida práctica y material, la in- 
fluencia del medio obra en él ai contrario. De un país de 
cálculo brota imaginación tan estupenda. El don mitológi- 
co parece nacer en él por lejano atavismo y vese en su 
poesía un claro rayo del país de sol y azul en que nacieron 
sus antepasados. Renace en él el alma caballeresca de los 
Le Poer alabados en las crónicas de Generaldo Gambre- 
sio. Amoldo Le Poer lanza en la Irlanda de 1327 este 
terrible insulto al caballero Mauricio de Desmond: "Sois 
un rimador". Por lo cual se empuñan las espadas y ss 
traba una riña que es el prólogo de guerra sangrienta. 
Cinco siglos después^ un descendiente del provocativo 
Amoldo glorificará a su raza, erigiendo sobre el rico pe- 
destal de la lengua inglesa, y en un nuevo mundo, el pa- 
lacio de oro de sus rimas. 

El noble abolengo de Poe, ciertamente, no interesa sino 
a "aquellos que tienen gusto de averiguar los efectos pro- 
ducidos por el país y el linaje en las peculiaridades men- 

22 



os RABO 



tales y constitucionales de los hombres de genio", según 
las palabras de la noble señoia Whitmavi. Por lo demás, 
es él quien hoy da valer y honra a todos los pastores pro- 
testantes, tenderos, rentistas o mercachifles que lleven su 
apellido en la tierra del honorable padre de su patria, 
Jorge Washington. 

Sábese que en el linaje de) poeta hubo un bravo sir 
Rogerio que batalló en compañía de Strongbow; un osado 
sir Amoldo, que defendió a una lady acusada de bruja; 
una mujer heroica y viril, la célebre "condesa" del tiempo 
de CromweII; y pasando sobre enredos genealógicos an- 
tiguos, un general de ios Estados Unidos, su abuelo. Des- 
pués de todo, ese ser trágico, de historia tan extraña y 
romanesca, dio su primer vagido entre las coronas mar- 
chitas de una comedianta, la cual le dio vida bajo el im- 
perio del más ardiente amor. La pobre artista había que- 
dado huérfana desde muy tierna edad. Amaba el teatro, 
era inteligente y bella, y de esa dulce gracia nació el pá- 
lido y melancólico visionario que dio al arte un mundo 
nuevo. 

Poe nació con el envidiable don de la bell ^za corporal. 
De todos los retratos que he visto suyos, ninguno da idea 
de aquella especia! hermosura que en descripciones han 
dejado muchas de las personas que le conocieron. No hay 
duda que en toda la iconografía poeana, el retrato que 
debe representarle mejor es el que sirvió a Mr. Clarke 
para publicar un grabado que copiaba al poeta en el tiem- 
po en que éste trabajaba en la empresa de aquel caballe- 
ro. El mismo Clarke protestó contra los falsoi retratos 
de Pue que después de su muerte se publicaron. Si no 
tanto como los que calumniaron su hermosa alma poéti- 
ca, los que desfiguran la belleza de su rostro son dignos 
déla más justa censura. De todos los retratos que han 
llegado a mis manos, los que más me han llamado la 
atención son el de Chiffart, publicado en la edición ilus- 
trada de Qaantín, de los Cuentos extraordinarios, y el 
grabado por R. Loncup para la traducción del libro de 
Ingram por Mayer. En ambos, Poe ha llegado ya a la edad 
madura. No es por cierto aquel gallardo jovencito sensi- 

23 



RUBÉN par í O 

tivo que al conocer a Elena Staneand, quedó trémulo y 
sin voz, como e!. Dante de la Vita Nuova... Es el hom- 
bre que ha suírido ya, que conoce por sus propias des- 
garradas carnes cómo hieren las asperezas de la vida En 
el primero, el artista parece haber querido hacer una ca- 
beza simbólica. En los ojo?, casi ornitomorfos, en el aire, 
en la expresión trágica del rostro, Chifíart ha intentado 
pintar al autor deí Cuervo, ai visionario, al "cnhappy 
Master* más que al hombre. En el segundo hay más rea- 
lidad: esa mirada triste, de tristeza contagiosa, esa boca 
apretada, ese vago gesto de dolor y esa frente ancha y 
magnifica en donde se entronizó la palidez fatal del sufri- 
miento, pintan al desgraciado en sus días de mayor infor- 
tunio, quizá en los que precedieron a su muerte. Los 
otros retratos, como el de Haípia para la edición de Ams- 
trong, nos dan ya tipos de lechuguinos de la época, ya 
caras que nada tienen que ver con la cabeza bella e inte- 
ligente de que habla Ciai ke. Nada más cierto que la ob- 
üervación de Gautier: 

"Es ra^o que un poeta, dice, que un artista sea cono- 
cido bajo su primer encantador aspecto. La reputación 
no le viene sino muy tarde, cuando ya las fatigas del es- 
tudio, la lucha por la vida y las torturas de las pasiones 
han alterado su fisonomía primitiva: apenas deja sino una 
máscara usada, marchita, donde cada dolor ha puesto por 
estigma una magulladura o una arruga." 

Desde niño Poe "prometía una gran belleza" (i). 

Sus compañeros de colegio hablan de su agilidad y ro- 
bustez. Su imaginación y su temperamento nervioso es- 
taban contrapesados por la fuerza de sus músculos. El 
amable y delicado ángel de poesía sabía dar excelentes 
puñetazos. Más tarde dirá de él una buena señora: "Era 
un muchacho bonito" (a). 

Cuando entra a West Point hace notar en él un colega, 
Mr. Gibson, su "mirada cansada, tediosa y hastiada". Ya 
en su edad viril, recuérdale el bibliófilo Gowans: "Poete- 



(i) Ingram. 

(a) Miss Royster, citada por Ingram. 

24 



L O S RAROS 

nía un exterior notabiemente agradable y que predispo- 
nía en su favor: lo que las damas llamarían claramente 
bello " Una persona que le 03'e recitar en Boston, dice: 
"Era la mejor realización de un poeta, en su fisonomía, 
aire y manera." Un precioso retrato es hecho de mano 
femenina: "Una taila algo menos que de altura mediana 
quiza, pero tan perfectr. mente proporcionada y coronada 
por una cabeza tan noble, llevada tan regiamente, que, a 
mi juicio de muchacha, causaba la impresión de una esta- 
tura dominante. Esos claros y melancólicos ojos parecían 
rnirar desde una eminencia...*' (i). Otra dama recuerda la 
extraña impresión de sus ojos: "Los ojos de Poe, en ver- 
dad, eran el rasgo q<ie más impresionaba y era a ellos a 
los que su cara debía su atractivo peculiar. Jamás he vis- 
to otros ojos que en algo se le parecieran. Eran grandes, 
con pestañas largas y un negro de azabache: el iris acero- 
gris poseía una cristalina claridad y transparencia, a tra- 
vés de la cual ia pupila negraazabache se veía expandirse 
y contraerse con toda sombra de pensamiento o de emo- 
ción. Observé que los párpados jamás se contraían, como 
es tan usual en la mayor parte de las personas, princi- 
palmente cuando hablan; pero su mirada siempre era lle- 
na, abierta y sin encogimiento ni emoción. Su expresión 
habitual era soñadora y triste: algunas veces tenía un 
modo de dirigir una mirada ligera, de soslayo, sobre al- 
guna persona que no le observaba a él, y, con una mirada 
tranquila y fija, parecía que mentalmente estaba midiendo 
el calibre de la persona que estaba ajena de ello. — ¡Qué 
ojos tan tremendos tiene el señor Poe! -me dijo una se- 
ñora. Me hace helar la sangre el verle darse vuelta lenta- 
mente y fijarlos sobre mí cuando estoy hablando> (2), La 
misma agrega: "Usaba un bigote negro esmeradamente 
cuidado, pero que no cubría completamente una expre- 
sión ligeramente contraída de la boca y una tensión 
ocasional del labio superior, que se asemejaba a una 
expresión de moía. Esta mofa era fácilmente excita- 



(i) Miss Heywod. — Ibid. 
(2) Mrs. Weis3.— Ibid. 

25 



RUBÉN parí O 

da y se manifestaba por un movimiento del labio, apenas 
perceptible y, sin embargo, intensamente expresivo. No 
había en ella nada de malevolencia, pero si mucho sar- 
casmo." Sábese, pues, que aquella alma potente y extra- 
ña estaba encerrada en hermoso vaso. Parece que la dis- 
tinción y dotes tísicas deberían ser nativas en todos los 
portadores de la lira. ¿Apolo, el crinado numen lírico, no 
es el prototipo de la belleza viril? Mas no todos üus hijos 
nacen con dote tan espléndido. Los privilegiados se lla- 
man Goethe, Byron, Lamartine, Poe. 

Nuestro poeta, por su organización vigorosa y cultiva- 
da, pudo resistir esa terrible dolencia que un médico es- 
critor llama con gran propiedad "la enfermedad del en- 
sueño". E'-a un sublime apasionado, un nervioso, uno de 
esos divinos semilocos necesarios para el progreso hu- 
mano, lamentables cristos del arte, que por amor al eter- 
no ideal tienen su calle de la amargura, sus es-pinas y su 
cruz. Nació con la adorable llama de la poesía, y ella le 
alimentaba al propio tiempo que era su martirio. Desde 
niño quedó huérfano y le recogió un hombre que jamás 
podría conocer el valor intelectual de su hijo adoptivo. 
El señor Alian — cuyo nombre pasará al porvenir al brillo 
del nombre del poeta —jamás pudo imaginarse que el po- 
bre muchacho recitador de versos que alegraba las vela- 
das de su "home" fuese más tarde un egregio príncipe 
dei arte. En Poe rein.=i el "ensueño" de'íde la niñez. Cuan- 
do el viaje de su protector le i!e\?a a Londres, la escuela 
del dómine Brandeby es para él como un lugar fantástico 
que despierta en su ser extrañas reminiscencias; después, 
en la fuerza de su genio, el recuerdo de aquella morada 
y del viejo profesor han de hacerle producir una de sus 
subyugadoras páginas. Por una parte posee en su fuerte 
cerebro la facultad musical; por otra, la fuerza matemá- 
tica. Su "ensueño" está poblado de quimeras y de cifras 
como la carta de un astrólogo. Vuelto a América, vámosle 
en la escuela de Clarke, en Richmond, en donde al mis- 
mo tiempo que se nutre de clásicos y recita odas latinas, 
boxea y llega a ser algo como un "champion" estudiantil; 
en la carrera hubiera dejado atrás a Atalanta, y aspiraba 

26 



LOS RAR O S 

a los lauros natatorios de Byron. Pero si brilla y descue- 
lla intelectual y físicamente entre sus compañeros, los 
hijos de familia de la fofa aristocracia del lugar miran 
por encima del hombro al hijo de la cómica. ¿Cuánta no 
ha de haber sido la hiél que tuvo que devorar este ser 
exquisito, humillado por un origen del cual en días pos- 
teriores habría orguUosamente de gloriarse? Son esos 
primeros golpes los que empezaron a cincelar el pliegue 
amargo y sarcástico de sus labios. Desde muy temprano 
conoció las asechanzas del lobo racional. Por eso busca- 
ba la comunicación con la naturaleza, tan sana y fortale- 
cedora. "O Jio sobre todo y detesto este animal que se 
llama Hombre", escribía Swift a Pope. Poe, a su vez, ha- 
bla "de la mezquina amistad y de la fidelidad de polvillo 
de fruta ("gossamer fidelity") del mero hombre" Ya en li- 
bro de Job, Eliphaz Themanita exclama: "¿Cuánto más el 
hombre abominable y vil que bebe como la iniquidad?" 
No buscó el lírico americano el apoyo de la oración; no 
era creyente; o, al menos, su alma estaba alejada del mis- 
ticismo. A lo cual da por razón James Russeil Lowell )o 
que podría llamarse la matematicidad de su cerebración. 
"Hasta su misterio es matemático para su propio espí- 
ritu." La ciencia, impide al poeta penetrar y tender las 
alas en la atmósfera de las verdades ideales. Su necesi- 
dad de análisis, la condición algebraica de su fantasía, 
hácele producir tristísimos efectos cuando nos arrastra 
al borde de lo desconocido. La especulación filosófica nu- 
bló en él la fe, que debiera poseer como todo poeta ver- 
dadero. En todas sus obras, si mal no recuerdo, sólo unas 
dos veces está escrito el nombre de Cristo (i). Profesaba, 
sí, la moral cristiana; y en cuanto a los destinos del hom- 
bre, creía en una ley divina, en un fallo inexorable En 
él la ecuación dominaba a la creencia, y aun en lo refe- 
rente a Dios y sus atributos, pensaba con Spinoza que las 
cosas invisibles y todo lo que es objeto propio del enten- 
dimiento no puede percibirse de otro modo que por los 



(i) Tiene, no obstante, un himno a María en Poems and 
Essnys. 

27 



RUBÉN D A B I O 

ojos de ia demostración (r), olvidando la profunda afir- 
mación filosófica: *'intelectus ncster sic ¿de habet? ad pri- 
ma entium quce sunt manifestissima in natura, sicut ocu- 
lus vespertiiiünis ad solem". No creía en lo sobrenatural, 
según confesión propia; pero afirmaba que Dios, como 
creador de la naturaleza, puede, si quiere, modificarla. En 
la narración de la metempsicosis de Ligeia hay una defi- 
nición de Dio?, tomada de Granwill, que parece ser sus- 
tentada por Poe: Dios no es más que una gran voluntad 
que penetra todas las cosas por la naturaleza de su inten- 
sidad. Lo cual estaba ya dicho por Santo Tomás en estas 
palabras: "Si las cosas mismas no determinan el fin para 
sí, porque desconocen la razón del fin, es necesario que 
se les determine el fin por otro que sea determinador de 
la naturaleza. Este es el que previene todas las cosas, 
que es ser por sí mismo necesario, y a éste llamamos 
Dios..." (2). En la Revelación Magnética, a vuelta de 
divagaciones filosóficas, Mr. Vankirk— que, como casi to- 
dos los personajes de Poe, es Poe mismo -afirma la exis- 
tencia de un Dios material, al cual llama materia suprema 
e imparticulada. Pero agrega: **La materia imparíiculada, 
o sea Dios en estado de reposo, es, en lo que entra en 
nuestra comprensión, lo que los hombres llaman espí- 
ritu." En el diálogo entre Oinos y Agathos pretende son- 
dear el misterio de la divina inteligencia; así como en los 
de Monos y Una y de Eros y Charmion penetra en la des- 
conocida sombra de la Muerte, produciendo, como pocos, 
extraños vislumbres en su concepción del espíritu en el 
espacio y en el tiempo. 



(i) Spinoza: Tratado teológico -político. 
(2) Santo Tomás: Teodicea., XLI. 



28 




Leconte de Lisle 




LECONTE DE LISLE 




\ muerto el pontífice del Parnaso, el vicario 
de Hugo; las campanas de la Basílica lírica 
están tocando vacante. Descansa ya, pálida 
y sin la sangre de la vida, aquella majestuo- 
sa cabeza de sumo sacerdote, aquella testa 
coronada- coronada de Jos más verdes lau- 
reles — , llena de augusta hermosura antigua y cuyos ras- 
gos exigen el relieve de la medalla y la consagración 
olímpica del mármol. 

Homéricos funerales deberían ser los de Leconte de 
Lisie. En hoguera ence».dida con maderos olorosos, allá 
en el corazón de la isla maternal, en donde por primera 
vez vio la gloria del Sol, consumiríase su cuerpo al vuelo 
de las odas con que un coro de poetas cantaría el Triunfo 
de la Lira, recitarianse estrofas que recordarían a Orfeo 
encadenando con sus acordes la furia de los leopardos y 
leones, o a Melesigenes cercado de las musas en la mara- 
villa de una apoteosis. ¡Homéricos funerales para quien 
fué homérida, por el soplo épico que pasaba por el cor- 
daje de su lira, por la soberana expresión y el vuelo so- 



RUBÉN D A R I O 

berbio, por la impasibilidad casi religiosa, por la mggni- 
ficencia monurnental estatuaria de su obra, en la cual, 
como en la del Padre de los poetas, pasan a nuestra vista 
portentosos desfiles de personajes, grupos esculturales, 
marmóreos bajorrelieves, figuras que encarnan los odios, 
los combates, las terribles iras; homérida por ser de alma 
y sangre latinas y por haber adorado siempre el lustre y 
el renombre de ía Hélade inmortal! Griego fué, de los 
griegos tenía, como lo hizo notar muy bien Guyau, la 
concepción de una especie de mundo de las formas y de 
las ideas que es el mundo mismo del arte; habiéndose 
colocado, por una ascensión de ¡a voluntad, sobre el mun- 
do del sentimiento, en la región serena de la idea, y re- 
vistiendo su musa inconmovible el esculpido peplo cuyo 
más ligero pliegue no pudiera agitar el estremecimiento 
de las humanas emociones, ni aun el aire que el Amor 
mismo agitase con sus alas. "Vuestros contemporáneos — 
díjole Alejandro Dumas (hijo) — eran los griegos y los 
hindus." Y es, en efecto, de aquellos dos inmensos focos 
de donde parten los rayos que iluminan la obra de Lecon- 
te de Lisie, conduciendo uno la idea brahamánica desde 
el índico Ganges, cuyas aguas reflejaran los combates 
del Raniayana, y el otro la idea griega desde el harmo- 
nioso Alfeo, en cuyas linfas se viera la desnudez celeste 
de la virgen Diana. 

La India y Grecia eran para su espíritu tierras de pre- 
dilección: reconocía como las dos originales fuentes de la 
universal poesía a Valmiki y a Homero. Navegó a pleno 
viento por e! océano inmenso cíe la teogonia védica, y, 
profundo conocedor de la antigüedad griega, y helenista 
insigne, condujo a Homero a orillas del Sena. Atraíale la 
aurora de la humanidad, la soberana sencillez de las eda- 
des primeras, la grandiosa infancia de las razas, en ía 
cual empieza el Génesis de lo que él llamara con su verbo 
solemne "la historia sagrada del pensamiento humano en 
su florecimiento de harmonía y de luz"; la historia de la 
Poesía. 

El más griego de los artistas, como le llamara un joven 
•steta, cantó a los bárbaros, ciertamente. Como había en 

32 



L O S RAROS 

su reino poético suprimido todo anhelo por un ideal de 
fe, la inmensa alma medioeval no tenía para él ningún 
fulgor; y calificaba la Edad Media como una edad de abo- 
minable barbarie. Y he aquí que ninguno entre los poe- 
tas, después de Hugo, ha sabido poner delante de los 
ojos modernos, como Leconte de Lisie, la vida de los 
caballeros de hierro, las costumbres de aquellas épo 
cas, los hechos y aventuras trágicas de aquellos com- 
batientes y de aquellos tiranos; los sombríos cuadros mo- 
nacales, los interiores de los claustros, los cismas, la su- 
premacía de Roma, las musulmanas barbaries fastuosas, 
el ascetismo católico y el temblor extranatural que pasó 
por el m.undo en la edad que otro gran poeta ha llamado 
con razón, en una estrofa célebre, "enorme y delicada". 

Puso el espíritu sobre el corazón. Jamás en toda su 
obra se escucha un solo eco de sentimiento; nunca senti- 
réis el escalofrío pasional. Eros mismo, si pasa por esas 
inmensas florestas, es como un ave desolada. No se atre- 
vería la Musa de Musset a llamar a la puerta del vate se- 
renísimo; y las palomas lamartinianas alzarían el vuelo 
asustadas delante del curvo centenario que dialoga con 
el abad Serapio de Arsinoe. 

Nació en una isla cálida y espléndida, isla de sol, flo- 
restas y pájaros, que siente de cerca la respiración de la 
negra África; sintióse poeta el "joven salvaje"; la lengua 
de la naturaleza le enseñó su primera rima, el gran bos- 
que primitivo le hizo sentir !a influencia de su estreme- 
cimiento, y el rnar solemne y el cielo le dejaron entrever- 
el misterio de su inmensidad azul. Sentía él latir su cora, 
zón, deseoso de algo extraño, y sus labios estaban sedien^ 
tos del vino divino. Copa de oro inagotable, llena de 
celeste licor, fué para él la poesía de Hugo. Al llegar Las 
Orientales a sus manos, al ver esos fulgurantes poemas, 
la luz misma de su cielo patrio le pareció brillar con un 
resplandor nuevo; la montaña, el viento africano, las olas, 
las aves de las florestas nativas, la naturaleza toda, tuvo 
para él voces despertadoras que le iniciaron en un culto 
arcano y supremo. 

Imaginaos un Pan que vagase en ¡a montaña sonora, 

3 33 



RUBÉN parí o 

poseído de la fiebre de la harmonía, en busca de la 
caña con que habría de hacer su rústica flauta, y a quien 
de pronto diese Apolo una hra y le enseñase el arte de 
arrancar de sus cuerdas sones sublimes. No de otro modo 
aconteció al poeta que debiera salir de la tierra lejana en 
donde nació, para levantar en la capital del Pensamiento 
un templo cincelado en el más bello paros, en honor del 
Dios del arco de plats. 

El que fué impecable adorador de la tradición clásica 
pura, debía pronunciar en ocasión solemne, delante de la 
Academia francesa que le recibía en su seno, estas pala- 
bras: "Las formas nuevas son la expresión necesaria de 
las concepciones originales." Digna es tal declaración de 
quien f acedera a Hugo en la asamblea de los "inmorta- 
les" y de quien, como su sacrocesáreo antecesor, fué jefe 
de escuela, y de escuela que tenía por fundamento prin- 
cipal el culto de la forma. Hugo fué en verdad para él la 
encarnación de la poesía. Leconte de Lisie no reconocía 
de la Trinidad romántica sino la omnipotencia del "Pa- 
dre"; Iviusset, "el Hijo", y Lamartine, "el Espíritu", ape- 
nas si merecieron una mirada rápida de sus ojos sacer- 
dotales. Y es que Hugo ejercía sobre él la atracción astral 
de los genios individuales y absolutos; el hijo de la isla 
oriental fué iniciado en el secreto del arte por el autor de 
Las Orientales; el que debía escribir los Poemas antiguos 
y los Poemas bárbaros, no podía sino contemplar con es- 
tupor la creación de ese orbe constelado, vario, profuso 
y estupendo que se llama La leyenda de los siglos. Luego, 
fué a él, barón, par, príncipe, a quien el Carlomagno de 
la lira dirigiera este corto mensaje imperial y fraternal: 
"Jungamos dextras". Después, él fué siempre el privile- 
giado. Hugo le consagró. Y cuando Hugo fué conduci- 
do al Panteón, fué Leconte de Lisie quien entonó el 
himno más ferviente en honor de quien entraba a la 
inmortalidad. Posteriormente, al ocupar su sillón en la 
Academia, colocó aún más triunfales palmas y coro- 
nas en la tumba del César literario. Recorrió con su 
pensamiento la historia de la poesía universal, para lle- 
gar a depositar sus trofeos en aras del daimón desapa- 

34 



LOS RAROS 

recido, y presentó con la magia de su lenguaje la crea- 
ción toda de Hogo. Hizo aparecer con sus prestigios 
incomparables Las Orientales, cuya lengua y movimiento, 
según confesión propia, fueron para él una revelación; el 
prefacio de Cromwell, oriflama de guerra, tendido al 
viento; las Hojas de otoño, los Cantos del crepúsculo, las 
Voces interiores, los Rayos y las Sombras, a propósito de 
los cuales lanzó una flecha de su carcaj dirigida al senti- 
mentalismo; los Castigos, llenos de rayos y relámpagos, 
bajo los cuales coloca los Yambos de Chenier y las 2'rd- 
gicas de Agrippa d'Aubigné; La leyenda de los siglos, 
"que permantceiá como la prueba brillante de una po- 
tencia verbal inaudita, puesta al servicio de una imagi- 
nación incomparable". Y todos los poemas posteriores, 
Canciones de calles y bosques. Año terrible, Arte de ser 
abuelo, el Papa, la Piedad suprema. Religión y Religio- 
nes, El asno, Torquemada y los Cuatro vientos del Espí- 
ritu. De todas estas ultimas obras nombradas, la que 
llama su atención principal es lorquemada. ¿Porqué? 
Porque Leconte de Lisie sentía el patado con una fuerza 
de visión insuperable, a punto de que Guyau llama a la 
Trilogía Nueva leyenda de los siglos. "Bien que ningún 
siglo, escribe el poeta, haya igualado al nuestro en la 
ciencia universal; que la historia, las lenguas, las costum- 
bres, las teogonias de los pueblos antiguos nos sean reve- 
ladas de año en año por tantos sabios ilustres; que los 
hechos y las ideas, la vida íntima y la vida exterior; que 
todo lo que constituye la razón de ser, de creer, de pen- 
sar de ¡os hombres desaparecidos, llama la atención de 
las inteligencias elevadas, nuestros grandes poetas han 
raramente intentado volver intelelectuaimente la vida al 
pasado." Tiempos primitivos, Edad Media, todo lo que 
se halla respecto a nuestra edad contemporánea como en 
una lejanía de ensueño, atrae la imaginación del vate se- 
vero. La exposición de la obra novelesca de Víctor Hugo, 
dióle motivo para lanzar otra flecha que fué directamente 
a clavarse en el pecho robusto de Zola, cuando habló de 
*la epidemia que se hace sentir directamente en una parte 
de nuestra literatura, y contamina los últimos años de un 

35 



RUBÉN parí o 

siglo que se abriera con tanto brillo y proclamara tan 
ardientemente su amor a lo bello" y de "el desdén de la 
imaginación y del ideal que se instala imprudentemente 
en muchos espíritus obstruidos por teorías groseras y 
malsanas". "El público letrado, agrega, no tardará en 
arrojar con desprecio lo que aclama hoy con ciega admi- 
ración. Las epidemias de esta naturaleza pasan y el genio 
permanece." 

Al contestar el discurso del nuevo académico, Alejan- 
dro Dumas hijo, entre sonrisa y sonrisa, quemó en ho- 
nor del recién llegado este puñado d- incien-o: "Cuando 
un gran genio (Hijgo) ha tenido desde la infancia el há- 
bito de frecuentar un círculo d-e genios anteriores, entre 
los cuales Sófocles, Platón, Virgilio, Lafontaine, Cor- 
neille y Moliere no ocupan sino un segundo térm no y en 
donde Montaigne, Ráeme, Pascal, Bossuet, La Bruyére 
no penetran, se comprende fácilmente que el d a en que 
ese gran genio distingue entre la muchedumbre que se 
agita a sus pies un poeta y le marca en la frente con el 
signo con que ha de reconocer, en lo porvenir, a los de 
su raza y familia, ese poeta tendrá el derecho de estar 
orgulloso. Ese poeta sois vos, señor." 

Fueron ciertamente los Poemas bárbaros la anuncia- 
ción espléndida de un grande y nuevo poeta. ¿Qué son 
esos poemas? Visiones formidables de 'os pasados siglos, 
los horrores y las grandezas épicas de los bárbaros evo- 
cados por un latino que emplea pa^a su obra versos de 
bronce, versos de hierro, rimas de acero, estrofas de gra- 
nito. Caín surge en el ensueño del vidente Thogorma, en 
un poema primitivo, bíblico, que se desarrolla en la mis- 
teriosa, inmemorial "ciudad de la angustia", en el país de 
Hevila. Caín es el mensajero de la nada. Luego es aún 
en la Biblia donde se halla el origen de otros poemas; la 
viña de Naboch, el Eclesiastés, que declara cómo la irre- 
vocable Muerte es también mentira; después el poeta va 
de un punto a otro, extraño cosmopolita del pasado; a 
Tebas, donde el rey Khons descansa en su barca dorada; 
a Grecia, donde surgirá la monstruosa Equidna, o un gru- 
po de hirsutos combatientes; a la Polinesia, en donde 

36 



o S_ R^ A ROS 

aprenderá el génesis indígena; al boreal país de los Nor- 
nos y escaldas, donde Snorr tiene su infernal visión; a Ir- 
landa, tierra de bardos. Y se advierten blancas pinturas 
de países frígidos, figuras cinceladas en nieve; Angantir, 
que dialoga con Hervor; Hialmar, que clama trágica- 
mente; el oso que llora, los cantos de los cazadores y ru- 
noyas; el norte aún, el país de Sigurd; los elfos que coro- 
nados de tomillo danzan a la luz de la luna, en un aire 
germánico de balada; cantos tradicionales; Kono de Kem- 
per; el terrible poema de Mona; cuadros orientales como 
la preciosa y musical "Verandah"; las frases ásperas de 
la naturaleza; el desierto; la India y sus pagodas y fakires; 
Córdoba morisca; fieras v aves de rapiña; fuentes crista- 
linas, bosques salvajes; ía historia religiosa, la leyenda, 
el Romancero; América, los Andes...; y sobre todo esto, 
el "Cuervo", el cuervo desolador, y la silenciosa, íatal, 
pálida y como deseada imagen de ía Muerte, acompañada 
de lu obsuro p'je, el dolor. 

En los Poemas antiguos resucita el esplendor de la 
belleza griega, lanzando al mismo tiempo un manifiesto 
amanera de prólogo. He aquí lo que pensaba délos 
tiempos modernos: "Desde Homero, Esquilo y Sófocles, 
que representan la poesía en su vitalidad, en su plenitud 
y en su unidad armónica, la decadencia y la barbarie han 
invadido el espíritu humano. En lo tocante a arte origi- 
nal, el mundo romano está al nivel de los Dacios y de los 
Sáí matas; el cielo cristiano, todo es bárbaro. Dante, Sha- 
kespeare y Milton, no tienen sino la altura de su genio 
individual; su lengua y sus concepciones son bárbaras. 
La escultura se detiene en Fidias y en Lisipo; Miguel Án- 
gel no ha fecundado nada; su obra, admirable en sí mis- 
ma, ha abierto una vía desastrosa. ¿Qué queda, pues, de 
los siglos transcurridos después de la Grecia? Algunas 
individualidades potentes, algunas grarides obras sin Hga 
y sin unidad. La poesía moderna, reflejo confuso de la 
personalidad fogosa de Byron, de la religiosidad ficticia 
de Chateaubriand, del ensueño místico de Ultra Rhin y 
del realismo de los lakistas, se turba y se disipa. Nada 
menos vivo y menos original, bajo el aparato más ficticio. 

37 



R U B E N_ D^ A R 1 O 

Un arte de segunda mano, híbrido, incoherente. Arcaís- 
mo de la víspera, nada más. La paciencia pública se ha 
cansado de esta comedia sonoramente representada a be- 
neficio de una autolatría de préstamo. Los maestros se 
han callado o quieren callarse, fatigados de sí mismos, ol- 
vidados ya> solitarios en medio de sus obras infructuosas. 
Los poetas nuevos, criados en la vejez precoz de una es- 
tética infecunda, deben sentir la necesidad de remojar en 
las fuentes eternamente puras la expresión usada y debi- 
litada de los sentimientos generosos. El tema personal y 
sus variaciones demasiado repetidas, han agotado la aten- 
ción; con justicia ha venido la indiferencia; pero si es po- 
sible abandonar a la mayor brevedad esa vía estrecha y 
banal, es preciso aún no entrar en un camino más difícil 
y peligroso, sino fortificado por el estudio y la inicia- 
ción. 

"Una vez sufridas esas pruebas expiatorias, una vez 
saneada ¡a lengua poética, las especulaciones del espíritu 
perderán algo de su verdad y su energía cuando dispon- 
gan de formas rnás netas y más precisas. Nada será aban- 
donado ni olvidado; la base pensante y el arte habrán re- 
cobrado la savia y e! vigor, la harmonía y la unidad uni- 
das. Y más tarde, cuando esas inteligencias profunda- 
mente agitadas se hayan aplacado, cuando la meditación 
de los principios descuidados y la regeneración de las 
formas hayan purificado el espíritu y la letra, dentro de 
un siglo o dos, si todavía la elaboración de los tiempos 
nuevos no implica una gestación más alta, tal vez la poe- 
sía llegaría a ser el verbo inspirado e inmediato del alma 
humana...** 

Esa declaración derruestra el por qué Leconte de Lisie 
no vibraba a ningún soplo moderno, a ninguna conmo- 
ción contemporánea, y se refugiaba, como Keats, aunque 
de otra suerte, en viejas edades paganas en cuyas fuen- 
tes su Pegaso se abrevaba a su placer. 

Los Poemas tráficos completan la trilogía. Hay como 
en los anteriores una rica variedad de temas, predomi- 
nando los paisajes exóticos, reconstrucciones históricas o 
fantásticas y brillantes pinturas de asuntos legendarios. 

38 



L 0__S R A R O __^ 

El kalifa de Damasco abre la serie, entre imanes de 
Meca y emires de Oriente. 

Es éste un libro purpúreo. Los Poemas bárbaros son 
un libro negro. La palabra más usada en ellos es noir. 
Libro rojo es éste, ciertamente, que comienza con la 
apoteosis de Muzaal Kebir, en país oriental, y concluye 
en la Grecia de Orestes, con la tragedia funesta de las 
Erinnias o Furias. 

Oiréis entretanto un canto de muerte de los galos del 
siglo VI, clamores de moros medioevale?; veréis la caza 
del águila, en versos que no haría mejores un numen ar- 
tífice; después del águila vuela el aibatros, el prince des 
tmages, de Baudelaire; pasan lúgubres ancianos, como 
Magno; frailes, como el abad Jerónimo, cual surge en 
poema que sin duda alguna Núñez de Arce leyó antes 
de escribir La visión de fray Martín; monstruos simbóli- 
cos, como la Bestia escarlata; tipos del romancero espa- 
ñol, como don Fadrique, y entre todo esto el severo bar- 
do no desdeña jugar con la musa, y ensaya el pan- 
tum malayo, o rima la villanelle como su amigo Ban- 
viíle. 

Las Erinnias es obra de quien puede recorrer el campo 
de la poesía griega, y conversar con París Agamenón o 
Clitemnestra. Artistas egregios ha habido que hayan 
comprendido la antigüedad profunda y extensamente; 
mas de seguro ninguno con la soberanía, con el poder de 
Leconte de Lisie. Pudo Keats escribir sus célebres ver- 
sos a una urna griega; pudo el germánico Goethe des- 
pertar a Helena después de un sueño de siglos y hacer 
que iluminase la frente de Euforión la luz divina, y que 
Juan Pablo escribiese una famosa metáfora. Leconte de 
Lisie desciende directamente de Homero; y si fuese cierta 
la transmigración de las almas, no hav duda de que su 
espíritu estuvo en los tiempos heroicos encarnado en al- 
gim aeda famoso o en algún sacerdote de Delfos. 

Bien sabida es la historia del Hamlet antiguo, de Ores- 
tes, el desventurado parricida, armado por el destino y la 
venganza, castigador del materno crimen, y perseguido 
por las desmelenadas y horribles Furias. Sófocles en su 

39 



R U B E N D A RIO 

Elecíra, Eurípides, Voltaíre, Alfieri, han llevado a la es- 
cena al trágico personaje. 

Leconte de Lible, en clásicos alejandrinos que bien va- 
len por exámetros de la antigüedad, evoca en la parte 
primera de su poema a Clitemnestra, en el pórtico del pa- 
lacio de Pelos; a Tallibios y Eanbates, y un coro de ancia- 
nos, asimismo !a sollozante Casandra de proíéiica voz. En 
la segunda parte, ya cometido el crimen de su madre, 
Orestes vengará, apoyado por el impulso sororal de Elec- 
tra, !a sangre de su padre. Las Furias le persiguen entre 
clamores de horror. 

El poeta, como traductor, fué insigne. A Homero, Só- 
focles, Hesiodo, Teócrito, Bion, Mosco, tradújolos en pro- 
sa rítmica y purísima en cuyas ondas parece que sonasen 
las músicas de los metros originales. Conservaba la orto- 
grafía de los idiomas antiguos; y así sus obras tienen a la 
vista una aristocracia tipográfica que no se encuentra en 
otras. 

Cuando Hueco estaba en el destierro, la poesía apenas 
tenía vida en Francia, representada por unos pocos nom- 
bres ilustres. Entonces fué cuando los parnasianos levan- 
taron su estandarte, y buscaron un jefe que los condujese 
a la campaña. ¡El Parnaso! No fué más bella la lucha ro- 
mántica, ni tuvieron los Joven Francia más rica leyenda 
que la de los parnasianos, contada admirablemente por 
uno de sus más bravos y gloriosos capitanes. De esa le- 
yenda encantadora y. vivida, no puedo menos que tradu- 
cir la hermosa página consagrada al cantor excelso por 
quien hoy viste luto la poesía de Francia, la Poesía uni- 
versal. 

"... Y lo que nos faltaba también era una firme disci- 
plina, una linea de conducta precisa y resuelta. Cierta- 
mente, el sentimiento de la Belleza, el horror de las abo- 
badas sensiblerías que deshonraban entonces la pcesía 
francesa ¡lo teníamos nosotros! ¡Pero qué! Tan jóvenes, 
desordenadamente y un poco al azar era como nos arro- 
jábamos a la brega y marchábamos a la conquista de nues- 
tro ideal. Era tiempo de que los niños de antes tomaran 
actitudes de hombres, que de nuestro cuerpo de tirado- 

40 



LOS RAROS 

res formase un ejército regular. Nos faltaba la regla, una 
regla impuesta de lo alto, y que sobre dejarnos nuestra 
independencia intelectual, hiciera concurrir gravemente, 
dignamente, nuestras fuerzas esparcidas, a la victoria 
entrevista. Esta regla la recibimos de Leconte de Lisie. 
Desde el día en que Frangois Copee, Villiers de l'Isle 
Adam y yo tuvimos el honor de ser conducidos a casa de 
Leconte de Lisie — M. Luis Ménard, el poeta y filósofo, 
fué nuestro introductor — , desde el día en que tuvimos la 
alegría de encontrar en casa del maestro a José María de 
Heredia y a León Dierx, de ver allí a Armand-Silvestre, 
de reencontrar a Sully Prudhomme, desde ese día data, 
hablando propiamente, nuestra historia, que cesa de ser 
una leyenda; y entonces fué cuando nuestra adolescencia 
se convirtió en virilidad. En verdad, nuestra juventud de 
ayer no estaba muerta de ningún modo, y no habíamos 
renunciado a las azarosas extravagancias en el arte y en 
la vida. Pero dejamos todo eso a la puerta de Leconte de 
Lisie, como se quita un vestido de carnaval, para llegar 
a la casa familiar. Teníamos alguna semejanza con esos 
jóvenes pintores de Venecia que después de trasnochar 
cantando en góndola y acariciando los cabellos rojos de 
bellas muchachas, tomaban de repente un aire reflexivo, 
casi austero, para entrar al taller del Tiziano. 

«Ninguno de aquellos que han sido admitidos en el sa- 
lón de Leconte de Lisie, olvidará nunca el recuerdo de 
esas nobles y dulces tardes, que durante tantos años fue- 
ron nuestras más bellas horas. iCon qué impaciencia al 
pasar cada semana esperábamos el sábado, el precio- 
so sábado, en que nos era dado encontrarnos, unidos 
en espíritu y corazón, alrededor de aquel que tenía 
nuestro corazón y toda nuestra ternura! Era en un salon- 
cito, en el quinto piso de una casa nueva, boulevard de 
los Inválidos, en donde nos juntábamos para contarnos 
nuestros proyectos, llevar nuestros versos nuevos, y so- 
licitar el juicio de nuestros camaradas y de nuestro gran- 
de amigo. Los que han hablado de entusiasmo mutuo, 
los que han acusado a nuestro grupo de demasiada com- 
placencia consigo mismo, ésos, en verdad, han sido mal 

41 



R U___ B E^ N_ D A R I O 

informados. Creo que ninguno de nosottos se ha atrevido 
en casa de Leconte de Lisie a formular un elogio o una 
crítica sin llevar íntimamente la convicción de decir la 
verdad. Ni más exagerado el elogio que acerba ia des- 
aprobación. 

«Espíritus sinceros, he ahí en efecto lo que éramos; y 
Leconte de Lisie nos daba el ejemplo de esa franqueza. 
Con rudeza que sabíamos que era amable, sucedía que a 
menudo censuraba resueltamente nuestras obras nuevas, 
reprochaba nuestras perezas y repiimía nuestras conce- 
siones. Porque nos amaba no era indulgente. Pero, tam- 
bién, ¡qué precio daba a los elogios esta acostumbrada 
severidad! ¡Yo no sé que exista mayor gozo que recibir 
la aprobación de un espíritu justo y firnie! Sobre todo, no 
creáis, por mis palabras, que Leconte de Lisie haya nun- 
ca sido uno de esos genios exclusivos, deseosos de crear 
poetas a su imagen, y que no aman en sus hijos literarios 
sino su propia semejanza. Al contrario. El autor de Kam 
es, quizá, de todos los inventores de este tiempo, aquel 
cuya alma se abre más ampliamente a la inteligencia de 
las vocaciones y de las obras más opuestas a su propia 
naturaleza. El no pretende que nadie sea lo que él es 
magníficamente. La sola disciplina que imponía — era la 
buena — consistía en la veneración del Arte y el desdén 
de ios triunfos fáciles. El era el buen consejero de las 
probidades literarias, sin impedir jamás el vuelo perso- 
nal de nuestras aspiraciones diversas; él fué, él es aún 
nuestra conciencia poética misma. A él es a quien pedi- 
mos, en las horas de duda, que nos prevenga del mal. El 
condena o absuelve y estamos sometidos. 

„¡Ah! yo me acuerdo aún de todas las bromas que se 
hacían entonces sobre nuestras reuniones en el salón de 
Leconte de Lisie. ¡Y bierj ]os burlones no tenían razón, 
pues en verdad lo creo y lo digo: en esta época, felizmen- 
te desaparecida, en que la poesía era por todas partes 
burlada; en que hacer versos tenía este sinónimo; ¡morir 
de hambre!; en que todo el triunfo, todo el renombre per- 
tenecía a los rimadores de elegías y verseros de couplets, 
a los lloriqueadores y a los risueños; en que era suficien- 

42 



L^ o S __^ R^ A fí O 

te hacer un soneto para ser un imbécil, y hacer una ope- 
reta para ser una especie de grande hombre; en esta 
época era un belío espectáculo el de aquellos jóvenes 
prendados del arte verdadero, perseguidores del ideal, 
pobres la mayor parte y desdeñosos de la riqueza, que 
confesaban imperturbablemente, venga lo que viniere, su 
fe de poetas, y que se agrupaban, con una religión que 
nunca ha excluido la libertad de pensamiento, alrededor 
de un maestro venerado, pobre como ellos! 

„Otro error sería creer que nuestras reuniones familia- 
res fuesen sesiones dogmáticas y morosas. Leconte de 
Lisie era de aquellos que pretenden apartar, sobre todo 
del elogio, su personalidad íntima, y, por tanto, mi con- 
versación no tendrá aquí anécdotas. No diré de las son- 
rientes dulzuras de una familiaridad de que estábamos 
tan orgullosos, de las cordialidades de camarada que 
tenía con nosotros el gran poeta, ni de las charlas al 
amor del hogar-aporque se era serio, pero alegre — , ni 
todo el bello humor casi infantil de nuestras apacibles 
conciencias de artistas en el querido salón, poco lujoso, 
pero tan neto y siempre en orden como una estrofa bien 
compuesta; mientras la presencia de una joven en medio 
de nuestro amistoso respeto agregaba su gracia a la poe- 
sía esparcida." 

Tal es el recuerdo que consagra Catulle Mendés, en 
uno de sus mejores libros, al hoy difunto jefe del Par- 
naso. El alentó a los que le rodeaban, como en otro tiem- 
po Ronsard a los de la Pléyade, al cual cenáculo ha con- 
sagrado Lecorste de Lisie muy entusiásticas frases; pues 
quien en Las Erinnias pudo renovar la máscara esqui- 
liana, miraba con simpatía a Ronsard, que tuvo el fuego 
pindárico, anhelo de perfección y amor absoluto a la 
belleza. 

Mas Leconte brillará siempre al fulgor de Hugo. ¿Qué 
portalira de nuestro siglo no desciende de Hugo? ¿No ha 
demostrado triunfantemente Mendés — ese hermano me- 
nor de Leconte de Lisie — que hasta el árbol genealógico 
de los Rougon Macquart ha nacido al amor del roble 
enorme del más grande de los poetas? Los parnasianos 

43 



RUBÉN DARÍO 

proceden de los románticos, como los decadentes de los 
parnasianos. La leyenda de los siglos refleja su luz cíclica 
sobre los Poemas trágicos, antiguos y bárbaros. La misma 
reforma métrica de que tanto se enorgullece con j'.isticia 
el Parnaso, ¿quién ignora que fué comenzada por el co- 
losal artífice revolucionario en 1830? 

La fama no ha sido propicia a Leconte de Lisie. Hay 
en él mucho de olímpico, y esto le aleja de la gloria co- 
mún de los poetas humanos. En B'rancia, en Europa, en 
el mundo, tan solamente los artistas, los letrados, los poe- 
tas conocen y leen aquellos poemas. Entre sus seguido- 
res, uno hay que ?dquirió gran renombre: José María de 
Heredia, también como él nacido en una isla tropical. En 
lengua castellana apenas es conocido Leconte de Lisie. 
Yo no sé de ningún poeta que le haya traducido, excep- 
tuando al argentino Leopoldo Díaz, mi amigo muy esti- 
mado, quien ha puesto en versos castellanos el "Cuer- 
vo" — con motivo de lo cual el poeta francés le envió una 
real esquela—, "El sueño del cóndor", "El desierto", "La 
tristeza del diablo" y "La espada de Angantir", todo de 
los Poemas bárbaros como también "Los Elfos", cuya 
traducción es la siguiente: 

De tomillo y rústicas hierbas coronados, 
los Elfos alegres bailan en los prados. 

Del bosque por arduo y angosto sendero 
en corcel obscuro marcha un caballero. 
Sus espuelas brillan en la noche bruna, 
y, cuando en su rayo le envuelve la luna, 
fulgurando luce con vivos destellos 
un casco de plata sobre sus cabellos. 

De tomillo y rústicas hierbas coronados, 
los Elfos alegres bailan en los prados. 

Cual ligero enjambre, todos le rodean, 
y en el aire mudo raudos voltejean. 
— Gentil caballero, ¿dó vas tan de prisa? — 
la reina pregunta, con suave sonrisa — . 
Fantasmas y endriagos hallarás doquiera; 
ven, y danzaremos en la azul pradera. 



os RARO 



De tomillo y rústicas hierbas coronados, 
los Elfos alegres bailan en los prados. 

— ¡No! Mi prometida, la de ojos hermosos, 

me espera, y mañana seremos esposos. 

Dejadme prosiga, Elfos encantados, 

que holláis vaporosos el musgo en los prados. 

Lejos estoy, lejos, de la amada mía, 

y ya los fulgores se anuncian del día. 

De tomillo y rústicas hierbas coronados, 
los Elfos alegres bailan en los prados. 

— Queda, caballero; te daré a que elijas 

el ópalo mágico, las áureas sortijas 

y lo que más vale que gloria y fortuna: 

mi saya, tejida con rayos de luna. 

— ¡No! — dice él. — ¡Pues anda! — Y su blanco dedo 

su corazón toca e infúndele miedo. 

De tomillo y rústicas hierbas coronados, 
los Elfos alegres bailan en los prados. 

Y el corcel obscuro, sintiendo la espuela, 
parte, corre, salta, sin retardo vuela; 
mas el caballero, temblando, se inclina: 
ve sobre la senda forma blanquecina 
que los brazos tiende, marchando sin ruido. 
— ¡Déjame, oh demonio, Elfo maldecido! 

De tomillo y rústicas hierbas coronados, 
los Elfos alegres bailan en los prados. 

— ¡Déjame, fantasma siempre aborrecida! 
Voy a desposarme con mi prometida. 
—Oh, mi amado esposo; la tumba perenne 
será nuestro lecho de bodas solemne. 

¡He muerto! — dice ella, y él, desesperado, 
de amor y de angustia cae muerto a su lado. 

De tomillo y rústicas hierbas coronados, 
los Elfos alegres bailan en los prados. 

45 



RUBÉN DAR 



Duerma en paz el hermoso anciano, el caballero de 
Apolo. Ya su espíritu sabrá de cierto lo que se esconde 
tras el velo negro de la tumba^ Llegó por fin la por él 
deseada, la pálida mensajera de la verdad. 

Flnjome la llegada de su sombra a una de las islas glo- 
riosas, Tempes, Amatuntes celestes, en donde los orfeos 
tienen su premio. Recibiránle con palmas en las manos 
coros de vírgenes cubiertas de albas, impalpables vesti- 
duras; a lo lejos destacaráse la armonía del pórtico de un 
templo; bajo frescos laureles, se verán las blancas barbas 
de los antiguos amados de las musas, Homero, Sófocles, 
Anací eonte. En un bosque cercano, un grupo de centau- 
ros, Quirón a la cabeza, se acerca para mirar al recién 
llegado. Brota del mar un himno. Pan aparece. Por el 
aire suave, bajo la cúpula azul del cielo, un águila pasa, 
en vuelo rápido, camino del país de las pagodas, de los 
lotos y de los elefantes. 




46 




PAUL VERLAINE 




al fin vas a descansar; y al fin has dejado de 
arrastrar tu pierna lamentable y anquilótica, 
y tu existencia extraña llena de dolor y de 
ensueños, ¡oh pobre viejo divino! Ya no 
padeces el mal de la vida, complicado en ti 
con la maligna influencia de Saturno. 
Mueres, seguramente en uno de los hospitales que has 
hecho amar a tus discípulos, tus "palacios de invierno", 
los lugares de descanso que tuvieron tus huesos vaga- 
bundos, en la hora de los implacables reumas y de las du- 
ras miserias parisienses. 

Seguramente, has muerto rodeado de los tuyos, de los 
hijos de tu espíritu, de los jóvenes oficiantes de tu iglesia, 
de los alumnos de tu escuela, ¡oh lírico Sócrates de un 
tiempo imposible! 

Pero mueres en un instante glorioso: cuando tu nombre 
empieza a triunfar, y la simiente de tus ideas a conver- 
tirse en magníficas flores de arte, aun en países distintos 
del tuyo; pues es el momento de decir que hoy, en el mun- 
do entero, tu figura, entre los escogidos de diferentes 
lenguas y tierras, resplandece eu su nimbo supremo, así 
sea delante del trono del enorme Wagner. 



R U B E N DA R I O 

El holandés Bivanck se representa a Verlaine como un 
leproso sentado a la puerta de una catedral, lastimoso, 
mendicante, despertando en los fieles que entran y salen 
la compasión, !a candad. Alfred Ernst le compara con 
Benoit Labre, viviente símbolo de enfermedad y de mise- 
ria; antes León Eloy le había llamado también el Lepro- 
so en el portentoso tríptico de su "Brelan", en donde está 
pintado en compañía del Niño Terrible y del Loco: Bar- 
bey d'x\urevil¡e y Ernesto Helio. ¡Ay, fué su vida así! 
Pocas veces ha nacido de vientre de mujer un ser que 
haya llevado sobre sus hombros igual peso de dolor. Job 
le diría: "[Hermano mío!" 

Yo confieso que después de hundirme en el agitado 
golfo de sus libros; después de penetrar en el secreto de 
esa existencia única; después de ver esa alma llena de ci- 
catrices y de heridas incurables, todo al eco de celestes 
o profanas músicas, siempre hondamente encantadoras; 
después de haber contemplado aquella figura imponente 
en su pena, aquel cráneo soberbio, aquellos ojos obscu- 
ros, aquella faz con algo de socrático, de pierrotesco y de 
infantil; después de mirar al dios caído, quizá castigado 
por olímpicos crímenes en otra vida anterior, después de 
saber la fe sublime y el amor furioso y la inmensa poesía 
que tenían por habitáculo aquel claudicante cuerpo infe- 
liz, sentí nacer en mi corazón un doloroso cariño que jun- 
té a la grande admiración por el triste maestro. 

A mi paso p r París, en 1893, me había ofrecido Enri- 
que Gómez Carrillo presentarme a él. Este amigo mío 
había publicado una apasionada impresión que figura en 
sus "Sensaciones de Arte", en la cual habla de una visita 
al cliente del hospital de Broussais. "Y allí le encontré 
siempre dispuesto a la burla terrible, en una cama estre- 
cha de hospital. Su rostro enorme y simpático, cuya pali- 
dez extrema me hizo pensar en las figuras pintadas por 
Ribera, tenía un aspecto hierático. Su nariz pequeña se 
dilata a cada momento para aspirar con delicia el humo 
del cigarro. Sus labios gruesos, que se entreabren para 
recitar con amor las estrofas de Villon o para maldecir 
contra los poemas de Ronsard, conservan siempre su 

50 



L O S RAROS 

mueca original, en donde el vicio y la bondad se mezclan 
para formar la expresión de la sonrisa. Sólo su barba ru- 
bia de cosaco había crecido un poco y se había encane- 
cido mucho." 

Por Carrillo penetramos en algunas interioridades de 
Verlaine. No era éste en ese tiempo el viejo gastado y 
débil que uno pudiera imaginarse, antes bien, "un viejo 
robusto". Decíase que padecía de pesadillas espantosas 
y visiones en las cuales los recuerdos de la leyenda obs- 
cura y misteriosa de su vida se compIiv:aban con la tris- 
teza y el terror alcohólicos. Pasaba sus horas de enferme- 
dad, a veces en un penoso aislamiento, abandonado y ol- 
vidado, a pesar de las bondadosas iniciativas de los Men- 
dés o de los León Deschamps. 

¡Dios mío! Aquel hombre nacido para las espinas, para 
los garfio8 y los azotes del mundo, se me apareció como 
un viviente doble símbolo de la grandeza angélica y de la 
miseria humana. Angélico, lo era Verlaine; tiorba alguna, 
salterio alguno^ desde Jacopone de Todi, desde Stabat 
Mater, ha alabado a la Virgen con la melodía filial, ar- 
diente y humilde de Sagesse; lengua alguna, como no 
sean las lenguas de los serafines prosternados, ha canta- 
do mejor la carne y la sangre del Cordero; en ningunas 
manos han ardido mejor los sagrados carbones de la pe- 
nitencia; y penitente alguno se ha flagelado los desnudos 
lomos con igual ardor de arrepentimiento que Verlaine 
cuando se ha desgarrado el alma misma, cuya sangre 
fresca y pura ha hecho abrirse rítmicas rosas de martirio. 

Quien lo haya visto en sus Confesiones, en sus Hospita' 
les, en sus otros libros íntimos, comprenderá bien al hom- 
bre — inseparable del poeta — y hallará que en ese mar 
tempestuoso primero, muerto después, hay tesoros de per- 
las. Verlaine fué un hijo desdichado de Adán, en el que 
la herencia paterna apareció con mayor fuerza que en los 
demás. De los tres Enemigos, quien menos mal le hizo 
fué el Mundo. El Demonio le atacaba; se defendía de él, 
como podía, con el escudo de la plegaria. La Carne sí, fué 
invencible e implacable. Raras veces ha mordido cerebro 
humano con más furia y ponzoña la serpiente del Sexo. 

SI 



RUBÉN DARÍO 

Su cuerpo era la lira del pecado. Era un eterno prisione- 
ro del deseo. Al andar, hubiera podido buscarse en su 
huella lo hendido del pie. Se extraña uno no ver so- 
bre su frente los dos cuernecillos, puesto que en sus ojos 
podían verse aún pasar las visiones de las blancas ninfas, 
y en sus labios, antiguos conocidos de la flauta, solía apa- 
recer el rictus del egipán. Como el sátiro de Hugo, hu- 
biera dicho a la desnuda Venus, en el resplandor del 
monte sagrado: "¡Viens nous en"...! Y ese carnal pagano 
aumentaba su lujuria primitiva y natural a medida que 
acrecía su concepción católica de la culpa. 

Mas ¿habéis leído unas bellas historias renovadas por 
Anatole Franca de viejas narraciones hagiográficas, en 
las cuales hay sátiros que adoran a Dios, y creen en su 
cielo y en sus santos, llegando en ocasiones hasta ser san- 
tos sátiros? Tal me parece Pauvre Lelian, mitad cornudo 
flautista de la selva, violador de haraadriadas, mitad asce- 
ta del Señor, eremita que, extático, cunta sus salmos. El 
cuerpo velloso sufre la tiranía de la sangre, la voluntad 
imperiosa de los nervios, la llama de la primavera, la 
afrodisia de la libre y fecunda montaña; el espíritu se 
consagra a la alabanza del Padre, del Hijo, del Santo Es- 
píritu, y, sobre todo, de la maternal y casta Virgen; de 
modo que al darla tentación su clarinada, el espíritu, cie- 
go, no mira, queda como en sopor, al son de la fanfarria 
carnal; pero tan luego como el sátiro vuelve del boscaje 
y el alma recobra su imperio y mira a la altura de Dios, 
la pena es profunda, el salmo brota. Así, hasta que vuel- 
ve a verse pasar a través de las hojas del bosque la ca- 
dera de Kalixto... 

Cuando el doctor Nordau publicó la obra célebre digna 
del doctor Triboulat Bonhoment, Entartung, la figura de 
Verlaine, casi desconocida para la generalidad — y en la 
generalidad pongo a muchos de la élite en otros senti- 
dos—surgió por la primera vez, en el más curiosamente 
abominable de los retratos. El poeta de Sagesse estaba 
señalado como uno de los más patentes casos demostra- 
tivos de la afirmación pseudocientífica de que los modos 
estéticos contemporáneos son formas de descomposición 

52 



LOS fí AROS 

intelectual. Muchos fueron los atacados: se defendieron 
algunos. Hasta el cabalístico Mallarmé descendió de su 
. trípode para demostrar el escaso intelectualismo del pro- 
fesor austro-alemán, en su conferencia sobre la Música y 
la Literatura dada en Londres. Pauvre Lelian no se de- 
fendió a sí mismo. Comentaría cuando más el caso con 
algunos ]dam! en el Francois I o en el D'Harcout. Varios 
amigos discípulos le defendieron; entre todos con vigor y 
maestría lo hizo Charles Tennib, y su hermoso y justifica- 
do ímpetu correspondió a la presentación del "caso" 
por Max Nordau: 

"Tenemos ante nosotros la figura bien neta del jefe 
más famoso de los simbolistas. Vemos un espantoso de- 
generado, de cráneo asimétrico y rostro mongoloide, un 
vagabundo impulsivo, un dipsómano... un erótico... un 
soñador emotivo, débil de espíritu, que lucha dolorosa- 
mente contra sus malos instintos y encuentra a veces 
en su angustia conmovedores acentos de queja, un místi- 
co cuya conciencia humosa está llena de representacio- 
nes de Dios y de los santos; y un viejo chocho, etc.» 

En verdad que los clamores de ese generoso De Ami- 
cis contra la ciencia que acaba de descuartizar a Leopar- 
di después de desventrar a Tasso, son muy justos e in- 
suficientemente iracundos. 

En la vida de Verlaine hay una nebulosa leyenda que 
ha hecho crecer una verde pradera en que ha pastado a 
su placer el "pan-rauflisrae". No me detendré en tales mi- 
serias. En estas líneas escritas al vuelo, y en el momento 
de la impresión causada por su muerte, no puedo ser tan 
extenso como quisiera. 

De la obra de Verlaine, ¿qué decir? El ha sido el más 
más grande de los poetas de este siglo. Su obra está es- 
parcida sobre la faz del mundo. Suele ya ser vergonzoso 
para los escritores ápteros oficiales no citar de cuando 
en cuando, siquiera sea para censurar sordamente, a Paul 
Verlaine. En Suecia y Noruega los jóvenes amigos de 
Joñas Lee propagan la influencia artística del maestro. 
En Inglaterra, adonde iba a dar conferencias, gracias a 
los escritores nuevos, como Symons, y los colaboradores 

53 



R 



U B E N 



D 



R 



O 



del Yellow Book, el nombre ilustre se impone; la New 
Review daba sus versos en francés. En los Estados Uni- 
dos antes de publicarse el conocido estudio de Symons 
en el Hapers^s -Te decadent movement in liíeraíure—la. 
fama del poeta era conocida. En Italia, D'Annunzio reco- 
noce en él a uno de los maestras que le ayudaran a 
subir a la gloria; Vittorio Pica y los jóvenes artistas de 
la Tavola Rotonda exponen sus doctrinas; en Holanda la 
nueva generación literaria — nótese un estudio de Wer- 
wey — le saludan en su alto puesto; en España es casi des- 
conocido y serálo por mucho tiempo: solamente el talen- 
to de Clarín creo q je lo tuvo en alta estima; en lengua es- 
pañola no se ha escrito aún nada digno de Verlaine, ape- 
nas lo publicado por Gómez Carrillo; pues las impresio- 
nes y notas de Bonafoux y Eduardo Pardo son ligerí- 
simas. 

Va3'an, pues, estas líneas como ofrenda del momento. 
Otra será la ocasión en que consagre al gran Veilaine el 
estudio que merece. Por hoy, no cabe el análisis de 
su obra, 

«Esta pata enferma me hace sufrir un poco: me propor- 
ciona, en cambio, más comodidad que mis versos, que me 
han hecho sufrir tanto! Si no fuese por el reumatismo, yo 
no podría vivir de mis rentas. Estando bueno, no lo admi- 
ten 3 uno en el hospital.» 

Esas palabras .pintan al hermano trágico de Villon. 

— No era mala, estaba enferma su ammula, blandula, 
vagula... ¡Dios la haya acogido en el cielo como en un 
hospital! 





41^ 



54 




El conde Matías Augusto de Villiers 
DE l'Isle Adam 




EL CONDE MATÍAS AUGUSTO 

DE VILLIERS DE L'ISLE ADAM 

¡Va oultre! 

(Divisa de los Villiers de l'Isle Adam.) 




STE era un rey.,." Así, como en los cuentos 
azules, hubiera debido empezar la historia 
del monarca raté^ pero prodigioso poeta, 
que fué en esta vida el conde Matías Felipe 
Augusto de Villiers de l'Isle Adam. Puédes« 
construir este fragmento de historia ideai: 
"Por aquel tiempo fué a mediados del indecoroso si- 
glo XIX — , el país de Grecia vio renacer su esplendor. Un 
príncipe semejante a los príncipes antiguos, se coronó en 
Atenas, y brilló como un astro real. Era descendiente d« 
los caballeros de Malta; había en él algo del príncipe 
Haralet y mucho del rey Apolo; hacía anunciar su paso 
con trompetas de plata; recorría los campos en carroza» 
heroicas, tiradas por cuadrillas de caballos blancos; echó 
de su reino a todos los ciudadanos de los Estados Unidos 
de Norte América; pensionó magníficamente a pintores, 
escultores y rimadores, de modo que las abejas áticas se 
despertaban a un sonido de cinceles y de liras; pobló ci« 
estatuas los bosques; hizo volver a los ojos de los pasto- 
res la visión de las ninfas y de las diosas; recibió la vi- 
sita de un soberano soñador que se llamaba Luis de Ba- 

57 



R UBÉN D ARIO 

viera, señor hermoso como Lohengrin, y a quien amaba 
Loreley v vivía junto a un lago azul nevado de cisnes; 
llevó a Wagner a la harmoniosa tierra del Olimpo, de 
modo que el bello sol griego puso su aureola de oro en 
la divina frente de Euforión; envió embajadas a los paí- 
ses de Oriente y cerró las puertas del reino a los bárba- 
ros occidentales; volvió, gracias a él, la gloria de las mu- 
sas, y cuando murió no se supo si fué un águila o un uni- 
cornio quien ¡levó su cuerpo a un lugar misterioso.» 

Pero la suerte, ¡oh, sire, oh excelso poeta!, no quiso 
que se realizase ese adorable sueño, en este tiempo que 
ha podido envolver en la más alta apoteosis la abomina- 
ble figura de un Franklin! 

Villjers de l'Isle Adam es un ser raro entre los raros. 
Todos los que le conocieron conservan de él la impre- 
sión de un personaje extraordinario 

A los ojos del hermético y fastuoso Mallarmé es un 
tipo de ilusión, un solitario - como las más bellas piedras 
y las más santas almas ; además, en todo y por todo, un 
rey; un rey absurdo si queréis, poético, fantástico; pero 
un rey. Luego un genio. "El joven más magníficamente 
dotado de su generación», escribe Henry Laujol. Mendés 
exclama a propósito de Villiers, en 1884: 

"¡Desgraciados los semidioses! Están demasiado lejos 
de nosotros para que les amemos como hermanos y de- 
masiado cerca para aue les adoremos como a maestros." 
El tipo del semigenio, descripto por el poeta de Pante- 
leia, es verdadero. Más de una vez habréis pensado en 
ciertos espíritus que hubieran podido ser, como una chis- 
pa más del fuego celeste con que Dios forma los genios, 
genios completos, genios totales; pero que. águilas de 
cortas alas, ni pueden llegar a la suprema altura, como los 
cóndores, ni revolar en el bosque, como los ruiseñores. 

Van más allá del talento los seniigenios; pero no tie- 
nez vez para decir, como en la página de Hugo, a las 
puertas de lo infinito: "Abrid; yo soy el Dante." Por lo 
tanto, flotan aislados sin poder subir a las fortalezas titá- 
nicas de Shakespeare, ni acogerse a los kioscos floridos 
de Gautier. Y son desgraciados. 

58 



LOS RARO S 

Hoy, ya publicada toda la obra de Villiers de l'Isle 
Adam, no hay casi vacilación alguna en poder saludarle 
entre los espíritus augustos y superiores. Si genio es el 
que crea, y el que ahonda más en lo divino y misterioso, 
Villiers fué genio. 

Nació para triunfar y murió sin ver su triunfo; descen- 
diente de nobilísima familia, vivió pobre, casi miserable; 
aristócrata por sangre, arte y gustos, tuvo que frecuentar 
medios impropios de su delicadeza y realeza. Bien hizo 
Verlaine en incluirle entre sus poetas malditos. Aquel 
orgulloso, del más justo orgullo; aquel artista que escri- 
bía: «¿Que nos importa la justicia? Quien al nacer no 
trae en su pecho su propia gloria, no conocerá nunca la 
significación real de esa palabra>—, hizo su peregrina- 
ción por la tierra acompañado del sufrimiento, y fué un 
maldito. 

Según Verlaine, y sobre todo, según su biógrafo y pri- 
mo R. du Pontavice de Heussey, comenzó por escribir 
versos. Despertó a la poesía en la campaña bretona, don- 
de, como Poe, tuvo un amor desgraciado, una ilusión 
dulce 3' pura que se llevó la muerte. Es de notarse que 
casi todos los grandes poetas han sufrido el mismo do- 
lor: de aquí esa bella constelación de divinas difuntas 
que brillan milagrosamente en el cielo del arte, y que se 
llaman Beatrice, Lady Rowena de Tremain; y la dama 
sublime que hizo vibrar con melodiosa tristeza el laúd 
de Dante Gabriel Rosseti. Villiers, a los diez y siete años 
cantaba ya: 

¡Oh!, vous souvenez vous, forét délicieuse, 
de la jolie enfant qui passait gracieuse, 
souriant fimplement au ciel, á l'avenir, 
se perdant avec moi dans ees vertes allées? 
¡Eh bien!, parmi les lis de vos sombres vallées 
vous ne la verrez plus venir. 

Villiers no volvió a amar con el fuego de sus prime- 
ros años; esa casi infantil pasión fué la más grande de 
su vida. 

Advierte Gautier, al hablar en sus Grotesques de Cha- 

59 



R UBÉN D AR I O 

pelain, cómo la familia de éste, contrariando el natural 
horror que los padres tienen por la carrera literaria, se 
propuso dedicarle a la poesía. El resultado fué dotar a las 
letras francesas de un excelente mal poeta. No fué así 
por cierto el caso de Villiers. Sus padres le alentaron en 
sus luchas de artista, desde los primeros años; por ley 
atávica existía en toda esa familia el sentimiento de las 
grandezas y la confianza en todas las victorias. Jamás 
dejaron de tener esperanza los buenos viejos — principal- 
mente ese soberbio marqués, buscador de tesoros — , en 
que la cabeza de su Matías estaba destinada para la co- 
rona, ya fuese la de los reyes, o la verde y fresca de lau- 
rel. Si apenas logró entrever ésta en los últimos días de 
su existencia — a punto de que Verlaine le llamase "tres 
glorieux" — , la de crucificado del arte llevó siempre cla- 
vada el infeliz sonador. 

Cuando Villiers llegó a París era el tiempo en que sur- 
gía el alba del Parnaso. Entre todos aquellos brillantes 
luchadores su llegada causó asombro. Coppée, Dierx, 
Heredia, Verlaine, le saludaron como a un triunfante ca- 
pitán. Mallarmé dice: «¡Un genio!» Así lo comprendimos 
nosotros. El genio se reveló desde las primeras poesías, 
publicadas en un volumen dedicado al conde Alfred de 
Vigny. Luego, en la Revue Fantaisiste, que dirigía Ca- 
tulle Mendés, dio vida al personaje más sorprendente 
que haya animado ,1a literatura de este siglo: el doctor 
Tribuiat Bonhomet. Solamente un soplo de Shakespeare 
hubiera podido hacer vivir, respirar, obrar de ese modo, 
al tipo estupendo que encarna nuestro incomparable 
tiempo. 

El Dr. Tiibulat Bonhomet es una especie de Don Qui- 
jote trágico y maligno, perseguidor de la Dulcinea del 
utilitarismo y cuya figura está pintada de tal manera, que 
hace temblar. La influencia misteriosa y honda de Poe ha 
prevalecido, es innegable, en la creación del personaje. 

Oigamos a Huyssmans: habla de Des Esseintes: **En- 
tonces se dirigía a Villiers de l'Isle Adam, en cuya obra 
esparcida notaba observaciones aún sediciosas, vibracio- 
nes aún espasmóticas, pero que ya nodardeaban — a ex- 

60 



LO S R A ROS 

cepción de su Qaire Lenoir, al menos— un horror tan es- 
pantable..." 

La historia de "discréte et scientifique personne, dame 
veuve Claire Lenoir", que es la misma en que aparece 
el Dr. Bonhomet, tiene páginas en que se cree ver un 
punto más allá de lo desconocido. 

Shakespeare y Poe han producido semejantes relám- 
pagos, que medio iluminan, siquiera sea por un instante, 
las tinieblas de la muerte, el obscuro reino de lo sobre- 
natural. Este impulso hacia lo arcano de la vida persiste 
en obras posteriores como los Cuentos crueles, los Nue- 
vos cuentos crueles, Isis y una de las novelas más origina- 
les y fuertes que se hayan escrito: La Eva futura. Espiri- 
tualista convencido, el autor, apoyado en Hegel y en 
Kant, volaba por el orbe de las posibilidades, teniendo a 
su servicio la razón práctica, mientras tomaba fuerza 
para ascender y asir de su túnica impalpable a Psiquis. 
TuUia Frabiana, primera parte de Isis, acusa en Villiers, 
a los ojos de la crítica exigente, exageración romántica. 

A esto no habría que decir sino que Tullia Fabriana 
fué el Han de Islandia de Villiers de l'Isle Adam. 

Su vida es otra novela, otro cuento, otro poema. De 
ella veamos, por ejemplo, la leyenda del rey de Grecia, 
apoyadosen las narraciones de Laujol, Verlaine y B. Bon- 
tavice de Heussey. Dice el último: "En el año de gra- 
cia de 1863, en la época en que el gobierno imperial irra- 
diaba con su más fulgurante brillo, faltaba un rey al pue- 
blo de los helenos. Las grandes potencias que protegían 
a la heroica y pequeña nación a que Byron sacrificó su 
vida, Francia, Rusia, Inglaterra, se pusieron a buscar un 
joven tirano constitucional para darlo a su protegida. Na- 
poleón in tenía en esta época voz preponderante en los 
congresos, y se preguntaban con ansiedad si él presen- 
taría un candidato y si éste seria francés. En fin, los dia- 
rios aparecían llenos de decires y comentarios sobre ese 
asunto palpitante: la cuestión griega estaba a la orden 
del día. Los noticieros podían sin temor dar rienda suelta 
a la imaginación, pues mientras que las otras naciones 
parecían haber definitivamente escogido al hijo del rey 

61 



R U B E N_ parí O 

de Dinamarca— el emperador, tan justamente llamado 
*el príncipe taciturno" por su amigo de días sombríos, 
Carlos Dickens el emperador, digo continuaba callado y 
haciendo guardar su decisión. Así estaban las cosas, 
cuando una mañana de principios de Marzo, el gran mar- 
qués (habla del padre de Villiers) entra como huracán en 
el triste salón de la calle Saint-Honoré, blandiendo un 
diario sobre su cabeza y en un indescriptible estado de 
exaltación que pronto compartió toda la familia. He aquí 
en efecto la extraña noticia que publicaban esa mañana 
muchas hojas i)arisienses: "Sabemos dt fuente autorizada 
que una nueva candidatura al trono de Grecia acaba de 
brotar. El candidato esta vez es un gran señor francés, 
muy conocido de todo París: el conde Matías Augusto de 
Villiers de l'Isle Adam, último descendiente de la augus- 
ta línea que ha producido al heroico defensor de Rodas 
y al primer gran maestre de Malta. En la última recep- 
ción íntima del emperador, habiéndole a éste preguntado 
uno de sus familiares sobre el éxito que pudiera tener 
esta candidatura, su majestad ha sonreído de una manera 
enigmática. Todos nuestros votos al nuevo aspirante a 
rey." "Los que me han seguido hasta aquí se figurarán 
seguramente el efecto que debió producir en imaginacio- 
nes como las de la familia de Villiers semejante lectu- 
ra, etc , etc." Hasta aquí Pontevice. Sea, pase que haya 
habido en la noticia antes copiada engaño o broma de 
algún mixtificador; pero es el caso que en las Tullerías se 
la concedió una audiencia al flamante pretendiente, para 
tratar del asunto en cuestión. He allí que bien trajeado — 
¡no, ah, con el manto, ni la ropilla, o la armadura de sus 
abuelos! — fué recibido el conde en el palacio real, por el 
duque de Bassano. Villiers vivía en el mundo de sus en- 
sueños, y cualquier monarca moderno hubiera sido un 
buen burgués delante de él, a excepción de Luis de Ba- 
viera, el loco. Matías I, el poeta, desconcertó con sus rare- 
zas al chambelán imperial; creyó ser víctima de ocultos 
enemigos, pensó una tragedia shakespeariana en pocos 
minutos; no quiso hablar sino con el emperador. "II vous 
faudra done prendre la peine de venir une autre fois, 

62 



LOS R A R O S 

monsieur le comte, dit le duc en se levant; sa majesté 
était occupée et m'avait chargé de vous recevoir" (i). 
Así concluyó la pretensión al trono de Grecia, y los grie- 
gos perdieron la oportunidad de ver resucitar los tiempos 
de Píndaro, bajo el poder de un rey lírico que hubiera 
tenido un verdadero cetro, una verdadera corona, un ver- 
dadero manto; y que desterrando las abominaciones occi- 
dentales—paraguas, sombrero de pelo, periódicos, cons- 
tituciones, etc , — la Civilización y el Progreso, con ma- 
yúsculas, haría florecer los viejos bosques fabulosos, y 
celebrar el triunfo de Homero, en templos de mármol, 
bajo los vuelos de las palomas y de las abejas, y al má- 
gico son de las ilustres cigarras. 

Hay otras páginas admirables en la vida de este mag- 
nífico desgraciado. Los comienzos de su vida literaria 
los han descripto afectuosamente y elogiosamente Cop- 
pée, Mendés, Verlaine, Mallarmé, Laujoi; los últimos mo- 
mentos de su vida, nadie ios ha pintado como el admira- 
ble Huyssmans. El asunto del progreso con motivo de 
Perrinet heclerc, drama histórico de Lockroy y Anicet 
Bourgeois, dio cierto relieve al nombre de Villiers; pues 
únicamente una alma como la suya hubiera intentado, 
con todo el fuego de su entusiasmo, salir a la defensa de 
un tan antiguo antepasado como e! mariscal Jean de l'Isle 
Adam, difamado en la pieza dramática antes nombrada. 
Después el duelo con el otro Villiers militar, que desde- 
ñándole antes, al llegar el momento del combate, le abraza 
y reconoce su nobleza. 
Algunas anécdotas y algunas palabras de Coppée: 
Se refiere a la llegada de Villiers al cenáculo parna- 
siano: "Súbitamente en la asamblea de poetas un grito 
jovial fué lanzado por todos: ¡Villiers! ¡Es Villiers! Y de 
repente un joven de ojos azul pálido, piernas vacilantes, 
mordiendo un cigarro, moviendo con gesto capital su ca- 
bellera desordenada y retorciendo su corto bigote rubio, 
entra con aire turbado, distribuye apretones de mano 
distraídos, ve el piano abierto, se sienta, y crispados sus 

(i) V. Poulavice. 

63 



RUBÉN DAR I O 

decios sobre el teclado, canta con voz que tiembla, pero 
cuyo acento mágico y profundo jamás olvidará ninguno 
de nosotros, una melodía que acaba de improvisar en la 
calle, una vaga y misteriosa melopea que acompañaba, 
duplicando la impresión turbadora, el bello soneto de 
Beaudelaire: 

Nous aurons des lits pleins d'odeurs légers, 
Des divans profonds comme des tombeaux, etc. 

Después, cuando todo el mundo está encantado, el can- 
tor, mascullando las últimas notas de su melodía, se inte- 
rrumpe bruscamente, se levanta, se aleja del piano, va 
como a ocultarse a un rincón del cuarto, y, enrollando 
otro cigarrillo, lanza a su auditorio estupefacto un vistazo 
desconfiado y circular, una mirada de Hamlet a los pies 
de Ofelia, en la representación del asesinato de Gonzaga. 
Tal se nos apareció, hace diez y ocho años, en las amis- 
tosas reuniones de la rué de Douai, en casa de Catulle 
Mendés, el conde Auguste Villiers de l'Isle Adam." 

El año de 1875 se promovió un concurso en París para 
premiar con una fuerte suma y una medalla "al autor 
dramático francés que en una obra de cuatro o cinco ac- 
tos recordara más poderosamente el episodio de la pro- 
clamación de la Independencia de los Estados Unidos, 
cuyo centesimo aniversario caía en 4 de Julio de 1876". 
El tema habría regocijado al Dr. Tribulat Bohomet. Vi- 
lliers se decidió a optar al premio y a la medalla. 

El jurado estaba compuesto de críticos de los diarios, 
de Augier, Feuillet, LegoMvé, GrenvUle, Murray, del 
Herald de New York, Per, ía y, como presidente de ho- 
nor, Víctor Hugo. El conde Matías creó una obra ideal 
en un terreno prosaico y difícil. 

No lo hubiera hecho de distinto modo el autor de los 
Cuentos extraordinarios. En resumen, y naturalmente, no 
se ganó el premio. 

Furioso, fulminante, se dirigió nada menos que a casa 
del dios Hugo, que en aquellos días estaba en la época 
más resplandeciente y autocrática de su imperio. Entró y 

64 



L O S R ARO 5 

lanzó sus protestas a la faz del César literario, a quien 
llegó a acusar de deslealtad, y a cuya chochez aludió. 

Un señor había allí entre los príncipes de la corte, que 
se encaró con Villiers y le arrojó esta frase: "¡La probi- 
dad no tiene edad, señorl" 

Villiers le midió con una vaga mirada, y muy dulce- 
mente respondió al viejo: "Y la tontería, tampoco, se- 
ñor" (i). 

Cuando Druraont hizo estallar su primer torpedo anti- 
semita con la publicación de la France Juive , los podero- 
sos israelitas de París buscaron un escritor que pudiese 
contestar victoriosamente la obra formidable del panfle- 
tista. Alguien indicó a Villiers, cuya pobreza era conoci- 
da, y se creyó comprar su limpia conciencia y su pluma. 
Enviáronle con este objeto un comisionado, sujeto de 
verbo y elegancia, comerciante y hombre de mundo. Este 
penetró a la humilde habitación del poeta insigne, le ba- 
beó sus adulaciones mejor hiladas, le puso sobre el techo 
de la sinagoga, le expuso las injusticias persistentes e 
implacables del rabioso Drumont y, por último, suplicó al 
descendiente del defensor de Rodas dijese cuál era el 
precio de sus escritos, pues éste sería pagado en buenos 
luises de oro inmediatamente. Quizá no habría comido 
Villiers ese día en que dio esta incomparable respuesta: 
"¿Mi precio, señor? No ha cambiado desde Nuestro Señor 
Jesucristo: ¡treinta dineros!" 

A Anatole France, cuando llegó un día a pedirle datos 
sobre sus antepasados: 

" — ¡Cómo! ¡queréis que os hable del ilustre gran maes- 
tre y del célebre mariscal, mis antepasados, así no más, 
en pleno sol y a las diez de la mañana!" 

En la mesa del pretendido delfín de Francia, Naundorff, 
con motivo de un rasgo de soberbia y de desprecio que 
tuvo aquél para con un buen servidor, el conde de F..., y 
en momentos en que este pobre anciano se retiraba llo- 
rando avergonzado: 

" — Sire, bebo por vuestra majestad. Vuestros títulos 



(i) Pontavice: Vida de Villiers. 
3 65 



RUBÉN DAR ¿ O 

son decididamente indiscutibles. ¡Tenéis la ingratitud de 
un rey!" 

En sus últimos días, a un amigo: 
" — ¡Mi carne está ya madura para la tumba!" 
Y como éstas, innumerables frases, arranques, origina- 
lidades que llenarían un volumen. 

Su obra genial forma un hermoso zodíaco, impenetra- 
ble para la mayoría: resplandeciente y lleno de los pres- 
tigios de la iniciación, para los que pueden colocarse bajo 
su círculo de maravillosa luz. En los Cuentos crueles, libro 
que con justicia Mendés califica de "libro extraordinario", 
Poe y Swift aplaudáis. 

El dolor misterioso y profundo se os muestra, ya con 
una indescriptible, falsa y penosa sonrisa, ya al húmedo 
brillo de las lágrimas. Pocos han reído tan amargamente 
como Villiers. Le Nouveau Monde, ese drama confuso en 
el cual cruza como una creación fantástica la protagonis- 
ta—obra ante la cual Maeterlinck debe inclinarse, pues si 
hay hoy drama simbolista, quien dio la nota inicial fué 
Villiers — , Le Nouveau Monde, digo, aunque difícilmente 
representable, queda como una de las manifestaciones 
más poderosas de la moderna dramática. El esfuerzo es- 
tético principal consiste, a mi modo de ver, en la presen- 
tación de un personaje como mistress Andrev^s -en el 
medio norteamericano, de suyo refractario a la verdadera 
poesía — , tipo rodeado de una bruma legendaria, hasta 
convertirse en una figura vaporosa, encantada y poética. 
A Edilh Evandale sonríen cariñosa y fraternalmente las 
heroínas de las baladas sajonas. La Eva Futura no tiene 
precedente ninguno; es obra cósmica y única; obra de sa- 
bio y de poeta; obra de la cual no puede hablarse en po- 
cas palabras. Sea suficiente decir que pudieran en su 
frontispicio grabarse, como un símbolo, la Esfinge y la 
Quimera; que la andreida creada por Villiers no admite 
comparación alguna, a no ser que sea con la Eva del 
Eterno Padre; y que al acabar de leer la última página, 
os sentís conmovidos, pues creéis escuchar algo de lo que 
murmura la Boca de Sombra. Cuando Edison estuvo en 
París en 1889, alguien le hizo conocer esa novela en que 

66 



L O <S RARO S 

el Brujo es el principal protagonista. El inventor del fo- 
nógrafo quedó sorprendido. "He aquí — dijo — un hombre 
que me sapera: ¡yo invento; él crea!" Ellen y Morgane 
dramas. La fantasía despliega sus juegos de colores, sus 
irisados abanicos. Akedysseril, la India con sus prestigios 
y visiones; coros de guerreras y guerreros, el himno de 
iadnour-Veda y la palabra de la felicidad; evocaciones de 
antiguos cultos y de liturgias suntuosas y bárbaras; sacri- 
ficios y plegarias; un poema de Oriente, en el cual la reina 
Akedysseril aparece, hierática y suprema, vencedora en 
su esplendorosa majestad. 

No cabría en los límites de este artículo una completa 
reseña de las obras de Villiers; pero es imposible dejar 
de recordar a Axel, el drama que acaba de presentarse 
en París, gracias a los esfuerzos de una noble y valiente 
escritora: Madame Tola Doirán. 

Axel es la victoria del deseo sobre el hecho; del amor 
ideal sobre la posesión. Llégase hasta renegar — según la 
frase de Janus — de la naturaleza, para realizar la ascen- 
í ion hacia el espíritu absoluto. Axel, como Lohengrin, es 
casto; fin de esa pasión ardorosa y pura, no puede tener 
más desenlace que la muerte. 

Ese poema dramático, escrito en un luminoso, diaman- 
tino lenguaje, representado por excelentes artistas y 
aplaudido por una muchedumbre de admiradores de poe 
tas, de oyentes escogidos— sin que dejase de haber, según 
las crónicas, gentes "malfilatres", como diría el inmortal 
maestro—, hubiera sido para él conquista soberana en 
vida. ¡Mas quien fué tan desventurado, no tuvo ni esa 
realización de uno de sus más fervientes deseos, en tiem- 
pos en que se ponía los pantalones de su primo y tomaba 
por todo alimento diario una taza de caldo! 

En 1889, en el establecimiento de los hermanos de San 
Juan de Dios, de París, el conde Matías Augusto de 
Villiers de l'Isle Adam, descendiente de los señores de 
Villiers de l'Isle Adam, de Chailly, originarios de la Isla 
de Francia, quien tuvo entre sus antepasados a Pedro, gran 
maestre y portaoriflama de Francia; a Felipe, gran maes- 
tre de la Orden de Malta y defensor de la isla de Rodas 

67 



R U B^ E_ J^ DAR 7 _ (J 

en el sitio impuesto por la fuerza de Solimán, y a Fran- 
cisco, marqués, "gran louvetier de France" en 1550; se 
unía en matrimonio, en el lecho de muerte, a una pebre 
muchacha inculta con la cual había tenido un hijo. E' re- 
verendo padre Silvestre, que había ayudado a bien mo- 
rir a Barbey d' Aurevilly, casó al conde con su humilde y 
antigua querida, la cual le había amado y servido con 
adoración en sus horas amargas de enfermo y de pobre — 
y el mismo fraile preparóle para el eterno viaje. Luego, 
después de recibir los Sacramentos rodeado de unos po- 
cos amigos, entre los cuales Huyssmans, Mallarmé y 
Dierx, entregó su alma a Dios el excelso poeta, el raro 
artista, el rey, el soñador. Fué el 20 de Agosto de 1889. 
Sire, «¡Va oultre!" 







68 




I-EON BLOY 



Je suis escorté Je queiqu'ui; qui me 
chuchóte sans cesse que Ja vie bien en- 
tendue doit étre une continuelle persé- 
cution, tout vaillant hornme un persé- 
cuteur, et que c'est la seule maniere 
d"'étre vraiment poete. Persécuteur de 
soi méme, persécuteur de genre humain, 
persécuteur de Dieu. Celui qui n'est 
pas cela, soit en acte, soit en puissance, 
est indigne de respiren 

León Bloy. (Prefacio de Propos d'un 
entrepreneur de démolitions.) 




UANDO William Ritter llama a León Bloy "el 
verdugo de la literatura contemporánea", 
tiene razón. 

Monsieur de París vive sombrío, aislado, 
como en un ambiente de espanto y de si- 
niestra extrañeza. Hay quienes le tienen mie- 
do; hay muchos que le odian; todos evitan su contacto, 
cual si fuese un lazarino, un apestado; la familiaridad con 
la muerte ha puesto en su ser algo de espectral y de ma- 
cabro; en esa vida lívida no florece una sola rosa. ¿Cuál 
es su crimen? Ser el brazo de la justicia. Es el hombre que 
decapita por mandato de la ley. León Bloy es el volunta- 

69 



RU BÉN DA RIO 

rio verdugo moral de esta generación, el Monsieur de 
París de la literatura, el formidable e inflexible ejecutor 
de los más crueles suplicios; él azota, quema, raja, empa- 
la y decapita; tiene el Knut y el cuchillo, el aceite hir- 
viente y el hacha: más que todo, es un monje de la Santa 
Inquisición, o un profeta iracundo que castiga con el hie- 
rro y el fuego y ofrece a Dios el chirrido de las carnes 
quemadas, las discipHnas sangrientas, los huesos que- 
brantados, como un homenaje, como un holocausto. 
"¡Hijo mío predilecto!", le diría Torquemada. 

Jamás veréis que se le cite en los diarios; la prensa pa- 
risiense, herida por él, se ha pasado la palabra de aviso: 
"Silencio." 

Lo mejor es no ocuparse de ese loco furioso; no escri- 
bir su j^orabre, relegar a ese vociferador al manicomio del 
olvido... Pero resulta que el loco clama con una voz tan 
tremenda y tan sonora, que se hace oir como un clarín 
de la Biblia. Sus libros se solicitan casi misteriosamente; 
entre ciertas gentes su nombre es una mala palabra; los 
señalados editores que publican sus obras, se lavan las 
manos; Tresse, al dar a luz Propos d^un entrepreneur de 
démolitions, se apresura a declarar que León Bloy es 
un rebelde, y que si se hace cargo de su obra, "no acep- 
ta de ninguna manera la solidaridad de esos juicios o 
de esas apreciaciones, encerrándose en su estricto deber 
de editor y de "raarchand de curiosités litteraires" . 

León Bloy sigue adelante, cargado con su montaña de 
odios, sin inclinar su frente una sola línea. Por su propia 
voluntad se ha consagrado a un cruel sacerdocio. Clama 
sobre París como Isaías sobre Jerusalén: "¡Príncipes de 
Sodoma; oíd la palabra de Jehová; escuchad la ley de 
nuestro Dios, pueblo de Gomorra!" Es ingenuo como un 
primitivo, áspero como la verdad, robusto como un sano 
roble. Y ese hombre que desgarra las entrañas de sus 
víctimas, ese salvaje, ese poseído de un deseo llameante 
y colérico, tiene un inmenso fondo de dulzura, lleva en 
su alma fuego de amor de la celeste hoguera de los sera- 
fines. No es de estos tiempos, Si fuese cierto que las al- 
mas transmigran, diríase que uno de aquellos fervorosos 

70 



LOS R AR O S 

combatientes de las Cruzadas, o más bien, uno de los 
predicadores antiguos que arengaban a los reyes y a los 
pueblos corrompidos, se ha reencarnado en León Bloy, 
para venir a luchar por la ley de Dios y por el ideal, en 
esta época en que se ha cometido el asesinato del Entu- 
siasmo y el envenenamiento del alma popular. El desafía, 
desenmascara, injuria. Desnudo de deshonras y de vi- 
cios, en el inmenso circo, armado de su fe, provoca, es- 
cupe, desjarreta, estrangula las más temibles fieras: es el 
gladiador de Dios. Mas sus enemigos, los "espadachines 
del Silencio", pueden decirle, gracias a ia incomparable 
vida actual: 

"los muertos que vos matáis 
gozan de buena salud." 

¡Ah, desgraciadamente es la verdad! León Bloy ha ru- 
gido en el vacío. Unas cuantas almas han respondido a 
sus clamores; pero mucho es que sus propósitos de de- 
moledor, de perseguidor, no le hayan conducido a un 
verdadero martirio, bajo el poder de los Dioclecianos de 
la canalla contemporánea. Decir la verdad es siempre pe 
ligroso, y gritarla de modo tremendo como este inaudito 
campeón es condenarse al sacrificio voluntario. El lo ha 
hecho; y tanto, que sus manos, capaces de desquijarar leo- 
nes, se han ocupado en apretar el pescuezo de más de un 
perrillo de cortesana. He dicho que la gran venganza ha 
sido el silencio. Se ha querido aplastar con esa plancha 
de plomo al sublevado, al raro, al que viene a turbar las 
alegrías carnavalescas, con sus imprecaciones y clarina- 
das. Por eso la crítica oficial ha dejado en la sombra sus 
libros y sus folletos. De ellos quiero dar siquiera sea una 
ligera idea. 

¡Este Isaías, o mejor, este Ezequiel, apareció en el 
Chat Noir! 

"Llego de tan lejos como de la luna, de un país absolu- 
tamente impermeable a toda civilización como a toda li- 
teratura. He sido nutrido en medio de bestias feroces, 
mejores que el hombre, y a ellas debo la poca benignidad 
que se nota en mí. He vivido completamente desnudo 

71 



R U B E N _ D A R _l O 

hasta estos últimos tiempos, y no he vestido decentemen- 
te sino hasta que entré al Chai Noir (i). Fué Rodolfo 
Salis, "le gentilhomme cabaretier", quien le ayudó a sa- 
lir a flote en el revuelto mar parisiense. 

Escribió en el periódico del "cabaret" famoso, y desde 
sus primeros artículos se destacaron su potente origina- 
lidad y su asombrosa bravura. Entre las canciones de los 
cancioneros y los dibujos de Villete, crepitaban los car- 
bones encendidos de sus atroces censuras; esa crítica no 
tenía precedentes; esos libelos resplandecían; ese bárbaro 
abofeteaba con manopla de un hierro antiguo; jinete inau- 
dito, en el caballo de Saulo, dejaba un reguero de chis- 
pas sobre los guijarros de la polémica. Sorprendió y 
asustó. Lo mejor, para algunos, fué tornearlo a risa. ¡Es- 
cribía en el Chat Noir! Pero llegó un día en que su ta- 
lento se demostró en el libro; el articulista "cabaretier" 
publicó Le Revelateur du ClobCy y ese volumen tuvo un 
prólogo nádamenos que de Barbey d'Aurevilly. 

Sí, el condestable presentó al verdugo. El conde Ro- 
selly de Lourgues había publicado su Historia de Cris- 
tóbal Colón como un homenaje; y al mism.o tiempo como 
una protesta por la indiferencia universal para el descu- 
bridor de América. Su obra no obtuvo el triunfo que me- 
recía en el público ebrio y sediento de libros de escánda- 
lo; en cambio, Pío IX la tomó en cuenta y nombró a su 
autor postulante de la Causa de Beatificación de Cristóbal 
Colón, cerca de la Sagrada Congregación de los Ritos. 
La historia escrita por el conde Roselly de Lorgues y su 
admiración por el "Revelador del Globo" inspiraron a 
León Bloy ese libro que, como he dicho, fué apadrinado 
por el nobilísimo y admirable Barbey d'Aurevilly. Barbey 
aplaudió al "obscuro", al olvidado de la Crítica. Hay que 
advertir que León Bloy es católico, apostólico, romano 
intransigente — acerado y diamantino. Es indomable e 
inrayable: y en su vida íntima no se le conoce la más li- 
gera mancha ni sombra. Por tanto, repito, estaba en la 
obscuridad, a pesar de sus polémicas. No había nacido ni 



(i) Le "Dixiéme cercle de l'Enfer". 
72 



LOS R A R O S 

nacería el onagro con cuya piel pudiera hacer sonar su 
bombo en honor del autor honrado, el periodismo prosti- 
tAiído. 

La fama no prefiere a los católicos. Heüo y Barbey 
han muerto en unM reKitiva obscuridad. Bloy, con hom- 
bros y puños, ha luchado por sobresalir, ¡y apenas si lo 
ha logrado! En su Revelado?' del Globo canta un himno a 
la Religión, celebra la virtud sobrenatvnal del Navegante, 
ofrece a la iglesia del Cristo una palma de luz. Barbey se 
entusiasmó, no le escatimó sus alabanzas, le proclamó el 
más osado y verecundo de los escritores católicos, y le 
anunció el día de la victoria, el premio de sus bregas. Le 
preconizó vencedor y famoso. No fué profeta. Rara será 
la persona que, no digo entre nosotros, .sino en el mismo 
París, si le preguntáis: "Avez-vous la Baruch?" ¿hn ¡eído 
usted algo de León Bloy?, responda afirmativamente. 
Está condenado por el papado de lo mediocre: está puesto 
en el índice de la hipocresía social; y, literariamente, tam- 
poco cuenta con simpatías, ni logrará alcanzarlas, sino 
en número bastante reducido. No pueden saborearle los 
asiduos gustadores de los jarabes y vinos de la literatura 
a la moda, y menos los comedores de pan sin sal, los 
porosos fabricantes de crítica exegética, cloróticos de es- 
tilo, raquíticos o cacoquimios. ¡Cómo alzará las manos, 
lleno de espanto, el rebaño de afeminados, al oir los 
truenos de Bloy, sus fulminantes escatologías, sus "cargas" 
proféticas y el estallido de sus bombas de dinamita fecall 

Si el Revelador del Globo tuvo muy pocos lectores, los 
Propos, con el atractivo de la injuria, circularon aquí, allá; 
la prensa, naturalmente, ni media palabra. Aquí se de- 
clara Bloy el perseguidor y el combatiente. Vese en él 
un ansia de pugilato, un gozo de correr a la campaña se- 
mejante al del caballo bíblico, que relincha al oir el son 
de las trompetas. Es poeta y es héroe y pone al lado del 
peligro su fuerte pecho. El escucha una voz sobrenatural 
que le impulsa al combate. Como San Macario Romano, 
vive acompañado de leones, mas son los suyos fieros y san- 
guinarios y los arroja sobre aquello que su cólera señala. 

Este artista-— porque Bloy es un grande artista— se la- 

73 



RUB ÉN DARÍO 

menta de la pérdida del entusiasmo, de la frialdad de es- 
tos tiempos para con todo aquello que por el cultivo del 
ideal o los resplandores de la fe nos pueda salvar de la 
banalidad y sequedad contemporánea. Nuestros padres 
eran mejores que nosotros, tenían entusiasmo por algo; 
buenos burgueses de 1830, valían mil veces más que nos- 
otros. Foy, Beranger, la Libertad, Víctor Hugo, eran 
motivos de lucha, dioses de la religión del Entusiasmo. 
Se tenía fe, entusiasmo por alguna cosa. Hoy es el indi- 
ferentismo como una anquilosis moral; no se piensa con 
ardor en nada, no se aspira con alma y vida a ideal algu- 
no. Eso, poco más o menos, piensa el nostálgico de los 
tiempos pasados, que fueron mejores. 

Una de las primeras víctimas de Propos elegida por 
el Sacrificador, es un hermano suyo en creencias, un ca- 
tólico que ha tenido en este siglo la preponderancia de 
guerrero oficial de la Iglesia, por decir así, Luis Veuillot. 
A los veintidós días de muerto el redactor de Z,' Univers, 
publicó en la Nouvelle Revue una formidable oración fú- 
nebre, una severisima apreciación sobre el periodista mi- 
mado de la curia. Naturalmente, los católicos inofensivos 
protestaron, y el innumerable grupo de partidarios del 
célebre difunto señaló aquella producción como digna de 
reproches y excomuniones. Bloy no faltó a la caridad - 
virtud real e imperial en la tierra y en el cielo — ; lo que 
hizo fué descubrirlo censurable de un hombre que había 
sido elevado a altura inconcebible por el espíritu de par- 
tido, y endiosado a tal punto que apagó con sus aureolas 
artificiales los rayos de astros verdaderos como los Helio 
y Barbey. Bloy no quiere, no puede permanecer con los 
labios ceirados delante de la injusticia; señaló al orgu- 
lloso, hizo resaltar una vez más la carneril estupidez de la 
Opinión — esfinge con cabeza de asno, que dice Pascal — , 
y demostró las flaquezas, hinchazones, ignorancias, va- 
nidades, injusticias y aun villanías del celebrado y triun- 
fante autor del Perfume de Roma. Si a los de su gremio 
trata implacable León Bloy, con los declarados enemigos 
es dantesco en sus suplicios; a Renán, ¡al gran Renán!, 
le empala sobre el bastón de la pedantería; a Zola le so- 

74 



LOS R AR O S 

foca en un ambiente sulfhídrico. Grandes, medianos y pe- 
queños son medidos con igual rasero. Todo lo que halla 
al alcance de su flecha, lo ataca ese sagitario del moderno 
Bajo Imperio social e intelectual. Poctevin, a quien él con 
ciara injusticia llama "un monsieur Francis Poctevin", 
sufre un furibundo vapuleo; Alejandro Dumas, padre, es 
el "hijo mayor de Caín"; a Nicolardet le revuelca y gol- 
pea a puntapiés; con Richepin es de una crueldad horri- 
ble; con Jules Valles, despreciativo e insultante; flagela a 
Willette, a quien había alabado, porque prostituyó su ta- 
lento en un dibujo sacrilego; no es miel la que ofrece a 
Coquelin Cadet; al padre Didon le presenta grotesco y 
malo; a Catulle Mendés... ¡qué pintura la que hace de Men- 
dés!; con motivo de una estatua de Coligny, recordan- 
do La cólera del Bronce^ de Hugo, en su prosa renueva 
la protesta del bronce colérico... azota a Flor O^Squarr, 
novelista anticlerical; la francmasonería recibe un agua- 
cero de fuego. Hay alabanzas a Barbey, a Rollinat, 
a Godeau, a muy pocos. Bloy tiene el elogio difícil. De 
Propos, dice con justicia uno de los pocos escritores 
que se hayan ocupado de Bloy, que son el testamento de 
un desesperado, y que después de escribir este libro, no 
habría otro camino, para su autor, si no fuese católico, 
que el del suicidio. No hay en León Bloy injusticia, sino 
exceso de celo. Se ha consagrado a aplicar a la sociedad 
actual los cauterios de su palabra nerviosa e indignada. 
Dondequiera que encuentra la enfermedad la denuncia. 
Cuando fundó Le Pal, despedazó como nunca. En este 
periódico, que no alcanzó sino a cuatro números, desfi- 
laban los nombres más conocidos de Francia bajo una 
tempestad de epítetos corrosivos, de frases mordientes, 
de revelaciones aplactadores. El lenguaje era una mez- 
cla de deslumbrantes metáforas y bajas groserías, ver- 
bos impuros y adjetivos estercolarios. Como a todos los 
grandes castos, a León Bloy le persiguen las imágenes 
carnales; ya semejanza de poetas y videntes como Dante 
y Ezequiel, levántalas palabras más indignas e impro- 
nunciables y las engasta en sus metálicos y deslumbran- 
tes períodos. 

75 



R U B E^ N DARÍO 

Le Pal es hoy una curiosidad bibliográfica, y la mués 
tra más flagrante de la fuerza rabiosa del primero de los 
"panfletistas" de este siglo. 

Llegamos a El Desesperado^ que es, a mi entender, la 
obra maestra de León B!oy. Más aún: juzgo que ese liaro 
encierra una dolorosa autobiografía. El Desesperado es 
el autor mismo, y grita denostando y maldiciendo con 
toda la fuerza de su desesperación. 

En esa novela, a través de pseudónimos tr^osparentes 
y de nombres fonéticamente sem^ejantes a los de los tipos 
originales, se ven pasar las figuras de los principales fa- 
voritos de la Gloria literaria actual, desnudos, con sus 
lunares, cicatrices, lacras y jorobas. Marchenoir, eí pro- 
tagonista, es una creación sombría y hermosa al lado de 
la cual aparecen los condenados por el inflexible demole- 
dor, como cadena de presidiarios. Esos galeotes tienen 
nombres ilustres: se llaman Paul Bourget, Sarcey, Dau- 
det, CatuUe Mendés, Armand Silvestre, Jean Richepin, 
Bergerat, Jules Valles, Wolff, Bounetain y otros y otros. 
Nunca la furia escrita ha tenido explosión igual. 

Para Bloy no hay vocablo que no pueda emplearse. 
Brotan de sus prosas emanaciones asfixiantes, gases aho- 
gadores. Pensaríase que pide a Ezequiel una parte de su 
plato, en la plaza pública... Y en medio de tan profunda 
rabia y ferocidad indominable, ¡cómo tiembla en los ojos 
del monstruo la humedad divina de las lágrimas; cómo ama 
el loco a los pequeños y humildes; cómo dentro del cuer- 
po del oso arde el corazón de Francisco de Asís! Su com- 
pasión envuelve a todo caído, desde Caín hasta Bazaine. 

Esa pobre prostituta que se arrepiente de su vida infa- 
me y vive con Marchenoir, como pudiera vivir María 
Egipciaca con el monje Zózirao, en amor divino y plega- 
ria, supera a todas las Magdalenas. No puede pintarse el 
arrepentimiento con mayor grandeza, y León Bloy, que 
trata con hondo afecto la figura de la desgraciada, en vez 
de escribir obra de novelista ha escrito obra de hagió- 
grafo, igualando en su empresa, por fervor y luces espi- 
rituales, a un Evagrio del Ponto, a un San Atanasio, a un 
Fra Domenico Cavalca. Su arrepentida es una santa y 

76 



LOS R A R O S 

una mártir: jamás del estiércol pudiera brotar flor más 
digna del paraíso. Y Marchenoic es la representación de 
la inmortal virtud, de la honradez eterna, en medio de 
las abominaciones y de los pecadas; es Lot en Sodoma, 
El Desesperado, como obra literaria, encierra, fuera del 
mérito de la novela, dos partes magistrales: una mono- 
grafía sobre la Cartuja, y un estudio sobre el Simbolismo 
en la historia, que Charles Morice califica de "único", 
muy justamente. 

Un brelan d'excomunniés^ tríptico soberbio, las imáge- 
nes de tres excomulgados: Barbey d'Aurevilly, Ernest 
Helio, Paul Verlaine: El niño terrible, El Loco y El Le- 
proso. ¿No existe en el mismo Bloy un algo de cada 
uno de ellos? El nos presenta a esos tres seres prodigio- 
sos: Barbey, el dandy gentilhombre, a quien se llamó 
el duque de Guisa de la literatura, el escritor feudal que 
ponía encajes y galones a su vestido y a su estilo, y que 
por noble y grande hubiera podido beber en el vaso de 
Carlomagno; Helio, que poseyó el verbo de los profetas 
y la ciencia de los doctores; Verlaine, Pauvre Lelian, el 
desventurado, el caído, pero también el harmonioso mís- 
tico, el inmenso poeta del amor inmortal y de la Virgen. 
Ellos son de aquellos raros a quienes Bloy quema su in- 
cienso, porque al par que han sido grandes, han padecido 
naufragios y miserias. 

Como una continuación de su primer volumen sobre el 
Revelador i.'el Globo, publicó Bloy, cuando el duque de 
Veraguas llevó a la tauromaquia a París, su libro Chris- 
tophe Colombo devant les taureaux. El honorable gana- 
dero de las Españas no volverá a oir sobre su cabeza 
ducal una voz tan terrible hasta que escuche el clarín del 
día del juicio. En ese libro alternan sones de órgano con 
chasquidos de látigos, himnos cristianos y frases de Ju- 
venal; con un encarnizamiento despiadado se asa al no- 
ble taurófilo en el toro de bronce Falaris. La Real Aca- 
demia de la Historia, Fernández Duro, el historiógrafo 
yanqui Harisses, son también objeto de las iras del libe- 
lista. Dé gracias a Dios el que fué mi buen amigo don 
Luis Vidart, de que todavía no se hubiesen publicado en 

77 



RUBÉN DA RIO 

aquella ocasión sus folletos anticolombinos. Bloy se pro- 
clamó caballero de Colón en una especie de sublime qui- 
jotismo, y arremetió contra todos los enemigos de su 
santo gencvés . 

Y he aquí una obra de pasión y de piedad, La caballe- 
ra de la muerte. Es la presentación apologética de la 
blanca paloma real sacrificada por ia Bestia revoluciona- 
ria, y al propio tiempo la condenación del siglo pasado, 
«el único siglo indigno de los fastos de nuestro planeta — 
dice Wiliiam Ritter — , siglo que sería preciso poder su- 
primir para castigarle por haberse rebajado tanto». En 
estas páginas, el lenguaje, si siempre relampagueante, es 
noble y digno de todos los oídos. 

El panegirista de María Antonieta ha elevado en me- 
moria de la reina guillotinada un mausoleo heráldico y 
sagrado, al cual todo espíritu aristocrático y superior no 
puede menos que saludar con doloroso respeto. 

Los dos últimos libros de Bloy son: Le salut par les 
juifs y Sueur de sang. 

El primero no es por cierto en favor de los persegui- 
dos israelitas; mas también los rayos caen sobre ciertos 
malos católicos: la caridad frenética de Bloy comienza 
por casa. El segundo es una colección de cuentos milita- 
res, y que son a la guerra franco prusiana lo que el aplau- 
dido libro de D'Esparbés a la epopeya napoleónica; con 
la diferencia de que allá os queda la impresión gloriosa 
del vuelo del águila de la leyenda, y aquí la Francia suda 
sangre... Para dar una idea de lo que es esta reciente 
producción, baste con copiar la dedicatoria: 

A LA MÉMOIRE DIFFAMÉE 

DE 

Fran^ois- A chille Bazaine 

Maréchal de l'Empire 

Qm porta les peches de toute la France. 

Están los cuentos basados en la realidad, por más que 
en ellos se llegue a lo fantástico. Es un libro que hace 

78 



L 0_ S R A ROS 

daño con sus espantos sepulcrales, sus carnicerías locas» 
su olor a carne quemada, a cadaverina y a pólvora. Bloy 
se batió con el alemán de soldado raso; y odio como el 
suyo al enemigo, no lo encontraréis. Sueur de sang fué 
ilustrado con tres dibujos de Henry de Groux, macabros, 
horribles, vampirizados. 

Robusto, como para las luchas, de aire enérgico y do- 
minante, mirada firme y honrada, frente espaciosa coro- 
nada por una cabellera en que ya ha nevado, rostro de 
hombre que mucho ha sufrido y que tiene el orgullo de 
su pureza: tal es León Bloy. 

Un amigo mío, católico, escritor de brillante talento, y 
por el cual he conocido al Perseguidor, me decía: "Este 
hombre se perderá por la soberbia de su virtud y por su 
falta de caridad." Se perdería si tuviera las alucinaciones 
de un Lamennais, y si no latiese en él un corazón anti- 
guo, lleno de verdadera fe y de santo entusiasmo. 

Es el hombre destinado por Dios para clamar en me- 
dio de nuestras humillaciones presentes. El siente que 
"alguien" le dice al oído que debe cumplir con su misión 
de Perseguidor, y la cumple, aunque a su voz se hagan 
los indiferentes los "príncipes de Sodoma" y las "archi- 
duquesas de Gomorra". Tiene la vasta fuerza de ser un 
fanático. El fanatismo, en cualquier terreno, es el calor, 
es la vida: indica que el alma está toda entera en su obra 
de elección. ¡El fanatismo es soplo que viene de lo alto, 
luz que irradia en los nimbos y aureolas de los santos y 
de los genios! 




79 




Jean Richkpin 




JEAN RICHEPIN 

A PROPÓSITO DE "mes PARADIS" 




:^ARA frontispicio de estas líneas, ¿qué pintor, 
qué dibujante puede darme retrato mejor 
que el que ha hecho Teodoro de Banville, 
en este precioso esmalte? 

"Este cantor, de toisón y negro rostro 
ambarino, ha resuelto parecerse a un prín- 
cipe indio, sin duda con el objeto de poder desparramar, 
sin llamar la atención, un m.ontón de perlas, de rubíes, 
de zafiros y de crisólitos. Sus cejas rectas casi se juntan, 
y sus ojos hundidos, de pupilas grises, estriados y circu- 
lados de amarillo, permanecen comúnmente como dur- 
mientes y turbados, coléricos, lanzan relámpagos de 
acero. La nariz pequeña, casi recta, redondamente termi- 
nada, tiene las ventanillas móviles y expresivas; la boca 
pequeña, roja, bien modelada y dibujada, finamente vo- 
luptuosa y amorosa; los dientes cortos, estrechos, blan- 
cos, bien ordenados, sólidos como para comer hierro, 
dan una original y viril belleza al poeta de las Caricias. 
La largura avanzada de la mandíbula inferior desapare 

83 



R U B E N DARÍO 

■i-- ' ~~ 

ce bajo la linda barba rizada y ahorquillada; y ocultando 
sin duda una alta y espaciosa frente, de la cima del crá- 
neo se precipita hasta sobre los ojos una mar de ondas 
apretadas: es la espesa y brillante y negra y ondulante 
cabellera." Confrontando esta pintura con el aguafuerte 
de León Bloy, la fisonomía adquiere sus rasgos absolu- 
tos: sea al amor de aquella cariñosa efigie, o al corrosivo 
efecto de los ácidos del panfletista, la efigie de Richepin 
es interesante y hermosa. Robusto y gallardo, tiene a 
orgullo el ser turanio, bohemio, cómico y gimnasta. Hace 
versos a su imagen y semejanza, bien vertebrados y 
musculosos; monta bien en Pegaso como domaría potros 
en la pampa; alza los cantos metálicos de sus poemas 
como un hércules sus esferas de hierro, y juega con 
ellos, haciendo gala de bíceps, potente y sanguíneo. En 
el feudalismo artístico en que Hugo es Burgrave, Riche- 
pin es barón bárbaro, gran cazador cuyo cuerno asorda 
el bosque, y a cuyo halalí pasa la tempestuosa tropa cine- 
gética, en un galope ronco y sonoro, tras la furia erizada 
y fugitiva de los jabalíes y los vuelos violentos de los 
ciervos. 

Los que le colocan en el principado del "cabotinismo", 
¿no creen que tenga derecho este hombre fuerte a cortar- 
le la cola a su león? 

No son pocos los golpes que ha recibido y recibe, des- 
de la catapulta de Bloy hasta las flechas rabelesianas de 
Laurent Tailhade. A todos resiste, acorazando su carne 
de atleta con las planchas de bronce dt su confiada so- 
berbia. Busca lo rojo, como los toros, los negros y las 
mujeres andaluzas, princesas de los claveles: de sus ins- 
trumentos el tímpano y la trompeta; de sus bebidas el 
vino, hermano de la sangre; de sus flores las rosas pletó- 
ricas; de su mar las ásperas sales, los iodos y los fósfo- 
ros. Como Baudelaire, revienta petardos verbales para 
espantar esas cosas que se llaman "las gentes". No de 
otro modo puede tomarse la ocurrencia que Bloy asegura 
haber oído de sus labios, superior, indudablemente, a' la 
del jardinero de las Flores del Mal, <\ne alababa el sa- 
bor de los sesos de niño... 



LOS R A R 0^ ^ 

La *chanson de" gueux> fué la fanfarria que anunció 
la entrad-I. de ese vencedor que se ciñó su corona de lau- 
reles en los bancos de la policía correccional. <Mon livre 
n'a point de feuille de vigne et je m'en flatte.» Volunta- 
i lamente encanallado, canta a la canalla, se enrola en las 
turbas de los perdidos, repite las canciones de los mendi- 
gos, los estribillos de Irs prostitutas; engasta en un oro 
lírico las perlas enfermas de los burdeles; Píndaro "ato- 
rrante", suelta las alondras de sus odas desde el arroyo. 
Los jaques de Quevedo no vestían los harapos de púrpu- 
ra de esos jaques; los borrachos de Villón no cantaban 
más triunfantemente que esos borrachos. Cínica y grose- 
ra, la musa arremangada baila un "chahut" vertiginoso; 
vemos a un mismo tiempo el Moulin Rouge y el Olimpo; 
las páginas están impregnadas de acres perfumes; brilla 
la tea anárquica; los pobres cantan la canción del oro; el 
coro de las nueve hermanas, ya en ritmos tristes o en ri - 
mas joviales, se expresa en "argot"; la Miseria, gitana, 
^álida y embriagada, danza un prodigioso paso, y de 
Orion y Arturo forma sus castañuelas de oro. La creación 
tiene su himno; las bestias, las plantas, las cosas, exhalan 
su aliento o su voz; los jóvenes vagabundos se juntan con 
los ancianos limosneros; el son del piíFeraro responde a 
la romanza gastada del organillo. Oíd un canto a Raúl 
Pouchon, valiente cancionero de París, mientras rimando 
una frase en griego de Platón, se prepara el juglar a dis- 
culparse de su amor por las máscaras, apoyado en el bra- 
zo de Shakespeare. 

Se ha dicho que no es la voz de los verdaderos "gueux" 
la que ha sonado en la bocina de Richepin, y que su sen- 
timiento popular es falsificado; el mismo Arístides Bruant, 
clarín de la canción, le aplaude con reservas y señala su 
falta de sinceridad. No he de juzgar por esto menos poe- 
ta a (jiñen ha revestido con las más bellas preseas de la 
harmonía el poema vasto y profundo de los miserables. 

En Las Caricias se ve al virtuoso, al ejecutante, al or- 
ganista del verso; acuña sonetos como medallas y esterli- 
nas; tiene la ligereza y el vigor; chispas y llamaradas, sal- 
tantes "pizzicati" y prestigiosas fugas. 

85 



RUBÉN DARÍO 

Como tirada por catorce cisnes, la barca de) soneto re- 
corre el lago de la universal poesía; a su paso saluda el 
piloto paraísos de Grecia, encantadas islas medioevales, 
soñadas Capuas, divinos Eldorados; hasta anclar cerca de 
un edén Watteau, que se percibe en el país de un abani- 
co de catorce varillas. La delicadeza y distinción del poe- 
ta dan a entender que lo púgil no quita lo Buckingham. 

En este poema, como en todos los poemas, como en 
todos libros de Richepiri, encontraréis la obsesión de la 
carne, una furia erótica manifestada en símiles sexuales, 
una fraseología plástico-genital que cantaridiza la estrofa 
hasta hacerla vibrar como aguijoneada por cálida brama; 
un culto fálico comparable al qiae brilla con carbones de 
un adorable y dominante infierno en los versos del raro, 
total, soberano poeta del amor epidérmico y omnipoten- 
te: Algernon C. Swinburne. 

Al eco de un rondó vais al país de las hadas y de los 
príncipes de los cuentos azules; huelen los campos flore- 
cidos de madrigales; tras el reino de Floreal, Thermidor 
os enseñará su región, en donde a la entrada, se balancea 
un macabro ahorcado alegre, que me hace recordar cier- 
ta agua fuerte de Felicien Rops, que apareció en el fron- 
tispicio de las poesías deJ belga Théodore Hannon. Tras 
las brumas de Bruraario, Nivoso dirige sus bailarinas en 
un amargo cancán; y después de estas caricias, de estas 
"Caricias", queda en el ánimo una pena tan honda, como 
la que aprieta y persigue a los fornicarios en los tratados 
de los fisiólogos y la anunciada en los versículos de los 
libros santos. 

Kn Las Blasfemias, brota una demencia vertiginosa. 
El título no más del poema toca un bombo infamante. Lo 
han tocado antes Baiidelaire con sus Letanías de Satán y 
el autor de la Oda aPriapo. Esos títulos son comparables 
a los que decoran con cromos vistosos los editores de 
cuentos obscenos. «¡Atención, señores! ¡Voy a blasfemar!» 
¿Se quiere mayor atractivo para el hombre, cuyo sentido 
más desarrollado es el que Poe llamaba el sentido de per- 
versidad? Y he aquí que aunque la protesta de hablar 
palabras sinceras; manifestada por Richepin, sea clara y 

86 



LOS R A R OS 

franca, yo — sin permitirme formar coro junto con los que 
le llaman cabotín y farsante — , miro en su loco hervor de 
ideas negativas y de revueltas espumas metafísicas, a un 
peregrino sediento, a un gran poeta errante en un calci- 
nado desierto, lleno de desesperación y de deseo, y que 
por no encontrar el oasis y la fuente de frescas aguas, 
maldice, jura y blasfema. Cuando más, me acercaría a la 
sombra de Guyau, y vería en esta obra única y resonante 
ua concierto de ideas desbarajustadas, una harmonía de 
sonidos en desorden de pensamientos, un capricho de 
portalira que quiere asombrar a su auditorio con el es- 
truendo de sonatas estupendas y originales. De otro modo 
no se explicaría ese paradojal grupo de sonetos amargos, 
en el que las más fundan ntales ideas de moral se ven 
destrozadas y empapadas en las más abominables deyec- 
ciones. 

Ese soneto sobre Padre y Madre forma una pareja con 
la célebre frase frigorífica que León Bloy asegura haber 
oído de boca de Richepin. El carnaval teológico que en 
Las Blasfemias constituye la diversión principal de la 
fiesta del ateo, con sus cópulas inauditas y sus sacrilegos 
cuadros imaginarios, sería motivo para dar ra^ón al ico- 
noclasta Max Nordau, en sus diagnósticos y afi maciones. 
Pocas veces habrá caído la fantasía en una 1 asteria, en 
una epilepsia igual; sus espumas asustan, sus contorsio- 
nes la encorvan como un arco de acero, sus huesos cru- 
jen, sus dientes rechinan, sus gritos son clamores de nin- 
fomaníaca; el sadismo se junta a la profanación: ese vue- 
lo de estrofas condenadas precisa el exorcismo, la desin- 
fección mística, el agua bendita, las blancas hostias, un 
lirio del santuario, un balido del cordero pascual. La cua- 
drilla infernal de los dioses caídos no puede ser acompa- 
ñada sino por el órgano del Silencio. Habla el ateo con 
las estrellas, para quedar más fuerte en su negación, y su 
plegaria, cuando parodia la oración, como un pájaro sin 
alas cae. El judío errante dice bien sus alejandrinos y pro- 
sigue su marcha. Las letanías de Baudelaire tienen su 
mejor paráfrasis en la apología que hace Richepin del 
Bajísimo. 



R u B ^ _a;^ d a R I o 

Con una rodilla en tierra, y en vibrantes versos, ento- 
na él también su ¡Pape Satán, Pape Satán alepe! Mas don- 
de se retrata su tipo desastrado, es en las que él llama 
canciones de la sangre: su árbol genealógico florece rosas 
de Bohemia: sus antepasados espirituales están entre los 
invasores, los parias, los bandidos cabalgantes, los solda- 
dos de Atila, los florentinos asesinos, los atormentadores, 
los súcubos, los hechiceros y los gitanos. 

En esas canciones se encuentra una estrofa harmonio - 
sísima que Guyau considera como la mejor imitación fo- 
nética del galope del caballo, olvidando el ilustre sabio 
el verso que todos sabemos desde el colegio: 

Cuadrupedantem puten sonitu quatit 
úngula campum... 

Nada existe de divino para el comedor de ideales; y si 
hace tabla rasa con los dioses de todos los cultos y con 
los mitos de todas las religiones, no por eso deja de de- 
cir a la Razón desvergüenzas, de abominar a la Naturale- 
za, montón de deyecciones, según él, y de reirse, tonante 
y burlón, del Progreso, para señalarse como precursor de 
un Cristo venidero cuya aparición saluda, el blasfemo, 
con los tubos de sus trompetas alejandrinas. Eran sus 
intenciones, según confesión propia, cuando echó al 
mundo ese poema candente y escandaloso, instaurar a su 
modo una moral, una política y una cosmogonía materia- 
li?ta. Para esto debía publicar después de las Blasfemias, 
el Paraíso del Ateo, el Evangelio del Anti cristo y las Can- 
ciones eternas. El poema nuevo, Mis paraísos, correspon- 
de a aquel plan. 

Una palabra siquiera sobre una de las obras más fuer- 
tes, quizá la más fuerte, dejean Richepin: El Mar. Desde 
Lucrecio hasta nuestros días, no ha vibrado nunca con 
mayor ímpetu el alma de las cosas, la expresión de la 
materia, como en esa abrumadora sucesión de consonan- 
tes que olea, sala, respira, tiene flujo y reflujo, y toda 
la agitación y todo el encanto vencedor de la inmensidad 
marina . De todos lo que han rimado o escrito sobre el 

88 



LOS R_^ _A R O S 

mar, tan solamente Tristán Corbiére (de la academia her- 
mética de los escogidos) ha hecho cantar mejor la len- 
gua de la onda y del viento, la melodía oceánica. Hay 
que saber que Richepin, como Corbiére, conoce práctica- 
mente las aventuras de los marineros y de los pescadores, 
y bajo sus pies ha sentido los sacudimientos de la piel 
azul de la hidra. No sé si de grumete empezó; pero sí 
que ha hecho la guardia, a la media noche, delante de la 
mirada de oro de las estrellas; y envuelto en la bruma de 
las madrugadas, ha dicho entre dientes las canciones que 
saben los lobos de mar, Loti delante de él es un "sports- 
man", un "yachtman"; Rene Maizeroy, un elegante que 
va a tomar las aguas a Trouville; Michelet, un admirable 
profesor; solamente Corbiére le presta su pipa y su cuchi- 
llo y le aplaude cuando salmodia sus cristalizadas leta- 
nías, o enmarca maravillosas marinas que no han sabido 
crear los pintores de Holanda, o retrata y esculpe los 
tipos de a bordo, o con la linterna mágica de un poder 
imaginativo excepcional ilumina cuadros fantasmagóricos 
sobre las olas, concertando la muda melodía de los cas- 
tos astros con la polémica eterna de las ebrias espumas . 
El Richepin prosista ha cosechado laureles y silbas; 
pues si con sus cuadros urbanos de París ha realizado 
una obra única, con sus novelas ha llegado hasta las puer- 
tas aterradoras del folletín. Jamás creería yo en un reba- 
jamiento intelectual de tan alado poeta, y no seré de los 
que lo aburguesan, a causa de tal o cual producción; y 
que son los mismos que llaman aZola "un raonsieur á. gé- 
nie". Mme. André se va con sus tristezas humanas; y Bra- 
vesgens i\inio con Miark, ceden el pasoal "conteur". Pues 
si algún poder tiene Richepin después del de lírico, es el 
que le da la forma rápida y vivaz del cuento. Ya nos pinte 
las intimidades de los cómicos, a los cuales le acerca una 
simpatía irresistible; ya vaya al jardín de Poe a cortar 
adelfas o arrancar mandragoras, al lívido resplandor de 
las pesadillas; ya juegue con la muerte, o se declare pala- 
dín de anarquistas, humillando, mal poeta en esto, la idea 
indestructible de las jerarquías, su palabra tiene carne y 
sangre, vive y se agita, y os hará estremecer. 

89 



R U B _E__ N D ARÍ O 

En Mes Paradis hay ya una ascensión. Como las Blas- 
femias, el poema está dedicado a MauriceBouchor. Quien, 
espiritual y místico, deberá aplaudir el cambio experi- 
mentado en el ateo. Ya no todo está regido por la fatali- 
dad, ni el Mal es el invencible emperador. La explicación 
podrá quizá encontrarse en esta declaración del poeta: 
Las Blasfemias fueron escritas de veinte a treinta años, 
y Mis Paraísos, de treinta a cuarenta." Comienza su últi- 
mo poema con un tono casi prosaico, y protesta su buena 
voluntad y la sinceridad de su pensamiento. Buen gladia- 
dor, hace su saludo antes de entrar en la lucha. Luego, 
las primeras bestias fieras que le salen al encuentro son 
dragones de ensueño, o frías víboras bíblicas que nos 
vienen a repetir una vez más que en el fondo de toda 
copa hay amargura, y que la rosa tiene su espina y la 
mujer su engaño. Vuelve Richepin a ver al diablo, a 
quien canta en sonoros versos de pie quebrado; antes le 
había visto igual físicamente a un hermano de Bouchor; 
ahora le adula, le ruega y le habla en su Idioma, como un 
ferviente adorador de las misas negras. 

Pero no todo es negación, puesto que hay una voz se- 
creta que pone en el cerebro del soñador la simiente de 
la probabilidad. 

Para ser discípulo del demonio, Richepin filosofa de- 
masiado, y sobre todo el tejido de su filosofía sopla un 
buen aire que augura tiempo mejor. La barca en que va, 
con rumbo a las Islas de Oro, pasa por muchos escollos, 
es cierto; pero esto nos da motivo para oir el suave son 
de muy lindas baladas. Sensual sobre todo, el predicador 
del culto de la materia nos dice cosas viejas y bien sabi- 
das. ¿Es acaso nuevo el principio que resume la mayor 
parte de estas primeras poesías: "comamos, bebamos, 
gocemos, que mañana todo habrá concluido"? ¿O este 
otro: "vale más pájaro en mano que buitre volando"? 
Oh, sí; los panales, las rosas, los senos de las mujeres, 
las uvas y los vinos, son cosas que nos halagan y encan- 
tan; pero ¿esto es todo? Diré con el mismo Richepin: 
"Poete, n'as tu pas des ailes?" 

El amor a los humildes se advierte en toda esta obra; 

90 



LOS RAROS 

no un amor que se cierne desde la altura del numen, sino 
un compañerismo fraternal que junta al poeta coa los 
"gueux" de antaño. Las canciones transcienden a olores 
tabernarios. Decididamente, ese duque vestido de oro 
tiene una tendencia marcada al "atorrantlsmo". Gracias 
a Dios, que buen aire ha inflado las velas y tenemos a la 
vista las costas de las anunciadas áureas islas. Sabemos 
aquí que lavida válela pena de nacer; que nuestro cuerpo 
tiene un reino extenso y rico; que nada iiay como el pla- 
cer, y que la felicidad consiste en la satisfacción de nues- 
tros instintos. Islas de oro pálido, islas de oro negro, 
islas de oro rojo, ¿son éstas las flores que brotan en vues- 
tras maravillosas campiñas? 

Lo que llama al paso mi atención son dos coinciden- 
cias que no tocan en nada la amazónica originalidad de 
Richepin, pero me traen a la memoria conocidísimas 
obras de dos grandes maestros. En la página 229 de Mes 
Paradis tiembla la cabellera de Gautier, y en la página 
368 se lee: 

Enivre-toi quand-méme, et non moins foUement, 
de tout ce qui survit au rapide moment, 
des chiméres, de l'art, du beau, du vin, des revés 
qu'on vendange en passant aux réalités breves, etc. 

Lo cual se encuentra más o menos en uno de los ad- 
mirables poemas en prosa de Baudelaire. 

Todo hay, en fin, en esas islas de oro: maravillas de 
poesía satiríaca, estrofas en que ha querido demostrar 
Richepin cómo él también puede igualar las exquisiteces 
de la poética simbolista; paisajes de suprema belleza, de- 
coraciones orientales, ritmos y estrofas de una lengua 
asiática en que triunfa el millonario de vocablos y de re- 
cursos artísticos; relámpagos de pasión y ternuras súbi- 
tas; las apoteosis del hogar y la poetización de las cosas 
más prosaicas; las flautas y arpas de Verlaine se unen a 
las orquestas parnasianas; el treno, el terceto monorrimo 
de los himnos latinos precede al verso libre; el elogio de 
la palabra está hecho en alejandrinos que parecen conti- 
nuación de los célebres de Hugo, y si turba la armonía 

91 



RUBÉN 



D 



R 



O 



órfica la obsesión de la metafísica, pronto nos salva de la 
confusión o del aburrimiento al galope metálico y musi- 
cal de las cuadrigas ds hemistiquios. En largo discurso 
rimado nos explicará por qué es a veces prosaico, o tri- 
vial. Su pensamiento pesa mucho, y no pueden arras- 
trarlo en ocasiones las palabras. 

Islas de oro pálido, islas de oro rubio, islas de oro ne- 
gro, todas sois como países de ensueño. No hay arcos de 
plata y flores para recibir al catecúmeno. Richepin no es 
aún el elegido de la Fe. Le que hay de consolador y de 
divino en este poema es que al concluir presenciamos la 
apoteosis del amor, Y el Amor lleva a Dios tanto o más 
que la Fe. Amor carnal, amor ideal, amor de todas las 
cosas, atracción, imán, beso, simpatía, rima, ritmo, ¡el 
amor es la visión de Dios sobre la faz de la tierra! 

Y pues que varaos a esos paraísos, a esas islas de oro, 
celebremos la blancura de las velas de seda, el vuelo de 
los remos, el marfil del timón, la proa dorada, curva 
como un brazo de lira, el agua azul, ¡y la eterna corona 
de diamantes de la Reina Poesía! 




92 




ÍEAN MOREAS 




|l retrato que el holandés Byvanck hizo de 
Morcas en un libro publicado no ha mucho 
tiempo, no es de una completa exactitud. 
Morcas no está contento con la imagen pin- 
tada por el Teniers filólogo, como llama 
An atole France al profesor de Hilversum. 
Ha llegado hasta calificar a éste, en el calor de la con- 
versación, sencillamente de "imbécil". Palabra que no 
osé contradecir, aunque me pareció harto dura e injusta, 
y de todo punto inaplicable para el excelente víllonista, 
para el «sabio pensativo», para quien, según el mismo 
France, con todo y ser filólogo, se interesa por el movi- 
miento intelectual... 

Cierto es que en su libro, a vuelta de justos elogios y 
de una admiración que demuestra indudablemente su 
sinceridad, nos ha dado un Morcas caricatural, un Morcas 
inadmisible para los que tenemos el gusto de conocerle. 
Y no puede ser excusa salvadora el que las anécdotas 

93 



R U B E N DA R^ I O 

bufas referentes al poeta estén en la narración de 
Byvanck puestas en los labios de antiguos amigos del 
hoy jefe de la escuela romana. ¡Todo lo contrario! Bien 
sabe el pensador de Holanda que del "cher confrére" y 
del "cher maitre" gustan mucho los dientes literarios en 
todas partes del mundo... Un mordisco al "querido com- 
pañero", un arañazo al "querido maestro", no hay nada 
mejor, principalmente cuando ello va acompañado con la 
salsa del ridículo! Es un don especial del lobo humano. 
Al lobo humano parece que el arte le pusiese en el hígado 
una extraña y áspera bilis. Hasta hoy no se ha visto sino 
muy raras veces una amistad profunda, verdadera, desin- 
teresada, y dulcemente franca, entre dos hombres de 
letras. ¡Y los poetas, esos amables y luminosos pájaros 
de alas azules! Los triunfos de Moreas enconaron a mu- 
chos de sus colegas. El banquete que se dio cuando la 
aparición del primer "Pelerin Passionné" fué causa de 
bastantes rencores. No impunemente se logra una vic- 
toria. 

Moreas, si es que era tal como aparece retratado en el 
libro de Byvanck, ha cambiado en dos años muy mucho. 
Cierto es que hay algo en él del espadachín idealizado 
en sus hermosos versos: 

La main de noir gantée a la hanche campee, 
avec sa toque á plume, avec sa longue epée, 
il passe sous les hauts balcons indolemment. 

Por lo demás, si usa siempre el "monocle", no dice 
"Píndaro y yo", ni se admira de tener las manos blancas 
y finas. La "toque á plume" es un flamante sombrero de 
copa; su traje es correcto, de intachable corte. Alta y 
serena frente; cabello de klepto; porque, como en París 
se sabe, Moreas es griego de Galia. 

"No es un pacha, es un klepto de negra cabellera." 
Cuerpo fuerte y bien erguido, manos aristocráticas, el 
aire un si es no es altivo y sonrientemente desdeñoso; 
gestos de gian señor de raza; bigotes bien cuidados. Y 
entre todo esto, una nariz soberbia y orgullosa, a propó- 

94 



^__ Q ^ Jg A R O S 

sito de la cual un periodista risueño ha dicho que 
Moreas es semejante a una cacatúa. 

¿Qué misteriosa razón hará que ese apéndice facial 
llame tanto la atención de la crítica? La nariz de Moreas 
es, vuelvo a repetirlo, una soberbia y orgullosa nariz, ni 
atrozmente aumentada con un garbanzo, como la de Ci- 
cerón, ni tan desarrollada como la de Corneille, ni fea 
hasta la provocación y el insulto, como la de Cyrano de 
Bergerac. En resumen, nuestro poeta tiene un gallardo 
tipo de caballero. 

Con ropilla y sombrero emplumado, se podría afirmar: 
"Velázquez pinxit." Como Ronsard y como Chenier, tiene 
en las venas sangre de Grecia. Su familia es originaria 
del Epiro y su apellido es ilustre: Diamanto; precedido de 
la palabra Papa, y seguido de la terminación "poulos", lo 
primero para indicar que hay entre los miembros que 
ilustran la casa un jerarca de la Iglesia, y lo segundo, 
que es en griegro equivalente al "ofí", al "vitch" o al "ski" 
slavos. A principios del siglo, esa familia de nombre in- 
menso, "Papadiamantopoulos", emigró al Peloponeso, a 
la Morea; y de aquí el nuevo nombre, el nombre adoptivo 
hoy en uso. El poeta es de raza de héroes. Su abuelo fué 
un gran luchador por la libertad de la Grecia. Su padre 
había quedado en la capital y era dignatario de la corte 
del rey bávaro Othon, impuesto por las potencias, "Y 
aquí — decía Moreas a Byvanck — , y aquí comienza la his- 
toria de mi rebelión. Mis padres habían concebido una 
alta idea de mi porvenir y querían enviarme a Alemania, 
donde recibiría una buena educación. Hay que recordar 
que la influencia alemana prevalecía en la corte. Había 
aprendido a un tiempo griego y francés, y no separaba 
ambas lenguas. Quería ver la Francia; niño aún, ya tenía 
la nostalgia de París. Creyeron forzar mi resistencia en- 
viándome a Alemania, y me volví dos veces. En fin, me 
fui a Marsella y de allí a París. Era que el destino me se- 
ñalaba mi ruta, pues yo era aún muy joven para darme 
cuenta de mis acciones. He sufrido horriblemente; pero 
no me he dejado abatir y he mantenido alta la cabeza. Mi 
familia me reprochaba mi pereza— según sus palabras — 

95 



RUBÉN DARÍO 

y hacía espejear ante mis ojos el alto empleo que hu- 
biera podido obtener en Atenas. Pero basta. Se siente 
uno herido en lo más vivo cuando las personas que ama 
no le comprenden, y aun le hieren. Yo nunca he hablado 
de esto con nadie..." 

Y he ahí que ha llegado en la terrible ciudad de la glo- 
ria a conquistarse un envidiado nombre. Después de 
brega y sufrimiento, el desconocido es ya "alguien". Ana- 
tole France, a quien siempre habrá que citar, le llama "el 
poeta pindárico de palabras lapidarias". Si Morcas no 
fuese tan descuidado de su renombre, si tuviese el don 
de intriga y de acomodaticia humildad de muchos de los 
que fueron antaño sus compañeros, su gloria habría sido 
sonoramente cantada por el clarín prostituido de la Fama 
fácil. Mas el joven "centauricida" está acorazado de or- 
gullo, casqueado de desdén olímpico. Alrededor de ese 
orgullo y ese desdén se ha formado más de una leyenda, 
que circula por los cafés estudiantiles y literarios del 
Barrio Latino. 

Ya es el Moreas hinchado de pretensiones, irrespetuoso 
con los genios, con los Santos Padres de las letras, que 
observa con su "monocle" a Píndaro, que blasfema de 
Hugo y acepta con reservas a Leconte de Lisie; ya es el 
Narciso que se deleita con su belleza en un espejo de 
cervecería; ya es el corifeo de las primeras armas, que 
entraba al café seguido de una cohorte de acólitos papa- 
natas; ya es e) rival de Veríaine, que ve de reojo al fauno 
maldito; ya el recitador de sus propios versos, que se 
alaba pontifical y descaradamente, delante de un concur- 
so asombrado o burlón. Después de todo, la mala volun- 
tad ha quedado vencida. No hay sino que reconocer en 
el autor del Pelerin Passioné a un egregio poeta. "El 
único — dice el escritor holandés — que en todo el mundo 
civilizado puede hablar de su Lira y de su Musa, sin caer 
en ridículo." Moreas ha tomado muchos rumbos antes de 
seguir la senda que hoy lleva. El apareció en el campo de 
las letras como revolucionario. Una nueva escuela aca- 
baba de surgir, opuesta hasta cierto punto a la corriente 
poderosa de Víctor íligo y sus hijos los parnasianos; y 

96 



LOS R A R^ O S 

en todo y por todo, a la invasión creciente del naturalis- 
mo, cuyo pontífice aparecía como un formidable segador 
de ideales. Los nuevos luchadores quisieron librar a los 
espíritus enamorados de lo bello de la peste Rougon y 
de la plaga Macquart. Artistas, ante todo^ eran, entusias- 
tas y bravos, los voluntarios del Arte. 

Tales fueron los decadentes, unidos en un principio, y 
despuís separados por la más extraña de las anarquías, 
en grupos, subgrupos, variados y curiosos cenáculos. 
Moreas, como queda dicho, fué uno de los primeros com- 
batientes; él, como un decidido y convencido adalid, tuvo 
que sostener el brillo de la flamante bandera, contra los 
innumerables ataques de los contrarios. Casi toda la 
prensa parisiense disparaba sus baterías sobre los recién 
llegados. Paul Bourde se alzaba implacable en su burla, 
desde las columnas del Tenips. Llamaba a los decadentes, 
con tono de reproche, hijos de Baudelaire; dirigía sus más 
certeros proyectiles contra Mallarmé, Moreas, Laurent 
Tailhade, Vignier y Charles Morice; y pintaba a los odia- 
dos reformadores con colores chillones y extravagantes 
perfiles. Todos ellos no eran sino una muchedumbre de 
histéricos, un club de chiflados. Las fantasías escritas de 
Moreas e^an, según el crítico, sentidas y vividas. ¿El jo- 
ven poeta quería ser Khan de Tartaria, o de no sé dónde, 
en un bello verso? Pues eso era muestra de un innegable 
desorden intelectual. Moreas era un sujeto sospechoso, 
de deseos crueles y bárbaros. Además, los decadentes 
eran enemigos de la salud, de la alegría, de la vida, en fin. 
Moreas contestó a Bourde tranquilo y bizarramente. Le 
dijo al escritor del más grave de los diarios que no había 
motivo para tanta algarada; que el distinguido señor 
Bourde se hacía eco de fútiles anécdotas inventadas por 
alegres desocupados; que ellos, los decadentes, gustaban 
del buen vino, y eran poco afectos a las caricias de !a 
diosa Morfina; que preferían beber en vasos, como el co- 
mún de los mortales, y no en el cráneo de sus abuelos; y 
que, por la noche, en vez de ir al sábado de los diablos y 
de las brujas, trabajaban. Defendió a la censurada Me- 
lancolía, de la Risa gala, su gorda y sana enemiga. "Es- 

7 97 



RUBÉN DARÍO 

quilo, dijo, Dante, Shakespeare, Byron, Goethe, Lamar- 
tine, Hugo, los grandes poetas, no parece que hayan 
visto en la vida una loca kermesse de inflamadas ale- 
grías." Fué el campeón de las lágrimas. Después se ocu- 
pó de la exterioridad de la poesía decadente y expuso 
sus cánones. Al poco tiempo apareció en el Fígaro un 
manifiesto de Moreas. Fué la declaratoria de la evolu- 
ción, la anunciación "oficial" del simbolismo. Los simbo- 
listas eran para los románticos rezagados y para el natu- 
ralismo lo que el romanticismo para los pelucas de 1830. 
¿Pero no eran ellos los de la joven falange, nietos de Víc- 
tor Hugo? 

Ese célebre manifiesto en que aparecían declarados los 
principios del simbolismo, el organismo de la naciente 
escuela, su ritual artístico, su teoría, sus intentos y sus 
esperanzas, fué analizado y combatido por Anatole Fran- 
ce con la manera magistral y la superior fuerza que dis- 
tinguen a ese escritor. Moreas respondióle, en unas cuan- 
tas líneas, con caballeresca cortesía, manteniendo, buen 
paladín, sus ideas. De esto hace ya algunos arios. 

Moreas desdeña hoy, mira con cierta reprochable falta 
de cariño, sus primeras producciones. ¿Por qué? Ellas 
marcan el sendero que debía seguir el talento del autor, 
son los vuelos en que se ensayaban las alas, y para el 
observador o el biógrafo, constituyen valiosísimos docu- 
mentos. Nuestro poeta no habla nunca de sus trabajos 
en prosa. Como todo verdadero poeta, es un excelente 
prosador. A pesar de las inextricables montañas simbó- 
licas y de las raras brumas amontonadas en el Thé 
chez Miranda, o en las Demoiselles Gobet , ambas 
obras escritas en colaboración con Paul Adam, esos dos 
trabajos primigenios son ya un augurio de poder y 
de victoria. Hay en ellos riqueza, derroche de intelec- 
tualidad y de pasión artística. Son revuelta y amontonada 
pedrería, joyas regadas; lujo desbordado de la fantasía, 
locura de ansioso príncipe adolescente. ¿Que hay distan- 
cia de esos libros al último Pelerin? Claro está. 

"He crecido" — dice Hugo en una célebre epístola. 
El antiguo camarada de Moreas, el Paul Adam de estos 

98 



LOS RAROS 

momentos, que corona, de gemas ilustres la cabeza hiera- 
tica de las princesas bizantinas, ¿no empieza a mostrar 
los quilates de sus oros y diamantes allá, al principio, 
cuando los tanteos de su pluma delineaban los contornos 
de un estilo prestigioso y potente? 

El Morcas de Les Syrtes no es, en verdad, el lírico 
capiíolino y regio de los últimos poemas; sin embargo, 
algunos preferirían muchos de esos primeros versos 
a varias de las sinfonías verbales recientemente escritas 
por el joven maestro. La razón de esto quizá esté en que 
hay en la primavera de su poesía más pasión y menos 
ciencia. Es innegable que la orquestación exquisita del 
verso libre, ''la máquina del poema polimorfo moderní- 
simo", son esfuerzos que seducen; mas es irresistible 
aquella m.3gia, de los vuelos de palomas, de las írescas 
rosas, bien rimadas en estrofas harmónicas: la consonan- 
cia dulce de los labios, luciente de los ojos, ideal y celeste 
de las alas y el lenguaje de la pasión y de la juventud. 

Esto, volviendo a afirmar que el verso libre, tal como 
hoy impera en la poética francesa, es, en manos de una 
legión triunfante de rimadores, instrumento precioso, 
teclado insigne y vasto de incomparable polifonía. Mas 
volvamos a los primeros versos de Moreas. "¡Syrtis 
inhospital", clama Ovidio. ''lacerta Syrtis", dice Séneca. 
Aun no ha acabado la aurora de esperez^irse, y ya la 
barca del joven soñador ha padecido la rudeza de los 
escolios. ¡El poeta empieza por el recuerdo! Ya hay uh 
tiempo ido, al cual el alma vr-elve los nostálgicos ojos. 
Quizá no es la culpa del soñador. El viene después del 
enfermo Reaé y del triste Olimpio. 

Es el invierno. Arde en la chimenea 

El fuego brillador que estalla .n chispas, 

como dice un poeta mi amigo a quien quiero mucho. 
Fuera pasan los vientos de la fría estación. Dentro, el 
gato mayador se enarca y se estira lánguidamente. Algo 
flota sobre la ramazón bordada de los cortinajes. 

Es el pasado; es el pasado, que clama lamentando las 

99 



RUBÉ N parí o 

ternuras acabadas y los amores difuntos. El recuerdo 
vuela primero al divino país de Grecia. Allá es donde 
"bajo los cielos áticos los crepúsculos radiosos tiñen de 
amatista los dioses esculpidos en los frisos de los pór- 
ticos; donde en el follaje argentado de los árboles de 
torsos flacos, crepitan las agrias cigarras, ebrias de las 
copas del Estío". Es la tierra de las olímpicas divinidades 
y de las musas, donde la virgen helénica, de florecientes 
senos, despertó el amor del adolescente, poniendo el 
embriagador vino del primer beso sobre sus labios secos 
de sed. Luego pasará la dama enigmática, encarnación 
del inmortal femenino. Va en una barca mágica o en una 
góndola amorosa, y a su paso hacen vibrar el aire los 
"pizzicatti" de las mandolinas. Es la mujer ideal del 
ensueño largo tiempo acariciado, la dama que se yergue 
como una flor, con su falda de brocatel, cual pintado por 
el viejo Tintoreto. Eva y Helena, hermanas fatales, rei- 
narán siempre bajo apariencias distintas. Si un rostro de 
niña rubia se asoma a la ventana será la pálida Margarita. 
En un paisaje duro y vigoroso, al canto de las cascadas, 
brotará la forma de una catalana, de pie pequeño y ojos 
brilladores; y en París —seguramente en un decorado de 
cámara privada — , ríe la serpentina parisiense, bajo su 
sombrero florido. 

Y es en ese instante cuando el poeta, casi siempre 
casto, pone el oído atento a la lección del encendido Sá- 
tiro. Al vagar ideal, hará sus ramilletes galantes en los 
parques ducales, cerca de los viejos chambelanes que 
madrigalizan. Nos mostrará a esa misteriosa Otilia de 
labios de bacante y ojos de madona, que cruza semejan- 
te a la vaga figura de un mito, en tanto que las arpas» 
dejan escapar un trémulo acorde en el salón de las arma- 
duras. La oda irá, como una águila, a tocar con sus alas 
la frente del vate recordándole las futuras apoteosis de 
la Gloria. Nuestros ojos se detendrán ante un retrato de 
mujer, esfíngico y encantador, o veremos al enamorado 
dedicar, adorador de unas blancas manos, perlas a los 
dedos liliaies. Querrá también, tentado como Parsifal, 
ofrecer sacrificios a la Venus carnal y matadora; pero 

100 



LOS R A ROS 

protegido por especial virtud, cual por un Graal Santo, 
volverá a flotar en el azul de la eterna idealidad. En el 
claro de la luna un beso. El amor que soñará será triste 
y sollozante, lleno de meditaciones y furtivas caricias. 
Canta su amargura delante de la iriunfal beldad, y a pe- 
sar de la obsesión de los deseos clandestinos y del soplo 
impulsivo de Mefistófeles, el alma flota en un delicado y 
místico ambiente. El sueña con la bella vida del amor in- 
vencible. La canción invernal languidece en las cuerdas. 
La amada y el amado están cerca de las llamas de oro 
de la chimenea, y admiran un paisaje de desconocido 
pintor, donde en una fiesta de colores corre el agua de 
ima fuente, bajo un toldo de hojas; se alza a lo lejos la 
montaña, y, en primer término, bajo el sol del trópico, 
grandes bueyes blancos- como los del robusto Fierre 
Dupont ■— elevan hacia el cielo la doble curva de los fir- 
mes cuernos. La feliz pareja sólo soñará un instante, 
pues pronto llega la amarga onda a invadir los corazones. 
Los corazones sangran martirizados como en los versos 
de Heine; el invierno será tan só.'o nuncio de penas y de 
desilusiones; los besos han partido como pájaros en 
fuga; las rosas están marchitas, y los brazos deseosos, 
los brazos viudos, en vano buscarán la mística figura. Es 
un cuento de amor, un cuento otoñal, escuchado cuando 
el viento de la tarde pasa haciendo temblar las ramas de 
los árboles deshojados. Todo muy confuso, diréis, muy 
wagneriano. Muy bello. 

De cuando en cuando convierte el triste los ojos a una 
visión que presto desaparece. Son las negras cabelleras, 
los talles, las caderas harmoniosas, las pupilas húmedas, 
de miradas profundas. ¡Y las manos! Esta deliciosa parte 
de la escultura femenil atrae especialmente a Morcas. 
¡Qué preciosos retratos nos haría este encantador, de 
Diana encombándo un arco, o de Ana de Austria desho- 
jando una rosa, o vertiendo en una copa de plata un poco 
de sangre moscatel! 

Carmencita, la española, desfila, mas no como era de es- 
perar, en un paso de cachucha o en un giro de fandango; a 
esa hechicera meridional canta el poeta un üed del Norte. 

101 



RUBÉN DARÍO 

Amores, intenciones de amor, ya en la basílica al bri- 
llo aurisolar de la custodia, o en el aposento tapizado de 
rosa y aromado de lilas; y como divino pájaro de un alba 
inextinguible, se ve el ave azul que resucita las esperan- 
zas; pero la cual buscará en vano el náufrago, pues vo- 
lará hacia esas sirtes en que el propio piloto ha buscado 
el naufragio. Hasta ei final de este primer libro se siente 
el influjo del desencanto. Más aún, la sombra de Baude- 
laire sugiere a ese joven ágil y pletórico, que aprendió a 
amar y a cantar en Atenas, sugiere vagas ideas obscuras, 
relámpagos de satanismo. El se pregunta: 

Que] succube au pied bot m'a-t-ií done envouté? 

Sin saberse en qué momentos, han empezado a vegetar 
en el jardín del soñador las plantas que producen las 
flores del mal. Y sobre el suelo en que crecen esas plan- 
tas, bien pueden ya percibirse, a la luz del claro sol, las 
huellas del pie hendido de Verlaine. Por allí ha pasado 
Pan, o ei demonio. La pobre aima quiere librarse de las 
llamas libertinas, de ias larvas negras, de las salaman- 
dras invasoras. Lamenta la pérdida de la alegría de su 
corazón, la sequedad de su rosal espiritual, sobre el 
que ha agitado las alas un mal vampiro. El tenderá 
sus brazos a la naturaleza y al Oriente divino. Pero todas 
sus quejas serán vanas; y aún más, incomprensibles. Ya 
Mallarmé se oye sonai-; sus trompetas cabalísticas augu- 
ran una desconocida irrupción de rarezas, bellas, muy 
bellas y luminosas, pero caóticas, como una puesta de 
sol en nuestros cielos americanos, en que la confusión es 
el mayor de los encantos. 

La adolescencia es ida, y los años de las dulces cosas 
juveniles, cuando Julieta nos canta con su dulce voz ven- 
cedora de la de la alondra: "¡No te vayas todavía!" Las 
Cantinelas encierran el nuevo período. El traje del ca- 
ballero es ¿e un tono más obscuro. La espada siem- 
pre pende al cinto; se nota el triunfo de los terciopelos 
sobre los encajes. Ha sufrido el joven caballero griego. 
No son por cierto notas alegres las que primero escu- 

102 



LOS RAROS 

chainos. Los sonetos, que vienen como heraldos, traen 
vestiduras de duelo. La pena del placer perdido hace de- 
mandar las voces arrulladoras y los aromas embriagan- 
tes; el jardín de Fletcher, decorado por la musa sonám- 
bula de Poe, solloza en sus fuentes; hay una atmósfera 
de duelo, de llanto, casi de histerismo, y una luz espec- 
tral sirve de sol, o mejor dicho, de luna. 

Que je cueille la grappe, et la feuille de myrte 
Qui tombe, et que je sois á l'abri de la syrte 
Oú j'ai fait si souvent naufraga prés du port. 

Así canta el malherido de desesperanzas. 

Su voz se dirige a las hadas propicias, pero ellas no 
llegan todavía. El va cerca de la mar, de la mar femenina 
y maternal, a dejar en sus riberas lo que queda de sus 
ensueños y hasta el último hilo de la púrpura de su or- 
gullo. Su alma está triste hasta la muerte. En el interludio 
parece que quisiera entregarse a la felicidad de una ale- 
gría ficticia. Así el gaitero de Gijón de nuestro admirado 
y querido Campoamor, toca la gaita y rige las danzas con 
el alma apuñalada de pena. Gestos, expresiones, impre- 
siones fugaces, paisajes nocturnos en una calle parisien- 
se; y en las estrofas una mezcla de vaguedad germánica 
y de color meridional. 

El "never more" fatídico del cuervo de Poe, es escucha- 
do por el cantor nostálgico, a la luz del gas de París. 

Preséntasenos también una legendaria escena noctur- 
na que ya habíamos visto, lector, acompañada por blanda 
música, gracias al inmenso cordaje de la lira de Leconte 
de Lisie. Los Elfos del Norte cantan coronados de hojas 
perfumadas y frescas, cuando el caballero de la balada 
viene en su caballo negro, haciendo espejear su casco ar- 
gentino a la luz de la luna. Es osado, y sus armas no han 
conocido nunca la vergüenza de las derrotas. Su corcel 
va como si fuese alado, a las punzadas de las espuelas 
de oro. El caballero muere vencido en las Odas bárbaras. 

El personaje de Moreas, cuya figura no se alcanza a 
ver y cuyo caballo apenas se oye galopar, no es aprisio- 

103 



R l^ B EN parí o 

nado por el encanto. En el instante del nacimiento de la 
aurora, lo que alcanza a divisarse en la selva es la silue- 
ta del emperador Barbarroja, que medita, apoyada la 
frente en las manos, 

Pero he aquí que nos ilumina el sol de Florencia. Des- 
pués de tanta niebla, halaga por una visión de claros ríos 
y de puentes pintorescos. 

El cielo es azul, y entre dos rimas y dos acordes musi- 
cales desfilan una marquesa enamorada y un envuelto 
capuchino. Moreas es un exquisito grabador de viñetas. 
Riega los madrigales y miniaturas, decora y viste sus per- 
sonajes sin que una falta de tocado turbe la exactitud de 
ese conocedor de todos los refinamientos. 

Las Asonancias son bosquejos de leyendas; pocas, pero 
admirables; cortas, pero conmovedoras. El Klepto sien- 
te volver a su memoria las narraciones de la infancia: 
Maryó tejiendo su lana, vencedora en su fidelidad; y, tal 
como se sabe en las narraciones de la isla de Candía, la 
mala madre que oye hablar al corazón desde el plato y 
que después sufre el castigo de sus crímenes. En esta 
sección nos deleita el errante perfume de la fábula, las 
ingenuas repeticiones de versos y de palabras de los poe- 
mas primitivos, los metros apropiados a la música de las 
danzas; y nuestro asonante español, aplicado en estrofas 
cortas, y en argumentos donde aparece algún héroe de 
gesta o alguna princesa de tradición, en sangrientos su- 
cesos de antiguos adulterios y de incestos inmemoriales. 
Poesía de leyenda y de romancero; damas del tiempo de 
Amadís; armaduras que se entrechocan en la sombra me- 
dioeval. 

En cuanto el poeta dirige las riendas de Pegaso a la re- 
gión de los conceptos puros, nos sentimos envueltos en 
una sombra absolutamente alemana. Su metafísica ador- 
mece. Subimos a alturas inaccesibles, rodeadas de obscu- 
ridad. Felizmente, pronto entramos al reino encantado de 
las ficciones portentosas. Raimondin corre a nuestra 
vista, en su cabalgadura, y la celeste claridad le envuelve 
en su sutil polvo de plata. Los castillos del tenebroso en- 
cantamiento se deshacen, y la Entelequia, desnuda, res- 
104 



L O S_ R A R O S 

plindece al amor de la luz del día. No es sino en una 
fuga crepuscular donde se esfuma la vieja de Berkeley, 
el enano Fidogolain, "que, ni muy loco ni muy vulgar, 
sabía cantar baladas", y la Muerte, la Thanatos cabalgan- 
te, que exige para el contorno de su esqueleto el lápiz 
visionario de Alberto Durero. 

Refiriéndose a la concepción que de la dignidad de su 
arte han tenido dos ilustres prerrafaelisías ingleses - casi 
huelga nombrarlos: Rossetti y Burne Jones- dice un es- 
critor británico que la desventaja única de la elevación 
aristocrática de su ideal es la de ser incomprensible, ex- 
cepto para unos pocos. Algo semejante puede afirmarse 
de la obra de Morcas. 

Tal como los ritos musicales de Beyruth, Meca de los 
Mragneristas, o como las excelencias delicadas del arte 
pictórico de los primitivos, las poesías del autor del Pe- 
lerin Passioné necesitan para ser apreciadas en su verda- 
dero valor de cierto esfuerzo de intelecto y de cierta ini- 
ciación estética. Aiitant en emporle le vent í\ié escrito 
de 1886 a 1887. Es en ese librito donde se encuentran las 
que se podrían llamar primeras manifestacionea cuatro- 
centistas de Morcas. Madeleine, Agnes, Enone, son en- 
cantadoras figuras del siglo decimoquinto; sus facciones 
exigen la humana sencillez y al propio tiempo la mila- 
grosa expresión de un Botticelli. La Edad Media es para 
nuestro poeta, como para Dante Gabriel Rossetti, fami- 
liar y amada, y los sujetos que ella le sugiere son plausi- 
blemente idealizados, sin una tacha anacrónica, sin una 
falta o debilidad en la idea íntima ni en la ornamentación 
exterior. 

El espíritu vuela a los tiempos de la caballería. Leyen- 
do los poemas medioevales de Morcas se comprende el 
valor del conocido verso de Verlaine: 

... le Moyen Age enorme et délicat ... 

El poeta vive la vida de los príncipes enamorados, de 
los guerreros galantes. Los lugares que se presentan a 
nuestra vista son los viejos castillos tradicionales y poé- 

105 



R U_^ EN DARÍO 

ticos; o alguna decoración que aparece como por virtud 
de un ensalmo, o del movimiento de la mano de una 
hada. Las parejas llenas de amor cortan flores en fan- 
tásticos parques. Tras un rosal se alcanza a ver de cuan- 
do en cuando, ya la joroba de un bufón, ya la cola irisa- 
da de un pavo rea!. Agnes es una deliciosa y extraña 
sinfonía. Las estrofas están construidas de mano maes- 
tra, y el alma atenta del artista se siente acariciada por 
la repetición de un suave "leit-motiv". 

La poética de Moreas está definida en estas cortas pa- 
labras del maestro Mallarmé: 

"Une euphonie fragmentée, selon l'assentiment du 
iecteur intuitif, avec uneingénue et précieuse justesse..." 

En resumen. Moreas posee un alma, abierta a la Belle- 
za coma la primavera al sol. Su Musa se adorna con ga- 
las de todos los tiempos, divina cosmopolita e incompa- 
rable políglota. La India y sus mitos le atraen, Grecia y 
su teogonia y su cielo de luz y de niárm.ol, y sobre todo, 
la edad más poética, la edad de los santos, de los miste- 
rios, de las justas, délos hechos sobrenaturales; la edad 
terrible y teológica; la edad de los pontífices omnipoten- 
tes y de los reyes de corona de hierro; la edad de Merlín 
y de Viviana, de Arturo y sus caballeros; la edad déla 
lira de Dante, la Edad Media. El nombre del "Pelerin 
Passionné" está tomado de Shakespeare. La colección 
de versos amorosos de Moreas no tiene con la del poeta 
inglés ningún punto de contacto, como no sea el pertene- 
cer ai mismo género, al erótico, y el empleo de variedad 
de metros y de caprichos rítmicos. Shakespeare usa des- 
de el verso que equivale en inglés a nuestro endecasílabo 
español: 

When my lüve swears that sheis made of truth, 

bástalos "trenos", imitados délos himnos latinos cris- 
tianos: 

Beauty truth and varity 
grare in an simplicty 
here enclosed in cinüers lie, 

106 



L O S RAROS 

Y Morcas, siguiendo las hi^ellas de Lafcntaine, ya 
aumentando o cortando a la moderna el númeio de síla- 
bas, ha logrado hacer de sus poemas, con una técnica 
delicada y fina, maravillas de harmonía; que, por supues- 
to, no han dejado de producir escándalo en la crítica 
oficial. 

La aparición del Pelerin fué saludada con un gran 
banquete que presidió Mallarraé y que fué un resonante 
triunfo. Fué la exaltación de la obra del joven luchador, 
que en aquellos instantes representaba el más bello de 
los sacerdocios: el del Arte. Eran ya conocidas esas 
creaciones y amables resurrecciones que atraviesan por 
la senda del Peregrino. Enone, la del claro rostro, que 
arrastra en el poema un rico manto constelado de rimas 
como piedras preciosas, en una g» adería de estrofas de 
pórfido, y del más blanco pentélico; el caballero Joé, me- 
ditabundo, que en revista mental, mira el coro de belda- 
des que guarda en su memoria, entre las cuales: Madame 
Emelos, la castellana de Hiverdum que se llamaba Ber- 
tranda, y Sancha que engañó al amante con tres capita- 
nes. Doulce, a su vez, es una princesa de cuento azul. 

En el Pelerin es donde florece de orgullo el laurel 
heleno-galo. Sin temor a la edad contemporánea, se pro- 
clama Moreas tal como se juzga. Alaba el arte que in- 
venta. Mantenedor del renombre griego, de la tradición 
latina, no vacila en llevar consigo, junto a la lira de Pín- 
daro, la lanza de Aquiles; y no hay sino inclinarse ante 
el orgullo de sus carteles y el esplendor de sus trofeos. 
Sus alegorías pastorales son un escogido ramillete ecló- 
gico, con más de una perla que no sería indigna del joye- 
ro de la Antología. Y para concluir: si escuchamos un 
clamor de trompas, y percibimos una b.sndeia agitada por 
un fuerte brazo, es que la campaña Romanista ha sido 
empezada. ¡A otros las nieblas hiperbóreas y los dieses 
de los bárbaros! El jefe que llega es nuestro bravo caba- 
llero; la diosa de azules ojos que le cubre con su égida 
es Minerva; la misma que protegerá al editor Vanier — se- 
gún sus editados —y le hará ganar tanto dinero como 
Lemerre; y el abanderado, que viene cerca del jefe, hen- 

107 



R V_ B^ E^ i^ DARÍO 

chido de entusiasmo, es el caballero Mauricio Du Plessis, 
lugarteniente de la falange, y cuyo Primer libro pastoral 
es su mejor hoja de servicios. 

Morcas confía en su completa victoria. Nuevo Ron- 
sard, tiene por Casandra una beldad galo-greca. Y él 
confía en que gracias a sus ritos 

Sur de nouvelles fleurs, les abeilles de Gréce 
Butineront un miel franjáis. 

Y con Racine exclama: 

Je me suis applaudi, quand je me suis connu... 

Así vive en París, indiferente a todo, desdeñando es- 
cribir ea los diarios, enemigo del reportaje; en una exis- 
tencia independiente, gracias a su íarailia^ "reconciliada 
ya con las rimas", como dice Mendés; ignorando que 
existen Monsieur Carnot, el sistema parlamentario y el 
socialismo. No ha parido hembra humana un poeta más 
poeta... 




108 




"í^ 



Rachilde 




RACHILDE 



Toux ceux qu¡ aiment le rare, l'exa- 
minent avec inquiétude. 

Maurice Barres. 




RATO de una mujer extraña y escabrosa, de 
un espíritu único esfíngicamente solita- 
rio en este tiempo finisecular; de un "caso" 
curiosísimo y turbador, de la escritora que 
ha publicado todas sus obras con este 
pseudónimo, Rachilde; satánica flor de de- 
cadencia picantemente períuraada, misteriosa y hechiceja 
y mala como un pecado. 

Hace algunos arios publicóse en Bélgica una novela 
que llamó la atención grandemente, y que según se dijo 
había sido condenada por la justicia. No se trataba de 
uno de esos libros hipománicos que hicieron célebre al 
editor Kistemaekers, en los buenos tiempos del natura- 
lismo; tampoco de esas cajas de bombones afrodisíacos a 
lo Mendés, llenas de cintas, aromas y flores de tocador. Se 
trataba de un libro de demonómana, de un libro impreg- 
nado de una desconocida u olvidada lujuria, libro cuyo 

111 



RUBÉN par í O 

fondo no había sospechado en los manuales de los con- 
fesores: una obra complicada y refinada, triple e insigne 
esencia de perversidad. Libro sin antecedentes, pues a su 
lado arden completamente aparte los carbones encendi- 
dos y sangrientos del "divino marqués", y forman grupo 
separado las colecciones prisioneras y ocultas en el "in- 
ferí" de las bibliotecas. Este libro se titulaba Monsieur 
Venus, el más conocido de una serie en que desfilan las 
creaciones más raras y equívocas de un cerebro maligna- 
mente femenino y peregrinamente infame. 

Y era una mujer el autor de aquel libro, una dulce y 
adorable virgen, de diez y nueve años, que apareció a los 
ojos de Jean Lorrain, que fué a visitarla, corno un ser ex- 
traño y pálido, "pero de una palidez de colegiala estudio- 
sa, una verdadera "jeune filie", un poco delgada, un poco 
débil, de manos inquietantes de pequenez, de perfil grave 
de efebo griego, o de joven francés enamorado... y ojos — 
¡oh, los ojos! — grandes, grandes, cargados de pestañas 
inverosímiles, y de una claridad de agua, ojos que igno- 
ran todo, a punto de creer que Rachilde no ve con esos 
ojos, sino que tiene otros detrás de la cabeza para bus- 
car y descubrir los pimientos rabiosos con que realza sus 
obras". 

Esa mujer, esa colegiala virginal, esa niña era la sem- 
bradora de mandragoras, la cultivadora de venenosas 
orquídeas, la juglaresa decadente, amansadora de víbo- 
ras y encantadora de cantáridas, la escritora ante cuyos 
libros, tiempos más tarde, se asombrarán, como en una 
increíble alucinación, los buscadores de documentos que 
escriban la historia moral de nuestro siglo. Los pintores 
potentes, dice Barbey d'Aurevilly, pueden pintarlo todo, 
y su pintura es siempre bastante moral cuando es trágica 
y da el horror de las cosas que manifiesta. No hay de in- 
moral sino los Impasibles y los Mofadores. 

Rachilde no es impasible: ¡qué iba a serlo ese cru- 
jiente cordaje de neivios agitados por una continua y 
contagiosa vibración!— ni es mofadora: no cabe ningu- 
na risa en esas profundidades obscuras del Pecado ni 
ante las lamentables deformaciones y casos de teratolo- 

112 



LOS RAR O S 

gía psíquica que nos presenta la primera inmoralista de 
todas las épocas. 

Imaginaos el dulce y puro sueño de una virgen, lleno 
de blandura, de delicadeza, de suavidad, una fiesta euca- 
rística, una pascua de lirios — y de cisnes. Entonces un 
diablo— Behemot quizá — , el mismo de Tamar, el mismo 
de Halagabal, el mismo de las posesas de Lodun, el mis- 
mo de Sade, el mismo de las misas negras, aparece. Y en 
aquel sueño casto y blanco hace brotar la roja flora de 
las aberraciones sexuales, los extractos y aromas que 
atraen a íncubos y súcubos, las visiones locas de incóg- 
nitos y desoladores vicios, los besos ponzoñosos y em- 
brujados, el crepúsculo misterioso en que se juntan y con- 
funden el amor, el dolor y la muerte. 

La virgen, tentada o poseída por el Maligno, escribe las 
visiones de sus sueños. De ahí esos libros que deberían 
leer tan solamente los sacerdotes, los médicos y los psi- 
cólogos. 

Maurice Barres coloca Mousicur Venus, por ejemplo, 
al lado de Adolphe, de MI le. de Mauptn, de Crime 
d^Amour, obras en que se han estudiado algunos fenó- 
menos raros de la sensibilidad amorosa. Mas Rachilde 
no tiene, bien mirado, antecesores ~a no ser la Jusíina — 
o ciertos libros antiguos cuyos nombres apenas osan es- 
cribir los bibliófilos del amor, o del Libido, como el in- 
glés que anima D'Anunnzio en su Piacere. Apenas po- 
drían citarse a propósito de las obras de Rachilde, pero 
colocándolas bastante lejanamente, algunas pequeñas no- 
velas de Balzac, la Religiosa de Diderot, y en lo contem- 
poráneo, Zo Har, de Mendés. Un compañero tiene, sin 
embargo, Rachilde, pero es un pintor, un aguafuertista, 
no un escritor: Felicien Rops. Los que conozcan la obra 
secreta de Rops, tan bien estudiada por Huysmans, verán 
que es justa la afirmación. 

El mayor de los atractivos que tienen las obras de Ra- 
childe está basado en la curiosidad patológica del lector, 
en que se ve la parte autobiográfica, en que se presenta 
al que observa, sin velos ni ambages, el alma de una mu- 
jer, de una joven finisecular con todas las complicaciones 



R UBÉN D A R I O 

que el "mal del aiglo" ha puesto en ella. Barres se pre- 
gunta: ¿Por qué misterio Rachilde ha alzado delante de 
sí a Raoule de Véiierande y Jacques Silvert? ¿Cómo de 
esta niña de sana educación han saüdo esas creaciones 
equívocas? Es en verdad el problema atrayente y curioso. 
No hay sino pensar en lejanas influencias, en la fuerza de 
ondas atávicas que han puesto en este delicado ser la 
perversidad de muchas generaciones; en el despertamien- 
to, descubrimiento o invención de pecados antiguos, com- 
pletamente olvidados y borrados del haz de la tierra por 
las aguas y los fuegos de los cielos castigadores. 

Exponiendo los títulos de sus obras, puede entreverse 
algo de las infernales pedrerías de la anticristesa: Mon- 
sieur de la Nouveauté, La femme dii igg°, Monsieur Ve- 
nus, Gueue de poisson, Histoires bétes, Nono, La virginiié 
de Diane, La voix du sang, A mort. La Marquise de 
Sade, Le tiroir de Mimi-Corail. Madame Adonis, Vhom- 
me roiix, La sanglante ironie, Le Mordu, L'animale: pare- 
ce que se miraran nudos de brillantes y coloreados ás- 
pides, frutos bellos, rojos y venenosos, confituras enlo- 
quecedoras, ásperas pimientas, vedados jengibres. En- 
trar en detalles no podría, a menos que lo hiciese en la- 
tín, y quizás mejor en griego, pues en latín habría dema- 
siada transparencia, y los misterios eleusíacos no eran 
por cierto para ser expuestos a la luz del sol. 

Los tipos de sus obras son todos excepcionales. 

Su libro Sangrienta iroína, por ejemplo, presenta, 
como todos los otros suyos, a un desequilibrado, un "dé- 
traqué". Se trata de un joven que ha asesinado a su que- 
rida en un momento de alucinación. Prisionero, cuenta 
y explica por qué sucesión de causas ha llegado a come- 
ter aquel acto. La figura de Sylvain d'Hauterac, el des- 
equilibrado, es una de las mejores creaciones de Rachil- 
de, pero la crítica le ha señalado como inverosímil. Ello 
no quita que la obra sea de una vida intensa, y de un 
análisis psicológico admirable. 

Ha escrito un drama simbolista titulado Madame la 
Mort. La acción se circunscribe a una lucha desesperada 
del protagonista entre la muerte y la vida. A propósito: 

114 



B O S RAROS 

¡qué dibujo macabro el de Paul Gauguin; dibujo que sim- 
boliza a Madama la Muerte! 

Un fantasma espectral en un fondo obscuro de tinieblas. 
Se advierte la anatomía de la figura; un gran cráneo; el 
espectro tiene una mano llevada a la frente, una mano 
laiga, desproporcionada, delgada, de esqueleto; se miran 
claramente los huesos de las mandíbulas; los ojos están 
hundidos en las cuencas. 

El artista visionario ha evocado las manifestaciones 
de ciertas pesadillas, en que se contemplan cadáveres 
ambulantes, que se acercan a la víctima, la tocan, la 
estrechan, y en el horrible sueño, se siente como si se 
apreté se una carne de cera, y se respirase el conocido y 
espantoso olor de la cadaverina... 

La novela Monsieur Venus es un producto incúbico. 
Jacques Silvert es el Sporus de la cruelmente apasionada 
cesarina; un Sporus vulgar de ojos de cordero; bestia, 
sonriente, pasivo. Raoule de Vénerande, una especie de 
mádemoiselle Des Esseints, se enamora de ese primor 
porcino; se enamora, aplicando a su manera el soneto <ie 
Shakespeare: 

A woman's face, with natures own 
hand painted... 

Raoule de Vénerande es de la familia de Nerón, y de 
aquel legendario y terrible Gilíes de Laval, sire de Rayes, 
que murió en la hoguera; según él, por causa de Suetonio. 
En cuanto al emasculado y detestable Jacques, ridículo 
Ganimedes de su amante vampirizada, es un curioso caso 
de clínica, cliente de KrafftEbing, de Moiie, de Gley. La 
androginia del florista la explica Aristófanes en el ban- 
quete de Platón. Krafft-Ebing le colocaría entre los casos 
que llama de "eviratio, o transmutatio sexus paranoia". 

El Sar Peladán en su etopea ha abordado temas peli- 
grosos, con su irremediable tendencia a idealizar el 
androginismo. Barbey también penetró en algunos obs- 
curos problemas; mas ni el autor de las Diabólicas, ni el 
Mago y caballero Rosa Cruz, han logrado como Rachilde 

11^ 



RUBÉN par í O 

poseer el secreto de la Serpiente. Ella dice a nuestros 
oídos 

... des mots si specieux tout bas 
que notre ame depuis ce temps tremble et s'étonne. 

Una mujer, una joven delicada, intelectual, cerebral, os 
descubre los secretos terribles: he ahí el mayor de los 
halagos, el más tentador de los llamamientos. Y advertid 
que penetramos en un terreno dificilísimo y desconocido, 
antinatural, prohibido, peligroso. 

Hay un retrato de Rachilde, a los veinticinco años. De 
perfil; desnudo el cuello, hasta el nacimiento del seno; el 
cabello enrollado hacia la nuca, como una negra culebra; 
sobre la frente, recortado, según la moda pasada, recor- 
tado y cubriendo toda la frente; la mirada, ¡qué mirada! 
mirada de ojos que dicen todo, y que saben todo; la nariz 
delicada y ligeramente judía; la boca... ¡oh, boca compa- 
ñera de los ojos! y en toda ella el enigma divino y terrible 
de la mujer: "Misterium". Sobre el pecho blanco, prendi- 
do con descuido, hay un ramillete de botones de rosas 
blancas. 

Sé de quien, estando en París, no quiso ser presentado 
a Rachilde, por no perder una ilusión más. Rachilde es 
hoy raadame Alfred Vallette; ha engordado un poco; no 
es la subyugadora enigmática del retrato de veinticinco 
años, aquella adorable y temible ahijada de Lilith. 

Casada con Alfred Vallette, es hoy "mujer de su casa", 
mas no deja de producir hijos intelectuales. Hace nove- 
las, cuentos, críticas. 

Tiene Rachilde un vivo sentido crítico; descubre en la 
obra que analiza las faces más ocultas, con su hábil 
y rápida perspicacia de mujer. En la revista que dirige 
Vallette, suele escribir ella, ya un compte rendu teatral, ya 
una vibrante exposición de un libro nuevo; critica con la 
firmeza de una ilustración maciza, y con la admirable 
visión de su raro talento. Tiene palabras especiales que 
os descubren siempre algo ignorado y "sobrentendido** 
de una sutileza y malicia que inquietan. 



LOS RAROS 

Es profundamente artista. Oíd este grito: "lOh, son 
necesarios, ésos, los convencidos de nacimiento, para 
que se enmiende o reviente la Bestia Burguesa, cuya 
grasa rezumante concluye por untarnos a lodos! 

„Obra de odio y obra de amor deben unirse delante 
del enemigo maldito: la humanidad indiferente." 

Veamos algunas de sus ideas, al vuelo. "El verso 
libre- dice a propósito de un libro de su amiga María 
Krysinska — es un encantador "non sens", es un tartamu- 
deo delicioso y barroco que conviene maravillosamente 
a las mujeres poetas, cuya pureza instintiva es a menudo 
sinónimo de genio. No veo ningún inconveniente en que 
una mujer lleve la versificación hasta su última licencia!" 

En el prólogo de su teatro hállase esta franca declara- 
ción: "Moi, je ne connais pas mon école, je n'ai pas 
d'esthétique." 

Según charles Froment, en nuestra época no se tiene 
en absoluto la noción de lo bello. Rachilde escribe su 
Vendeur de Soleil, pieza dramática que se ha presentado 
casi en toda Europa con éxito, para demostrar que los 
únicos que no han visto el sol son los románticos. ¿Y si 
buscando bien encontrásemos en la genealogía de Ra- 
childe sangre romántica?... Ella, ciertamente, ha empe - 
zado conversando con "Joseph Delorme", y ha bebido en 
el mism.o vaso que Baudelaire, el Baudelaire de las poe- 
sías condenadas: Le Léíhe, Les metamorphoses du Vant- 
pirer, Lesbos... y que escribió un día en sus Fusées: 
"Moi, je dis: la volupté unique et supréme de l'amour git 
dans la certitude de faire le mal. Et l'homme et la femme 
savent, de naissance, que dans le mal se trouve toute 
volupté." 

En nuestros días, dice Rachilde, hay instigadores de 
ideas — como antes "meneurs de loups" — pues en nues- 
tra época llamada moderna, mil veces más siniestra 
que la sangrienta Edad Media, son precisas apariciones 
mil veces más flagelantes; y esos "meneurs" conduciendo 
sus ideas carniceras a los asesinatos de las viejas teorías, 
de los viejos principios, abriendo locamente los ojos del 
espíritu, son también los precursores del Ángel! ¡Bien 

117 



R U B E N DARÍO 

locas las gentes que no comprenden que los tiempos 
están próximos, porque los azuzadores de ideas se suce 
dea con una asombrosa rapidez sobre el sombrío hori- 
zonte! 

Así, ¿no tengo razón en llamar a Rachilde madama la 
Anticristesa? Ella comprende, ella sabe, y ella es también 
un Signo. ¡Qué página escribiría el profético Bloy sobre 
las anunciaciones del Juicio! 

;Cómo dar una muestra de lo que escribe Rachilde, sin 
grave riesgo...? Felizmente, encuentro una paginita magis- 
tral, inocente y hasta santa, que escribió con el título: 
"Imagen de Piedad." 

Es la que sigue: 

"Era de aquellos que no conocen ni el reposo ni las 
fie&tas, el pobre buen hombre viejo. Llevaba al dueño de 
su pequeño cortijo la entrega del mes de Agosto: el me- 
dio saco de trigo molido, tres pares de polios, cuyos 
huesos sobresah'an bajo las plumas erizadas, y un poco 
de manteca. Sus hijos, desembarazándose del servicio 
para ir a los oficios, le habían puesto la brida del asno 
en el puño^ del viejo asno casi tan enfermo como él, y 
"Huel Papá! Conduisez droit notre Maitin...i" 

En momentos en que él llegaba a la orilla, recibió en 
plena frente como un deslumbramiento, una visión del 
paraíso, y permaneció allí estúpidamente plantado, en 
una admiración respetuosa; el asno reculó, afirmándose 
sobre sus jarretes: era la procesión que se desenvolvía, 
con sus grandes muselinas talares, sus banderas llenas 
de reflejos, sus cordones floridos, con sus ángeles, niños 
y niñas, "tout en neuf"; inflando sus mejillas bajo sus 
coronas de rosas. Después el sacerdote, vestido de im 
inmenso manto de oro, levantando al buen Dios, pálido, a 
través de una custodia de fuego... 

Los joveacitos y las jovencitas se codearon y querían 
reventar de risa; ciertamente, no se desarreglaría ese 
bello orden de cosas por un viejo hombre acompañado 
de un asno viejo. Y toda la procesión rozó a esos dos 
seres ridículos con el extremo de sus suntuosas vestidu- 
ras de reina. 

118 



LOS RAROS 

El viejo tuvo conciencia de su indignidad, se puso de 
rodillas, se quitó su gran sombrero. El asno bajó las ore- 
jas lamentablemente, sus orejas demasiado largas, roldas 
de úlceras y cubiertas de moscas. De la alforja de la iz- 
quierda, las cabezas asustadas de los volátiles salieron 
abriendo el pico, tendiendo la lengua puntiaguda, muer- 
tos de sed, pues hacía un calor espantable, un pleno sol 
que devoraba el piadoso grupo con sus dientes de brasa. 
El campesino se apoyaba en el animal y el animal en el 
campesino, sudando uno y otro, los flancos palpitantes, 
no osando ni uno ni otro mirar esas magnificencias que 
caían del cielo con llamas. La procesión, con su paso 
lento, ceremonioso, de gran dama, se acercaba al próxi- 
mo altar de Corpus; eso no concluía; siempre filas nuevas 
de mujeres endomingadas, nuevas filas de los señores 
notables; no volvería el viejo de su asombro de haber 
visto una tan enorme muchedumbre de cristianos bien 
puestos. En fin, llegó el momento en que pasaron los 
cojos, los enfermos, las madres llevando los niños de 
pecho, los mal vestidos, la vergüenza de la parroquia: 
"Menoux", el de las muletas, que tomaba rapé cada diez 
pasos; Ragotte, la bociosa, que tenía la manía de plantar 
su enfermedad sobre un vestido de cachemir verde. 

Entonces, nuestro viejo se levantó vacilante sobre sus 
piernas doloridas, conmovido; levantó al asno por la 
rienda, siguió... No sabía ya lo que hacía, pero se sentía 
a su vez tirado, como su asno, por una cuerda invisible, 
un hilo de oro salido de los rayos de la custodia, que co- 
rría a lo largo de las guirnaldas de flores y llegaba a su 
frente de viejo encaprichado, bajo la forma lancinante de 
una flecha de sol. Muy chico, antes ([oh!, en la mañana 
de los tiempos), ha seguido al sacerdote con vestidos 
purpúreos, arrojando hojas de rosa entre los humos del 
incienso, y había tenido gozos de orgullo; más grande, 
se había colocado tras las mozas risueñas, intentando en 
veces distraerlas de su rosario; había tenido las mismas 
altiveces inexplicables, los mismos fuertes latidos de co- 
razón, confundiendo el brillo de las piedras preciosas, de 
las casullas, con la dulce cintilación de los ojos de **Ma- 

119 



RUBÉN DARÍO 

rión", su prometida... y después, no se acordaba mucho; 
los años corrían todos iguales, como las tocas blancas, 
como las alas palpitantes de todas esas cabezas de mu- 
jeres piadosas, perdiéndose sobre las azules lejanías del 
cielo... No se acordaba más; seguía, sin embargo, siempre 
el último, el menos digno, tirando de su asno con mano 
obstinada, olvidando hasta el objeto de su viaje. Y "Mar- 
tín", dócilmente, ritmaba su marcha con el coro del cán- 
tico; los pollos, fuera de la alforja, inclinaban la cresta, 
con aire de resignarse, pues se iba al paso... 

Había quienes se volvían a menudo entre la fila de 
fieles escandalizados. Se le enviaban muchachos para 
decirle que se volviese... o que dejase su asno. ¡Qué cola 
de procesión la de Martín! Circulaban risas de mucha- 
chas, con susurros de abejones; y solamente el señor 
cura no quería darse cuenta de nada, aparentando no en- 
tender lo que venía a murmurarle su sacristán al presen- 
tarle el incensario. 

La procesión, después de las paradas de uso, se entró 
bajo el pórtico de la iglesia. El viejo se encontró solo, en 
medio de una playa desierta. Entrar con "Martín" no era 
casi posible. Abandonar a "Martín", los pollos, la mante- 
ca, la montura, ni pensarlo quería. Y no tendría él su 
parte de la gran bendición, de aquella que inclinada a los 
fieles, cargados de pecados, sobre las baldosas, como las 
espigas maduras bajo el vencedor relám.pago de la hoz... 
Lanzando un profundo suspiro, el pobre viejo se signó, 
descubierta su frente, una última vez, ante la ojiva som- 
bría del pórtico. Mas he aquí que, bruscamente, brota de 
esa obscuridad temible una extraordinaria aparición: del 
fondo de la iglesia, el cura llevaba la custodia; sí, el cura 
asombrando a sus feligreses endomingados, el cura con 
su casulla luminosa, aureolado de estrellas, de cirios, 
nimbado de las nubes del incienso... y el sacerdote, con 
una mirada de extraña dulzura, pronuncia las palabras 
sagradas, mientras que resplandece, más fulgurante aún, 
la custodia de allá arriba, el sol, sobre el humilde viejo 
que lloraba de alegría, sobre el triste "Martín", cuyas ore- 
jas ulceradas pendían, ¡ay, tan lastimosamente...!" 

120 



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Esa página de Rachilde da a conocer el fondo de amor 
y de dulzura que hay en el corazón de la terrible Deca- 
dente. Rachilde, la Perversa, habría sido disputada entre 
Dios y el diablo, según Luis Dumur. ¿Qué casuista, qué 
teólogo podría demostrarme la victoria de Satanás en 
este caso? Rachilde se salvaría, siquiera fuese por la in- 
tercesión del viejo campesino y por la apoteosis de "Mar- 
tín", el cual también rogaría por ella... ¿No se salvó el 
Sultán del poema de Hugo por la súplica del cerdo? 




121 







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GEORGE D'ESPARBÉS 




OMo el hecho no demuestra sino la oportuni- 
dad de una ocurrencia de poeta, que en todo 
caso no merece sino aplausos, y como me 
fué narrado delante de Jean Carrere, que 
aprobaba con su sonrisa, no creo ser indis- 
creto al comenzar estas líneas contando la 
historia de un telegrama de Atenas, leído en el reciente 
banquete de Víctor Hugo y firmado George d'Esparbés, 
telegrama que reprodujo toda la prensa de París. 

Jean Carrere, en unión de otros jóvenes brillantes y 
entusiastas, literatos, poetas, quisieron manifestar que no 
era cierta la fea calumnia levantada contra la juventud 
literaria de Francia, que ha sido tachada de irrespetuosa 
para con Víctor Hugo. 

Para ello, y con motivo de la nueva publicación de 
Touie ¡a Lyre, organizaron un banquete que tuvo la co- 
rrespondiente resonancia; un banquete que pudiérase 
llamar de desagravio. 

Fueron ágapes a que asistió gran parte del París lite- 
rario — viejos románticos, parnasianos y escuelas nuevas, 

123 



RUBÉN par í O 

y de las que brotó, maldita flor de discordia-^a pistola, 
treinta pasos, sin resultado — un duelo entre Catulle Men- 
dés y Jules Bois, quienes no hace mucho tiempo eran ex- 
celentes amigos. Fué la fiesta una deuda pagada, una 
ceremonia cumplida con el dios, y la cual, con gran pom- 
pa, y por contribución internacional, debería realizarse 
anualmente. Esta es una idea poético-gastronómica que 
dejo a la disposición de los hugólatras. 

En la mesa, cuando el espíritu lírico y el champaña 
hacían sentir en el ambiente un perfume de real mirra y 
de glorioso incienso, en medio de los vibrantes y ardien- 
tes discursos en honor de aquel que ya no está, corpo- 
ralmente, entre los poetas, después de los brindis de los 
maestros, y de los versos leídos por Carrere y Mendés, se 
pronunció por allí el nombre de George d'Esparbés. 
D'Esparbés no estaba en el banquete, él, que ama la glo- 
ria del Padre, y que como él ha cantado, en una prosa 
llena de soberbia y de harmonía, los hechos del «cabito», 
la epopeya de Napoleón. Jean Carrere, el soberbio rima- 
dor, se levanta y ausenta por unos segundos. Luego, 
vuelve triunfante, mostrando en sus manos un despacho 
telegráfico que acababa de recibir, un despacho firmado 
D'Esparbés. 

¿Pero dónde está ahora él? Nadie lo sabe. Está en 
Atenas, dice Carrere. Y lee el telegrama, una corona de 
flores griegas que desde el Acrópolis envía el fervoroso 
escritor a la mesa en que se celebra el triunfo eterno de 
Hugo. Pocas palabras, que son acogidas con un explosión 
de palmas y vivas. Nadie estaba en el secreto. Cuando 
aparezca D'Esparbés no hay duda de que «reconocerá» 
su telegrama. 

Y ahora hablemos de esa portentosa Leyenda del Águi- 
la napoleónica. 

La Leyenda del Águila es un poema, con la adverten- 
cia de que D'Esparbés canta en cuentos. La epopeya es 
toda una, mas cada cuento está animado per su llama 
propia, en que el lirismo y la más llana realidad se con- 
funden. 

No hace falta el verso, pues en esta prosa marcial cada 

124 



LOS R A R O S 

frase es un toque de música guerrera, las palabras suenan 
sus fanfarrias de clarines, hacen rodar en el ambiente sus 
redobles de tambores, son a veces un cántico, un trueno, 
un lay!, un omnisonante clamor de victoria. 

También el final es triste, al doble sonoro y doloroso 
de las campanas que tocan por la caída del imperio. Na- 
poleón no aparece aumentado, no es un Napoleón mítico 
y de fantasía; antes bien, algunas veces como que el poe- 
ta se complace en achicar más su tan conocida pequeña 
estatura. 

Pensaríase en ocasiones un joven Aquiles comandando 
un ejército de cíclopes, guiando a la campaña batallones 
de gigantes. Porque si emplea el lente épico D'Esparbés, 
es cuando pinta las luchas, el decorado, el campamento, 
los soldados imperiales. Los soldados crecen a nuestra 
vista, aparecen enormes, sobrehumanos, como si fuesen 
engendrados en mujeres por arcángeles o por demonios. 
Sus talantes se destacan orgullosa y heroicamente. Tie- 
nen formas homéricas, son verdaderos ^ndroleones; llega 
a creerse que al caer uno de ellos herido debe temblar 
alrededor la tierra, como en los exámetros de la Ilíada, 

Tal húsar es inmenso; tal granadero podría llamarse 
Amico o Polifemo; tal escuadrón de caballería podría en- 
trar en el versículo de un profeta, terrible y devastador 
como una «carga» de Isaías. Y en todo esto una sencillez 
serena y dominaiiora. Podría intercalarse en este libro^ 
sin que se notase diferencia en tono y fuerza, el episodio 
de Hugo en que vemos a Marius asomarse a la ventana y 
lanzar un ¡viva el emperadorl al viento y a la noche. 

D'Esparbés ha elegido para su obra el cuento, este 
género delicado y peligroso, que en los últimos tiempos 
ha tomado todos los rumbos y todos los vuelos. La pro- 
sa, animada hoy por los prestigios de un arte deslumbra- 
dor y exquisito, juntando los secretos, las bizarrías artís- 
ticas de los maestros antiguos o los virtuosísimos moder- 
nos, es para 61 un rico material con que pinta, esculpe, 
suena y maravilla. Batallista de primer orden, conciso, 
nervioso y sugestivo, supera en impresiones y sensacio- 
nes de guerra a Stendhal y a Tolstoy, y si existe actual- 



R U B E N DARÍO 

mente quien puede igaalarle — alguno diría superarle -en 
campo semejante, es un escritor de España: Pérez Gal- 
dós, el Pérez Galdós de los Episodios Nacionales. 

Desde que comienza el poema, con el cuento de los 
tres soldados, tres húsares altos como encinas, viene un 
potente soplo que posee, que arrebata la atención. Esta- 
mos enfrente de tres máquinas de carne de cañón, tres 
soldados rudos y musculosos como búfalos, tres grandes 
animales crinados del rebaño de leones del pastor Bona- 
parte. Porque es de ver cómo esos sangrientos luchado- 
res, esos fieros hombres del invencible ejército, hablan 
del «emperadorcito», del pequeño y real ídolo, como de 
un divino pastor, como de un David. Así cuando se pro- 
nuncia su nombre, las fauces bárbaras, los fulminantes 
ojazos, se suavizan con una dulce y cariñosa humedad. 
Son tres soldados que, después de la jornada de Jena, 
tienen, lo que es muy natural en un soldado después de 
una batalla, tienen hambre. 

Ingenuamente y <necesariamente» feroces, esos tres 
hombres degüellan a uno del enemigo con la mayor 
tranquilidad, pero sufren y se inquietan cuando sus ca- 
ballos no comen. 

Por eso cuando hallan un cura que les hospeda, en 
Saalfeld, del lado de Erfurth, y les da buena vianda y 
buen pan, lo que está conforme con la lógica militar es 
que sus tres cabalgaduras, también hambrientas, entren a 
comer en los mismos platos de ellos, espantando a la 
criada, y haciendo que el sacerdote medite, y vea el alma 
de esos hombres; y no se extrañe. Es uno de los mejores 
cuentos del poema. No resisto a citar una frase. 

Los soldados comen como desesperados de apetito. El 
cura les contempla, meditabundo y sacerdotal. De cuando 
en cuando les hace preguntas. Ha tiempo que están en 
armas. Desde jóvenes han oído las trompetas de las cam- 
pañas. No saben de nada más. Y sobre todo, Napoleón 
se alza delante de ellos semejante a una inmortal divini- 
dad. El cura dice a uno: 

"—Y vos, hijo mío, ¿creéis en Dios padre todopode- 
roso?" 

126 



LOS RAROS 

El soldado no comprende bien. Piensa: "Dios padre... 
Dios hijo... Dios..." 

*- ]Y bien! - grita de repente. 

" — ¡Todo eso...! ¡eso es la familia del Emperadorl" 

Después surge a nuestra vista un colosal tambor mayor 
del ejército de Italia, "alto como una torre y tierno como 
un saco de pan". Su nombre es un verdadero nombre de 
gigante, más hermoso y tremendo que el de Cristóbal, o 
el de Fierabrás, o el de Goliat; se llama Rougeot de Sa- 
landrouse. Un gallardo bruto, que cuando reía, "il mon- 
trait comme les bétes une épaisse gueule de chair rouge 
qui semblait saigner". 

Este bello monstruo que gustaba de las viejas historias 
de guerra y de las sublimes mitologías, amaba sobre todo 
la harmonía musical, las cornetas, los parches del com- 
bate. Bonaparte le nombró subteniente, teniente y capi- 
tán; después de lo de Areola, después de lo de Man- 
tua, después de lo de Trebia. Pero el hijo de Apolo 
cifraba su ambición en las pompas radiantes, en los 
compases, en el bastón que guiaba a los tambores: quería 
ser tambor mayor. Lo fué después de mucho pedirlo al 
emperador; y el titánico testarudo saludó con su admira- 
ble uniforme y sus vanidosos gestos el triunfal sol de 
Austerlitz. Le vio Lannes desde su caballo, le vio Soult, 
le vio Bernadotte, le vio el insigne caballero Murat: y 
junto con Berthier y Janot, le vio, sonriendo, el "petit 
caporal", príncipe y dueño del Águila. Y cuando llega la 
áspera brega, en medio de los choques, de la confusión 
sangrienta y de la muerte, la figura de Salandrouse, 
guiando sus tambores, adquiere proporciones legen- 
darias. 

Herido, soberbio, incomparable, hace que los parches 
no cesen de tocar un son de victoria; y hay que ir a 
arrancarle de su puesto, donde se yergue, maravilloso 
como un dios, al canto ronco y sordo de los pellejos 
cribados. 

El desdén de la muerte, el respeto de la consigna, 
el amor a la vida miUtar y, sobre todo, la adoración por 
el que ellos miran como favorecido de la omnipotencia 

127 



RUBÉN DARÍO 

divina — conquistador victorioso, señor del mundo, Napo- 
león—, forman el alma de estos épicos relatos. 

Ya es el conde subteniente que sufre sin gemir, y 
muere oyendo leer, cual si fuese un santo breviario, un 
libro de oro de la nobleza heroica; ya es el grupo de 
bravos rústicos que no sabían cargar los fusiles en medio 
de la más horrible carnicería, y que luego fueron conde- 
corados; ya son los rudos gascones que luchan como 
tigres y gritan como diablos; ya es la marcha que bate 
un tamborcito casi femenil, para que desfilen ante los 
ojos aquilinos de Bonaparte ciento veinticinco hombres, 
resto de los treinta y ocho mil de Elkingen, o la visión de 
los cascos coronados por penachos de cabellos de mujeres 
españolas; o "Le Kenneck", valiente y ñel, delante del 
rey de Prusia; o el águila del Imperio que sale, apretando 
el rayo con las garras, del vientre del caballo muerto; 
o esta orden trágica, casi macabra, dada en lo más duro 
de la batalla: "En avant, les cadavres...!"; o el capellán 
que parafrasea la Biblia al ruido de las descargas; o ese 
cuadro cuya sencilla magnificencia impone, asombra y 
encanta, cuando el Cabito tiene frío, y va a la tienda de 
la guardia inmortal, y duerme y se le hace lumbre con 
millones de oro, con Murillos, con Goyas, con portentos 
de Velázquez, con encajes de marquesas y abanicos de 
manólas; o el león de vida de gato que creía ser inmortal 
si no se le mataba con su sable; o el abandono de los ca- 
ballos, alas de los caballeros; o el oficial que condecora 
y el emperador que aprueba; o el fantasma del "shakó", 
que se alza para responder con bizarría y cae en la muer- 
te; o Duelos con sus charreteras, que condecora llorando 
a un viejo luchador, y cuando el emperador le pregunta: 
"Duelos, ¿conoces a ese hombre?", le contesta: "¡Señor, 
es mi padre!"; o el águila, el águila viva, que vuela y grita 
sobre el pabellón que marcha al Austria; o el fúnebre 
clamor del abismo; o, en fin, los cañones que doblan 
cuando ya el Grande ha caído, ¡lúgubres y fatales cam- 
panas del Imperio! 

¡Libro magistral; poema ardiente y magnífico! 

La mujer no aparece sino raras veces, y en los recuer- 

%^2' 



LOS RAROS 

dos de los héroes: las madres, las abuelas llenas de ca- 
nas, alguna esposa que está allá lejos! Donde brota un 
grupo de ellas^ como un coro de Esquilo, terribles, su- 
plicantes, gemidoras como mártires, coléricas como gor- 
gonas, es en el capítulo, en el cuento de las crines. A un 
gran número de las hijas de España, en su pueblo inva- 
dido, un coronel fantasista, jovial y plúmbeo, hace cortar 
las cabelleras para adornar los cascos de sus dragones. Y 
como una mujer, aullante de dolor como Hécuba, se pre- 
senta con sus espesos cabellos ya canosos, el coronel se 
los hace también cortar y los pone sobre su cabeza mar- 
cial, donde los hará agitarse el huracán de la guerra. Y 
otra mujer brilla como una estrella de virtud y de gran- 
deza, divina suicida, augusta delante de la muerte. Su- 
cumbe con su niño en el más sublime de los sacrificios; 
pero también quedan emponzoñados, rígidos y sin vida, 
en la casita pobre, ocho cosacos como ocho bestias fieras. 
¿Qué otra figura femenil? Hay una, envuelta en el mis- 
terio. Ella, la vaga, la anunciadora de las desgracias, la 
que se pasea silenciosa por los vivacs, haciendo malos 
signos; ella, solitaria como la Tristeza y triste como la 
Muerte. ¿Qué otra más? La Victoria, de real y soberano 
perfil, de cuello robusto y erectas mamas; creatriz de los 
lauros y de los himnos. 

Este libro es una obra de bien. El es fruto de un espí- 
ritu sano, de un poeta sanguíneo y fuerte; y Francia, la 
adorada Francia que ve brotar de su suelo — por causa de 
una decadencia tan lamentable como cierta, falta de fe y 
de entusiasmo, falta de ideales — ; que ve brotar tantas 
plantas enfermas, tanta adelfa, tanto cáñamo indiano, 
tanta adormidera, necesita de estos laureles verdes, de 
estas erguidas palmas. Libros como el de D'Esparbés re- 
cuerdan a los olvidadizos, a los flojos y a los epicúreos el 
camino de las altas empresas, la calle enguirnaldada de 
los triunfos. Y puesto que de Vogüe ha visto el feliz 
anuncio de un vuelo de cigüeñas, alce los ojos Francia 
y mire si ya también vuelve, sonora, lírica, inmensa, el 
Águila antigua de las garras de bronce . 

9 129 



^■.¿¿i ^ J's?*^' 




AUGUSTO DE ARMAS 




[ace algunos años un joven delicado, soñador, 
nervioso, que llevaba en su alma la irreme- 
diable y divina enfermedad de la poesía, lle- 
gó a París, como quien llega a un Oriente 
encantado. Dejaba su tierra de Cuba, en 
donde había nacido de familia hidalga. Te- 
nía por París una pasión nostálgica que tantos hemos 
sentido, en todos los cuatro puntos del mundo; esa pasión 
que hizo dejar a Heine su Alemania, a Morcas su Grecia, 
a Parodi su Italia, a Stuart Merril su Nueva York. Hijo 
espiritual de Francia y desde sus primeros años dedica- 
do al estudio de la lengua francesa, si llegó a escribir 
preciosos versos españoles, donde debía encontrar la ex- 
presión de su exquisito talento de artista, de su lirismo 
aristocrático y noble, fué en el teclado polífono y presti- 
gioso de Banville. 

¡Banville! Pocos días antes de morir aquel maestro 
maravilloso y encantador, recibió un libro de versos, en 
cuya portada se leía: "Augusto de Armas. — Rimes By- 

131 



E Tl_B^ 5_ J^_ _ ^ A^ R I O 

zantines.^ Leyó las rimas cinceladas de Armas, y enton- 
ces le escribió una carta llena de aliento y entusiasmo. 

Theodore de Banville había escrito, a propósito de 
Wagner, estas palabras: "Le vrai, le seul, l'irrémisible 
défaut de son armure c'est qu'il a fait des vers fran9ais. 
L'homme de génie, qui doit tout savoir, doit savoir entre 
autres choses, que nul étranger ne fera jamáis un vers 
frangais qui ait le sens commun. On t'en fricasse des 
filies comme nous! voilá ce que dit la Muse frangaise a 
quiconque n'est pas de ce pays ci, et lorsqu'elle disait 
cela en se mettant les poings sur les hanches, Henri Rei- 
ne, qui était un malin, l'a bien entendu." Ciertamente, le 
escribió el gran poeta a Augusto de Armas: — "He dicho 
eso, pero huélgome de confesar que vos sois la excepción 
de lo que afirmé." 

Basta leer una sola de las poesías del refinado bizanti- 
no de Cuba, para reconocer que fué con justicia armado 
caballero de la musa francesa al golpe de la espada de 
oro de Banville. ¿Quién ha cantado en más ricos hemisti- 
quios el oleaje sonoro de los alejandrinos? Como Car- 
ducci, que lleno del fuego de su estro entona su cántico 
"¡Ave o Rima...!"; como Sainte Beuve, que a manera de 
Ronsard celebra ese mismo encanto musical de la conso- 
nancia, Augusto de Armas, con el más elevado deleite, 
alaba la forma del verso francés en que se han escrito 
tantas obras maestras y tantos tesoros literarios; alaba el 
instrumento que ha hecho resonar desde el Poema de 
Alejandro hasta las colosales harmonías de La Leyenda 
de los siglos. 

Su libre es labrado cofrecillo bizantino, lleno de joyas. 
Su verso es flor de Francia; su espíritu era completamen- 
te galo. Ha sido uno de los pocos extranjeros que hayan 
podido sembrar sus rosas en suelo francés, bajo el in- 
menso roble de Víctor Hugo. El abate Marchena no sé 
que haya hecho en francés nada como su curiosidad latina 
del falso Petronio; Menéndez Pelayo, pasmo de sabiduría, 
según se dice en España, dudo que se acomodase a las 
exigencias de las musas de Galia; Longfellow dejó muy 
medianejos ensayos, como su juguete Ches Agassiz) 

132 



LOS RAR O S 

Swinburne, que como Menéndez Pelayo versifica admira- 
blemente en lenguas sabias, en sus versos franceses va 
como estrechado y sin la libertad y potencia de sus poe- 
sías en su lengua nativa. Lo mismo Dante Gabriel Ros- 
setti . 

Heine lo que escribió en francés fué prosa; lo propio 
Tourgueneff. Los casos que pueden citarse, semejantes 
al de Augusto de Armas, son el de su paisano José María 
de Heredia, que se ha colocado orgiiUosamente entre el 
esplendor de sus trofeos; el de Alejandro Parodi, que ha 
logrado hasta el laurel de las victorias teatrales; el de 
Jean Morcas, gran maestro de poesía; el de Stuart Merril, 
que sólo puede ser yanqui porque, como Poe, nació en ese 
país que Peladan tiene razón en llamar de Calibanes; el 
de Eduardo Cornelio Price, distinguido antillano; el de 
García Mansilla, poeta y diplomático argentino que escri- 
be envuelto en el perfume del jardín de Copee. Pero José 
María de Heredia llegó a París muy joven, y apenas si 
tiene de americano el color y la vida que en sus sonetos 
surgen, de nuestros ponientes sangrientos, nuestras fuer- 
tes cavias y nuestros calores tórridos. Heredia se ha 
educado en Francia; su lengua es la francesa más que la 
castellana, Parodi, por una prodigiosa asimilación, perte- 
nece al Parnaso francés; Morcas llegó de Atenas, históri- 
ca hermana de París; Stuart Merril, como Poe, brota de 
una tierra férrea, en un medio de materialidad y de cifra, 
y es un verdadero mirlo blanco; formando Poe, el pintor 
misterioso y él la trinidad azul de la nación del honora- 
ble presidente Washington; Price no pasa de lo mediano; 
y García Mansilla, me figuro que a pesar de sus precio- 
sas producciones y con todo y creerle dominador de la 
rima francesa y poeta y refinado artista, me figuro, digo, 
que debe ser un cultivador elegante de la poesía, un tro- 
vero gran señor que ritma y rima, para solaz de los salo- 
nes, versos que deben ser impresos en ediciones licas y 
celebrados por lindas bocas en las bellas veladas de la 
diplomacia. 

Augusto de Armas representaba una de las grandes 
manifestaciones de la unidad y de la fuerza del alma la« 

133 



R U B E N D A R IO 

tina, cuyo centro y foco es hoy la luminosa Francia. El, 
que había nacido animado por la fiebre santa del arte, 
llevó al suelo francés la representación de nuestras ener- 
gías espirituales, y Banville pudo reconocer que el laurel 
francés, honra y gloria de nuestra gran raza, podía tener 
quien regase su tronco con agua de fuente americana, y 
que un americano de sangre latina podía ceñirse una co- 
rona hecha de ramas cortadas en el divino bosque de 
Ronsard. 

¿Pero el soñador no sabía acaso que París, que es la 
cumbre, y el canto, y el lauro, y el triunfo de la aurora, 
es también el maelstrom y la gehenna? ¿No sabía que, se- 
mejante a la reina ardiente y cruel de la historia, da a 
gozar de su belleza a sus amantes y en seguida los hace 
arrojar en la sombra y en la muerte? ¡Pobre Augusto de 
Armas! Delicado como una mujer, sensitivo, iluso, vivía 
la vida parisiense de la lucha diaria, viendo a cada paso 
el rniraje de la victoria y no abandonado nunca de la 
bondadosa esperanza. Entre los grandes maestros en- 
contró consejos, cariño, amistad. Dios pague a Sully 
Prudhomme, al venerable Leconte de Lisie, a Mendés y 
a José María de Heredia, los momentos dichosos que po- 
dían dar al joven americano, alimentando su sueño, su 
noble ilusión de poeta. Y también a los que fueron gene- 
rosos y llevaron a la cama del hospital en que sufría el 
pálido bizantino de larga cabellera, el consuelo material y 
la eficaz ayuda. Entre éstos diré dos nombres para que 
ellos sean estimados por la juventud de América: es el 
uno Domingo Estrada, el brillante traductor de Poe, y el 
otro M. Aurelio Soto, ex presidente de la república de 
Honduras. 



134 




LAURENT. TAILHADE 




ARísiMO. Es, ni más ni menos, un poeta. Es- 
tas palabras que se han dicho respecto 
a él no pueden ser más exactas: «Es un 
supremo refinado que se entretiene con la 
vida como con un espectáculo eternamente 
imprevisto, sin más amor que el de la belle- 
za, sin más odio que a lo vulgar y lo mediocre.» 

Como poeta, como escritor, no ha tenido la notoriedad 
que sólo dan los éxitos de librería, los cuales desprecia 
el olímpico Jean Moreas, supongo que, fuera de la razón 
lírica, porque recibe una buena pensión de su familia de 
Atenas. Como hombre, raro es el que no conozca a 
Tailhade en el "quartier". 

Y a propósito: ¿recuerdan los lectores lo que aconteció 
a este otro poeta cuando el alboroto de los estudiantes, 
años ha? No le dieron sus versos, por cierto, la fama que 
los garrotazos y heridas que recibió. Poco más o menos 
sucede ahora con Laurent Tailhade. Sus libros, que antes 
solamente circulaban entre un público escogido y en edi- 
ciones de suscripción, es probable que tengan hoy si- 

135 



RUBÉN DAR I O 

quiera sea una pasajera boga; aunque su refinamiento y 
su aristocracia artística no serán ni podrían ser para el 
gran público de los indudablemente ilustres Tales y Cua- 
les. El cómo ve la vida Laurent Tailhade lo explica un 
caricaturista dé esta manera: "El poeta, vestido a la grie- 
ga, toca la lira admirando un hermoso caballo salvaje. 
Poseído del "deus", no advierte el peligro. Resultado: 
Orfeo recibe un par de coces que le echan fuera de la 
boca toda !a dentadura." 

Y Castelar a su vez, hablando de la explosión que tan 
maltrecho dejó al lírico: "Hallábase allí entre tantos ado- 
radores de la belleza divorciada del bien, un escritor 
anarquista, el amado Tailhade, quien dijo que importaba 
poco el crimen cometido por Vaillant, ante la hermosura 
de su actitud y de su gesto al despedir la bomba, sólo 
comparables, añado yo, al gesto y actitud de Nerón, 
cuando, vestido de Apolo y llevando en las manos áurea 
cítara tañida por sus delicados dedos, celebraba el incen- 
uio de la sacra Ilion entre las llamas que consumían la 
Ciudad Eterna. Pues bien: el apologista de Vaillant y su 
crimen estaba en el comedor cuando estalló la nueva bom- 
ba; y efecto del estallido, cayó casi deshecho en tierra, 
perdiendo un ojo arrancado a su rostro por los vidrios 
ardientes. Al sentirse así, no dijo nada el cuitadísimo de 
gestos y actitudes, llevóse la mano a la herida y gritó: 
"¡Al asesino!" Hay providencia." 

¡El "amado Tailhade", anarquista! 

El gusta de los buenos olores y de las cosas bellas y 
poéticas. No quiso ir al último banquete de la Pluma, 
porque "olía a remedios". ¿Será anarquista el que sabe 
como todos que, no digamos el anarquismo, sino la misma 
democracia, huele mal? 

Tengo a la vista sus Vitraux. Mi número es el 226 del 
tiraje único de quinientos ejemplares que sobre rico pa- 
pel de Holanda hizo el editor Vanier. Vitraux es la pri- 
mera parte de Sur Chanip D'Or. La carátula está impre- 
sa a tres tintas, rojo, violeta y negro, sobre un papel 
apergaminado. Y la dedicatoria que escribió ese admira- 
dor de Vaillant es la siguiente: 

136 



LO S R A R O S 

A Madame 
La Comtesse Diane de Beausaq. 
L. T. 

Laurent Tailliade dedica a esa dama aristocrática sus 
versos, porque debe ser bella, tiene un lindo nombre y el 
blasón es siempre bello. Y pronunció la "boutade" sobre 
Vaiilant porque, como Caslelar, se imaginó que el dina- 
mitero había lanzado la bomba con un bello gesto. En 
cuanto a Nerón, era sencillamente otro poeta, muy infe- 
rior, por cierto, al raro de quien hoy escribo. Porque, no, 
no haría ni con todas las lecciones de cien Sénecas, el 
imperial rimador, versos a sus dioses, como estos burila- 
dos, miniados adorables versos que Tailhade ha escrito 
Sur Champ D'Or en homenaje a la religión católica... y 
a la mujer amada. Es un homenaje sacrilegamente artís- 
tico, si queréis; son joyas profanas adornadas con los 
diamantes de las custodias, labradas en el oro de los al- 
tares y de los cálices. Cierto que en los tercetos a Nues- 
tra Señora no se m.uestra el resplandor sagrado de la fe 
que vemos en la liturgia de Verlaine; son obras inspira- 
das en la belleza del culto cristiano, del ritual católico. 

Pero después de "Pauvre Lelian", que con fe pura y 
profunda y arte de insigne maestro, ha escrito prodigios 
de rimado amor místico, nadie ha igualado siquiera al 
Laurent Tailhade de los Vitraux en ninguna lengua, por 
la gracia primitiva, el sagrado vocabulario y el sentimien- 
to de las hermosuras y magnificencias del catolicismo Es 
aquí demasiado profano, es cierto, y vierte en el agua 
bendita un frasco de opoponax... ¿Le perdonaremos en 
gracia al "bello gesto"? Para escribir estos poemas ha 
debido recorrer los viejos himnarios, las prosas, los an- 
tiguos cantos de la iglesia; las sequencias de Notker, las 
de Hildegarda, las de Godeschalk y las poesías de aquel 
divino Hermanus Contractus que nos dejó la perla de la 
Salve Regina. 

Laurent Tailhade es buen latinista, y ha versificado 
imitando a Adam de Saint- Victor. 

137 



R U B E JV D A R ( O 

Ejemplo: 

¡Saivi vincia! ¡fulge lémur! 
Amor nunc foveamur: 
Per te, virgo, virginemur. 

Sus l^itraux son comparable? a los de las antiguas ca- 
tedrales. En ellos la Virgen conversa ingenuamente con 
el encantador serafín: 

Les calcédoines, les rubis 
Passementent ses longs habits 
De moire antique et de tabis. 

Ses cheveux souplets d'ambre vert 
Glisücnt comme un rayón d'hiver 
Sur sa cotte de menu-vair. 

¡Oh! ses doigts fréles et le pur 
Mystére de ses yeux d'azur 
Eblouis du pardon futur! 

Tremblante elle re90it l'Avé. 
Par qui le front sera lavé 
De Fantique Adam réprouv¿. 

Emperiéro au bleu penaon, 
Sur le sistre et le tyrnpanon, 
Les cieux. exaltent ton renom. 

¡Toi dejesse royal provin, 
Pain mis ¡que, pain sans levain, 
Font scellé de TAmour divin! 

¡Toisón de Gédécn! ¡Cristal 
Dont le soleil oriental 
N'adombre pas le feu natal...! 

La letanía continúa magnífica y preciosamente encade- 
nada. Delicado, perfumado con mina celeste, su "Hortus 
Conclusus" resuena con el eco de un himno en la fiesta 
de la purificación: 

138 



o S RAROS 

Quia obsequentes oferunt 
Ligustra et alba lilia. 
Candor sed horum vincitur 
Candore casti pectoris. 

Siempre la Reina Virgen, la "Mere Marie" de Verlain — 
¡y todos los que sufren! — aparece radiante, vestida de sol, 
la Hija del Príncipe que cantó el Profeta. Todos los bál- 
samos de consolación brotan de ella: todos los perfumes: 
el del olibán, el del cinamomo, el del nardo de la Esposa 
del Cantar de los Cantares. 

Un soneto litúrgico hay que no puedo menos que re- 
producir. Para él no habría traducción posible en verso 
castellano. 

Este es: 

Dans le nimbe ajearé des vierges byzantines, 
Sous Tauréole et la chasuble de drap d'or 
Oú s'irisent las clairs saphirs du Labrador, 
Je veux emprisonner vos gráces enfantines. 

¡Vases myrrhins! ¡trépieds de Cumes ou d'Endor! 
¡Maitre-autel qu'ont fleuri les roses de matines! 
Coupe lústrale des ivresses libertines, 
Vos yeux sont un ciel calme oú le désir s'endort. 

¡Des lis!, ¡des lis!, ¡des lis! jOli páleurs inhumaines! 
¡Lin des etoles, choeur des frois catéchuménes! 
¡Inviolable hostie oferte a nos espoirs! 

Mon amour devant toi se prosterne et t'admire, 
Et s'exhale, avec la vapeur der encensoirs, 
Dans un parfum de nard, de cinname et de myrrhe. 

Imaginaos un enamorado que fuese a las santas basíU- 
cas a arrancar los mejores adornos para decorar con ellos 
la casa de su querida. Podría citar exquisitas muestras 
de este volumen admirable; pero sería alargar mucho 
estas apuntaciones. He de observar, sí, algo de su poéti- 
ca. Hay en ella mezcla de Decadencia y de Parnaso. Al- 
gunas veces se pregunta uno: ¿es esto Banville? Prueba: 

139 



RUBÉN DARÍO 

C'est un jardín orné pour les métamorphoses 
Oü Benserade apprend ses rondeaux aux Follets, 
üú Puck avec Trilby, prés des lacs violets, 
Débitent des fadeurs, en adorables poses. 

Y el "Menuet d^automne" es un espécirae de la poética 
modernísima, Pero en todo se reconoce la distinción, la 
aristocracia espiritual y la magnífica realeza de ese **anar- 
quista". 

Cierto es que es éste el anverso de la medalla: la faz 
del inmortal Apolo. 

En el reverso nos encontramos con una cara conocida, 
ancha y risueña, con la cabeza de un bonachón y picaro 
fraile que nos saluda con estas palabras: "¡Buveurs tres 
illustres, et vous, verolés tres précieux...!" Laurent Tail- 
hade ha renovado a Rabelais en sus escasamente cono- 
cidas Lettres de mon Ermitage. Después, su risa hiriente 
y sonora se ha derramado en una profusión de baladas 
que le han acarreado un sinnúmero de enemigos. En este 
terreno es una especie de León Bloy rimador y jovial. 
Quisiera citar algún fragmento de las cartas o de las ba- 
ladas; ¿pero cómo serán ellas cuando en las revistas que 
se han publicado se ven llenas de lagunas y de puntos 
suspensivos? Con un tono antiguo y bufonesco, burla a 
sus contemporáneos, empleando en sus estrofas las pala- 
bras más brutales, obscenas o escatológicas. Sus baladas 
son el polo opuesto de sus Vitraux. Esas baladas se 
conocieron en las noches literarias de la "Plume" u otras 
semejantes, y hoy pueden verse en un elegante volumen 
ilustrado por H. Paul. Nombres de escritores, asuntos 
políticos y sociales, son el tema. Ya despelleja a Peladan, 

... C'est Peladan-Tueur-de Moaches... 
Quand Peladan coiffé de vermicelle..., 

ya pone en berlina a Loti, o a Bonnetain, o a Barres, o a 
Jean Morcas; ya la emprende con el senador Bérenger, 
de pudorosísima memoria; ya toma como blanco al bur- 
gués y alaba la terrible locura de Ravachol o de Vaillant. 
Allá en el fondo de su corazón de buen poeta, halla- 

140 



o 



R 



R 



O 



réis honrada nobleza, valor, bravura y un tesoro de com- 
pasión para el caído. Exactamente lo mismo que en el 
fulminante Bloy. 

Como coferencista ha traído un escogido público a la 
Büdiniére. Su figura es apropiada a ia elocuencia, y sus 
gestos son bellos, en verdad. 

Hay un retrato de "Dom Juniperien" — pseudónimo 
suyo en el Mercure—, que le representa sentado en una 
vieja silla monástica, vestido con su hábito religioso, la 
capucha caída. La frente asciende en una ebúrnea calva 
imponente; sobre el cuello robusto se alza la cabeza fir- 
me y enérgica; los ojos escrutadores brillan bajo el arco 
de las cejas; la nariz recta y noble se asienta sobre un 
bigote de sportsman, cuyas guías aguzadas denuncian la 
pomada húngara. De las obscuras mangas del hábito sa- 
len las manos blancas, cuidadísimas, finas, regordetas, 
abaciales. 

Fué uno de los primeros iniciadores del simbolismo, 
Vive en su sueño. Es raro, rarísimo. ¡Un poeta! 




Si 




141 



1!.! 




FRA DOMENICO CAVALCA 




»o tengo conocimiento de que se haya tradu- 
cido a nuestra lengua ningún libro del "pri- 
mitivo" Fra Domenico Cavalca, en cuyas 
obras en prosa y en verso brilla la luz senci- 
lla y adorable, la expresión milagrosa de las 
pinturas de un Botticelli. Al menos, Estel- 
rich, que es, en lo moderno, quien mejor se ha ocupado 
en su magnífica Antología de las traducciones de obras 
italianas en idioma español, no cita en las noticias biblio- 
gráficas de su obra el nombre del fraile Cavalca, de cuyas 
producciones dice Manni, citado por Francisco Costero, 
hablando de las "Vite scelte dei santi padri", que son me- 
recedoras de todo encomio, "non solamente peí fatto di 
nostra favella, ma exiandio per la materia stessa di eru- 
dizione, di buon costume, di ottimi esempli, di antichi riti 
e di profonda, sovrana dottrina fornita e ripiena". Coste- 
ro le coloca en el rango de primer prosista de su tiempo, 
apoyado en Barretti y en la mayor parte de los críticos 
modernos. 

Si la pintura "primitiva" ha dado vuelo a la inspiración 
de los prerrafaelistas, la poesía, la literatura trecentista y 

143 



RUBÉN DARÍO 

cuatrocentista resuena también en el laúd de Dante Ga- 
briel Rosseti, en la lira de Swinburne. En Francia ha ins- 
pirado a más de un poeta de las escuelas nuevas. Ver- 
laine, Morcas, Vielli Griffin — quien con su Oso y su Aba- 
desa ha escrito una obra maestra — , son muestra de lo 
que afirmo. Ese mismo Laurent Tailhade, ese mismo 
poeta de las baladas anárquicas, ha escrito antes sus Vi- 
traux, en los cuales hallaréis oro y azul de misal viejo, 
sencillas pinceladas de Fra Angélico. Hay un tesoro in- 
menso de poesía en la gloriosa y pura falange de los mís- 
ticos antiguos. 

Cuando en nuestra Bolsa el oro se cotiza duramente, 
cuando no hay día en que no tengamos noticia de una ex- 
plosión de dinamita, de un escándalo financiero o de un 
baldón político, bueno será volar en espíritu a los tiem- 
pos pasados, a la Edad Media. 

Le Moyen Age enorme et délicat... 

He aquí a Cavalca, dulce y santo poeta que respiraba 
el aroma paradisíaco del milagro, que vivía en la atmós- 
fera del prodigio, que estaba poseído del amor y de la fe 
en su Señor y rey Cristo. Antes que él, Fra Guittone 
d'Arezzo pedía, en un célebre soneto a la Virgen, que le 
defendiese del amor terreno y le infundiese el divino; y 
el inmenso Dante, en medio de sus agitaciones de comba- 
tiente, ascendía' por las graderías de oro da sus tercetos 
al amor divino, conducido por el amor humano. 

Eran los antiguos místicos prodigiosos de virtud; sus 
grandes almas parece que hubiesen tenido comunicación 
directa con lo sobrenatural; de modo que el milagro es 
para ellos simple y verdadero, como la eclosión de una 
rosa o el amanecer del sol. ¡Y qué artistas, qué ilumina- 
dores! En la tela de la vida de un anacoreta, de un solita- 
rio, os bordan los paisajes más ideales, las flores más 
poéticamente sencillas que podáis imaginar. La caridad, 
la fe, la esperanza, iluminan, perfuman, animan las obras. 
Es el tiempo del imperio de Cristo. Para aquellos cora- 
zones únicos, para aquellas mentes de excepción, la cruz 

144 



L O S R A ROS 

se agiganta de tal manera que casi llena todo el cielo . E 
Padre mismo y la Paloma blanca del Espíritu están en el 
resplandor del Hijo. Y la Madre, la emperatriz María, 
pone con su sonrisa una aurora eterna en la maravilla del 
Empíreo. 

La hagiografía fué en aquellos siglos ocupación de las 
mejores almas. Fra Domenico, si dejó escritos religiosos 
y teológicos y vulgarizó más de una obra desconocida; si 
fué poeta en sus serventesios y laúdes, lo que le ha seña- 
lado un puesto único en la literatura mística universal 
son las Vidas, aunque ellas no sean originales, sino arre- 
glos y versiones. "Le Vite de Santi Padri furono scritte 
parte de San Gerolamo, parte da Evagrio del Ponto e da 
Sant'Atanasio, e Fra Domenico Cavalca le tradusse del 
latino", dice Costero. Pero hay tal encanto, tal ingenua 
gracia y tal animación en ese italiano antiguo; es tan níti- 
do y suave el estilo de Fra Domenico, que la obra pasa a 
ser suya propia. No conozco las otras traducciones suyas 
de obras diversas, como el Pangilingiia o Suma de Vicios, 
de Guillermo de Francia, u otras de que habla Costero: 
Un diálogo y una epístola de San Gregorio, las Ammo- 
nizione da San Jerónimo a Santa Paula, un libro de Fra 
Simone de Cascia, el Libro de Ruth y Tratado de Virtu- 
des y Vicios. 

La musa de Cavalca, dice De Sanctis, es el amor. Res- 
pira, en efecto, amor todo aquello que brota de su pluma: 
el absoluto amor de Dios. La ternura rebosa en la vida 
de Santa Eugenia, que tanto entusiasmó a escritora como 
la Franceschi Ferrucci. En la de San Pablo, primer ermi- 
taño, flota un ambiente de deliciosa fantasía. No creo 
equivocarme si digo que Anatole France ha leído a nues- 
tro autor para escribir imitaciones tan preciosas como la 
Leyenda y Celestín, de su Etui de nacre. Las creaciones 
del paganismo alternan con las figuras ascéticas. Pinturas 
hay de Fra Domenico que tienen toda la libertad de la 
inocencia, y que en boca de un autor moderno serían de- 
masiado naturalistas. En la vida de San Pablo es donde 
se cuenta el caso de aquel mancebo que, tentado para pe- 
car por una "bellísima meretriz", sintiéndose ya próximo 
10 145 



RUBÉN DARÍO 

a faltar a la pureza, se cortó la lengua con los dientes y 
la arrojó sangrienta a la cara de la tentadora. 

El viaje de San Antonio en busca de su hermano en 
Cristo, Pablo, que habitaba en el Yermo, es página curio- 
sísima. 

Allí es donde vemos afirmada la existencia real de los 
hipocentauros y de los faunos. El Santo peregrino en- 
cuentra a su paso un "mezzo uomo e mezzo cavallo" que 
conversa con él y le da la dirección que debe seguir para 
encontrar al eremita. Luego un sátiro, un "uomo piccolo, 
col naso ritorto e lungo, e con corna in fronte, e piedi 
quasi come di capra", le ofrece dátiles y le ruega que in- 
terceda por él y sus compañeros con el nuevo Dios, con 
el triunfante Cristo. 

Para Fra Domenico, que era un digno poeta, la exis- 
tencia de esos seres fabulosos es cosa indiscutible e indu- 
dable. Más aún, da en su apoyo citas históricas. "De estas 
cosas — dice — no hay que dudar, por creerlas increíbles o 
vanas; porque en tiempo del emperador Constantino, un 
semejante hombre vivo fué llevado a Alejandría, y des- 
pués, cuando murió, su cuerpo fué conservado («insala- 
to») para que el calor no le descompusiese, y llevado a 
Antioquía, al emperador, de lo cual casi todo el mundo 
puede dar testimonio." 

Pero nada como la odisea de los monjes Teófilo, Ser- 
gio y Elquino, cuando se propusieron, para edificación 
de la gente, narrar y escribir las admirables cosas que 
Dios les había he^^ho ver, en su viaje en busca del Paraíso 
terrenal. Esto se ve en la vida de San Macario. Habiendo 
renunciado al siglo, entraron a un monasterio de Meso- 
potamia de Siria, del cual era abad y rector Asclepione. 
El monasterio estaba situado entre el Eufrates y el Tigris. 
Teófilo un día, en medio de una mística conversación, 
propuso a sus dos nombrados hermanos en Cristo ir en 
peregrinación por el mundo, "hasta llegar al lugar en que 
se junta el cielo con la tierra". Partieron todos juntos, y 
la primera ciudad que encontraron después de muchos 
días de caminar fué Jerusalén, en donde adoraron la santa 
cruz y visitaron los lugares santos. Estuvieron en Belén 

146 



L O S R ARO S 

y en el monte de los Olivos. Después se dirigieron a 
Persia, el cual imperio recorrieron . Luego van a la India, 
y empiezan para ellos los encuentros raros, los peligros 
y las cosas extranaturales. Les rodean tres mil etíopes, 
en una casa deshabitada en la cual habían entrado a orar; 
les cercan de fuego, para quemarles vivos; oran ellos a 
Cristo; Cristo les salva; les encierran para darles muerte 
de hambre; Dios les saca libres y sanos. Pasan por mon- 
tes obscuros, llenos de víboras y fieras. Caminan días 
enteros y pierden el rumbo. Un bellísimo ciervo llega de 
pronto y les sirve de guía. Vuelven a encontrarse solos, 
en un lugar lleno de tinieblas y de espantos: una paloma 
se les aparece y les conduce. Encuentran una tabla de 
mármol con una inscripción referente a Alejandro y a 
Darío. En la cual tabla miran escrita la dirección nueva 
que deben tomar. Cuarenta días más de peregrinación y 
caen rendidos de cansancio. Llaman a Dios, y adquieren 
nuevas fuerzas. Se levantan y ven un grandísimo lago 
lleno de serpientes que parecían arrojar fuego, "y oímos 
voces, dice la narración, salir estridentes de aquel lago, 
como de innumerables pueblos que gimiesen y aullasen". 
Una voz del cielo les dijo que allí estaban los que nega- 
ron a Cristo. 

Hallaron después a un hombre inmenso — una especie 
de Prometeo — encadenado a dos montes, y martirizado 
por el fuego. Su clamor doloroso "s'udiva bene quaranta 
miglia alia lunga..." Después, en un lugar profundísimo 
y horrible y rocalloso y áspero — los adjetivos son del 
original —vieron una fea mujer desnuda a la cual apreta- 
ba un enormx dragón, y le mordía la lengua. Más ade- 
lante encuentran árboles semejantes a las higueras, llenos 
de pájaros que tenían voz humana y pedían perdón a 
Dios por sus pecados. Quisieron nuestros monjes saber 
qué era aquello, mas una voz celeste ¡es reprendió: "Non 
ci conviene a voi conoscere ii segreti giudici di Dio; 
ándate alia via vostra." Con esta franca indicación los bue- 
nos religiosos prosiguieron su camino. Hallan en seguida 
cuatro ancianos, hermosos y venerables, con coronas de 
oro y gemas, palmas de oro en las manos; ante ellos, 

147 



R^ U B E N DARÍO 

fuego y espadas agudas. Temblaron los peregrinos; pero 
fueron confortados: "Seguid vuestro camino seguramente, 
que nosotros estaremos en este lugar, por Dios, hasta el 
día del juicio." 

Anduvieren cuarenta días más, sin comer. Después 
viene la pintura de una visión semejante a las visiones 
de los fuertes profetas — Ezequiel, Isaías — , pero en un 
lenguaje dulce y claro, de una transparencia cristalina. 
No es posible dar traducidas las excelencias originales. 
Dicen que, en su camino, escucharon como cantar la voz 
de un pueblo innumerable; y sintieron al mismo tiempo 
perfumes suavísimos, y una dulzura en el paladar como 
de miel. 

Gozaban todos los sentidos santamente. Como en la 
bruma de un ensueño, vieron un templo de cristal, y un 
altar en medio, del cual brotaba una agua blanca como la 
leche, y alrededor hombres de aspecto santísimo que 
cantaban un canto celestial con admirable melodía. El 
templo, en su parte del Mediodía, parecía de piedras 
preciosas; en su parte austral era color de sangre; en la 
del Occidente, blanco como la nieve. Arriba estrellas, más 
radiantes que las que vemos en el cielo: — sol, árboles, 
frutas y flores y pájaros mejores que los nuestros; y este 
precioso detalle: "la térra medesima e dall' uno lato bian- 
ca come nevé e dall' altro rosa." No concluyen aquí las 
maravillas encontradas por estos divinos Marco Polos. 
Después de verse frente a frente con una tribu extrañí- 
sima — a la cual ponen en fuga de muy curiosa manera, 
gritando — , Dios calma sus hambres y sedes con hierbas 
que brotan de la tierra como cayó el maná bíblico del cielo. 

Todo cubierto de cabellos blancos, "come Tuccello 
delle penne", aparece ante ellos el ermitaño San Macario. 
Si la blancura de sus cabellos ha sido comparada con la 
de la nieve, no obsta para compararla con la de la leche. 
El retrato del solitario: "Su faz parecía faz de ángel; y 
por la mucha vejez casi no se veían los cjos. Las uñas 
de los pies y de las manos cubrían todo el cuerpo; su voz 
era tan sutil y poca que apenas se oía, ia piel del rostro 
casi como una piel seca". 

148 



LOS R AROS 

Así León Bloy dibujaría una de sus viñetas arcaicas, a 
imitación de los viejos maestros alemanes. Macario con- 
versa con los peregrinos, después de reconocer en ellos 
a hijos y ministros de Dios, y les aconseja no proseguir 
en su intento de llegar al Paraíso. 

El mismo ha querido hacer el viaje: lo ha hecho: ¡está 
tan cerca aquel lugar de delicias donde vivieron Adán y 
Eva! veinte millas, no más. Pero allá está el querubín con 
una espada de fuego en la mano, para guardar el árbol 
de la vida: sus pies parecen de hombre, su pecho de león, 
sus manos de cristal. Macario recomienda sus huéspedes 
a sus dos leones: "Hijitos míos, esos hermanos vienen 
del siglo a nosotros: cuidado con hacerles ningún mal." 
Cenaron raíces y agua; durmieron. Al siguiente día rue- 
gan a Macario que les narre su vida. Nuevos y mayores 
prodigios. 

Macario, nacido en Roma, cuenta cómo dejó el lecho 
de sus nupcias, la propia noche de bodas, para consa- 
grarse al servicio de Cristo. 

Guías sobrenaturales, milagrosos senderos, hallazgos 
portentosos; todo eso hay en la vida del anciano. Tam- 
bién él, perdido en el monte, tuvo por compañero a un 
onagro maravilloso, después de ser conducido por el ar- 
cángel Rafael; muéstrale el sendero que debe seguir 
luego un ciervo desmesurado; frente a frente con un dra- 
gón, el dragón le llama por su nombre y le conduce a su 
vez, mas ya transformado en un bellísimo joven. Halló 
una gruta y en ella dos leones, que desde entonces fueron 
sus compañeros. Esos dos leones escoltaron como pajes, 
un buen trecho, a los peregrinos, cuando se despidieron 
del santo eremita. 

Al tratar de los demonios y sus costumbres, en las 
"Vidas", Fra Domenico es copioso en detalles. Deben 
haber consultado sus obras los Bcdin, Corres, Sinistrari, 
Lannes, Sprenger, Remigius, Del Río, para escribir sus 
tratados demonológicos. En la vida de San Antonio Abad 
toma el Bajísimo formas diversas: ya es una mujer bellí- 
sima y provocativa; o un mozo horrible; o surge el diablo 
en forma de serpiente; y fieras, leones fantásticos, toros, 

149 



R U B E N DARÍ O 

lobos, basiliscos, escorpiones, leopardos y osos, que 
amenazan al solitario en una algarabía infernal. Después, 
en otro capítulo, explícase cómo los demonios pueden 
venir en forma de ángeles luminosos, y parecer espíritus 
buenos. San Antonio cuenta de cuántas maneras se le 
aparecieren: en forma de caballeros armados, o de fieras 
o monstruos; de un gigante y de un santo monje. San 
Hilarión les oye llorar como niños, mugir como' bueyes, 
gemir como mujeres, rugir como leones. San Abraham 
mira a Lucifer en su celda en medio de una maravillosa 
luz, o en forma de hombre furioso, de niño, de una agre- 
.siva multitud. A San Macario le tienta en figura de pre- 
ciosa doncella, ricamente vestida. A San Patricio le arro- 
ja a un fuego demoníaco, del cual se libra por la oración. 
Pero casi siem.pre es en forma de mujer, o por medio de 
la mujer, que Satán incita, pues según dice con justicia 
Bodin: "Satán par le moyen des femmes, attire les hom- 
mes a sa cordelle." Y es probado. 

Lo que se presenta con especial y primitiva gracia en 
las Vite, son las adorables figuras de las santas. Semejan 
imágenes de altar bizantino, de vidrieras medioevales; la 
virgen Eufrasia; Eugenia, mártir; Eufrosina, que vivió 
en un monasterio con hábito masculino, como murió Pa- 
lagia; María Egipcíaca, dulce pecadora que va a Dios y 
resplandece como una estrella en el cielo de la santidad; 
Reparada, que cambia en agua fría el plomo derretido y 
entra al horno ardiente y sale intacta. 

Al acabar de leer la obra de Fra Doraenico Cavalca, 
siéntese la impresión de una blanda brisa llena de aro- 
mas paradisíacos y refrescantes. Hay algo de infantil que 
deleita y pone en los labios a veces una suave sonrisa. 

Todas las literaturas europeas tienen esta clase de es- 
critores — hagiógrafos o poetas — , por desgracia hoy de- 
masiado olvidados e ignorados. Raro es un Rémy de 
Gourmont que resucite y ponga en maravilloso marco las 
bellezas del latín místico de la Edad Media, por ejemplo. 
No soii muchos — no digo entre nosotros, eso es claro — 
los que conocen joyeles como las Secuencias de Santa 
Hildegarda, y otros tesoros de poesía mística antigua. 

150 



o 



R 



R 



O 



Alemania posee el Balaam y Josapliat, el cántico de 
San Hannon, etc. Tieck intentó que la poesía alemana de 
su tiempo se abrevase en las límpidas aguas de Wacken- 
roder y otros autores de su tiempo. Fué un precursor de 
Dante Gabriel Rossetti, del prerrafaelismo; y sufrió por 
sus intentos más de una picadura de las abejas de Heine. 




151 



i 




EDUARDO DUBUS 




os violines también se callan, los violines 
que tocaban tan vigorosamente para la dan- 
za, para la danza de las pasiones; los violi- 
nes se callan también. Estas palabras de la 
Angélica de Heine, escucháis al entrar al 
parque solitario en donde la fiesta tuvo 
sus luces y sus cantos. 

Eduardo Dubus es un raro poeta, poeta que enguir- 
nalda con rosas marchitas el simulacro de la Melancolía. 
Vamos allá, al recinto abandonado... Ya pasó la hora 
de la partida; ya las barcas van lejos; ya las marquesas, 
los caballeros galantes, los abates rosados van lejos. Ca- 
llaron los violines y partieron, con su dulce alma harmo- 
niosa... Los violines, silenciosos, van ya lejos... 

En mes réves, oú regne une Magicienne, 
Cent violons mignons, d'unegráce ancienne, 
Vétus de bleu, de rose, et de noir plus souvent, 
Viennent jouer parfois, on dirait pour le vent, 
Des musiques de la couleur de leur coutume, 
Mais oü pleurent de folies notes d'amertume. 
Que la Fée, une fleur aux lévres, sans émoi, 

153 



R U B E N DARÍO 

Ecoute longuement se prolonger en moi, 
El dont je garde souvenir, pour lui complaire, 
Et maint joyau voilé d'ombre crépusculaire, 
Qu'orfévre symbolique et pieuse sortis 
A sa gloire, 

Quand les violons sont partís. 

Si vuestra alma pone el oído atento en las fiestas de 
ensueños del poeta, oiréis los maravillosos sones de los 
violines: los azul ;s cantan la melodía de las dichas soña- 
das, los alcázares de ilusión, las babilonias de pálido oro 
que vemos a través de las brumas de los vagos anhelos; 
los rosados dicen las albas de las adolescencias, la luz 
adorable del orto del amor, la primera sutil y encantada 
niciación del beso, las palomas, las liras; los negros, ¡oh 
los negros!, son los reveladores de las tristezas, los que 
plañen los desengaños, los que sollozan líricos de profun- 
dis, los que riman la historia de los adioses, en una en- 
ternecedora lengua crepuscular. Todos ellos mezclan a 
sus sones divinos la nota melancólica; todos a su "gracia 
antigua" agregan como una visión de desesperanza; así 
escucha el Hada, una flor en los labios... 

La aparición de Ella es semejante a una de las delicio- 
sas visiones de Gachons, ese discípulo prestigioso de 
Grasset, rosa suave, violeta suave, un poniente melancó- 
lico; la Mujer suige intangible; no es la Mujer, es la Apa- 
riencia; sus ojos son adoradores de los sueños, enemigos 
de las fuertes y furiosas luces; aman las neblinas fantás- 
ticas; buscan las lejanías en donde crece el sublime lirio 
de lo Imposible. Luego la contemplamos en un jardín 
hesperidino: 

Parmi les fleurs pales, aux senteurs ingénues, 
Qui n'ont jamáis vibré sous les soleils torrides, 
Elle va le regard éperdu vers les núes. 

Son ame, une eau limpide et calme de fontaine: 
Sous le grand nonchaloir des ramures fúnebres, 
Reíléte indolement la réverie hautaine 
Des lis épanouis dans les demi ténébres. 

154 



o S RAROS 

Une angélique Main, qui lui montre la Voie, 
Seuie dans sa pensée eut la gloire d'écrire, 
Et le ciel, d'une paix divine, lui renvoie 
L'écho perpétuel de son chaste sourire... 

Es una misteriosa y pura figura de primitivo: su paso 
es casi un imperceptible vuelo; su delicadeza virginal tie- 
ne el resplandor albísimo de una celeste nieve... Etcétera... 

Y así podría seguir, violineando poema en prosa, para 
encanto de los snobs de nuestra América, ¡que también 
los tenemos!, si no debiese presentar como se lo merece, 
en la serie de los Raros, a este poeta Dubus, que es cier- 
tamente admirable, y en el mismo París, como no sea en 
ciertos cenáculos literarios, muy escasamente conocido. 

León Deschamps compara la cara de Dubus a "la más- 
cara de Baudelaire joven", lo cual quiere decir que era 
de un hermoso tipo, si recordáis la impresión de Gautier; 
era joven y vigoroso, "un grand enfant réveur, pervers 
pas mal et fantasque joliment". Del retratito pintado con 
humor y cariño por su amigo el jefe de La Plume, se ve 
que había en el lírico envainado un fantasista, y en el so- 
ñador un terrible, que quería a toda costa espantar a los 
burgueses. No hay que olvidar que los peores enemigos 
de las "gentes" se han hallado siempre entre los hom- 
bres jóvenes y cabelludos que besan mejor que nadie las 
mejillas, muerden las uvas a plenos dientes y acarician a 
las musas como a celestiales amadas y ardientes queri- 
das. Era así Dubus. 

No se adivinaría tras su faz al melancólico que deslíe 
los pálidos colores de sus ensueños en los versos exqui- 
sitos que rimaba, cuando los violines habían ya partido... 

Quería tener fama en "Francisco 1", en el "Vachette", 
en todo el barrio, de ser morfinómano, y no había visto 
nunca, dicen sus íntimos, una Pravaz; de ser pornógrafo, 
y era casto, tan casto en sus versos, como un lirio de poe- 
sía; de mal "sujeto", y era un excelente muchacho. Su 
Maga le protegía; su Maga le enseñaba la más dulce ma- 
gia; su Maga le enseñaba los melodiosos versos, las mú- 
sicas de sus enigmáticos violines... 

155 



R V B E N DARÍO 

Henri Degrou — otro perfecto desconocido — nos ha 
contado de él cómo apenas tenía diez años de vida artís- 
tica; que comenzó en el «Scapin» de Vallette con Denise, 
Samain, Dumur, Stuart Merril; que luego juntando dos 
cosas horriblemente antagónicas, poesía y política, fué 
conferencista revolucionario en la sala Jussieu; y se batió 
en duelo; periodista clamoroso y aullante en el Cri du 
Peuphy en la feune Republique y en la escandalosa Cocar- 
de de boulangística memoria; poeta en el Chat Noir, con 
Tinchant y Cross, y compañero constante de la parvada 
mantenedora de las «revistas jóvenes», entre las cuales 
brotaron dos que hoy son lujo intelectual del alma nueva 
de Francia, y a las que no nombro por ser muy conocidas 
de los «nuevos». 

Hízose luego Dubus pontífice o cosa así de una de esas 
religiones de moda más o menos indias o egipcias; bu- 
dista, kabalista, o lo que fuese, lo que buscaba su espí- 
ritu era huir de la banalidad ambiente, hallar algo en que 
refugiarse, sediento de ensueños y de fábulas, enemigo 
del bulevar, de Coquelin y de la Revue de Deux Mondes, 
uno de tantos «des Esseintes», en fin. 

Cuando la publicación de su libro-bijoU; Quand les vio- 
lons son pariis — libro especial, defendido de los hipopó- 
tamos callejeros porque era de subscripción y no se ven- 
día en las librerías — , los pocos, los que le comprendie- 
ron, le saludaron como a uno de los más ricos y brillantes 
poetas de la nueva generación. 

Ni descoyuntó el verso francés, ¡y era revolucionario y 
simbolista!; ni mimó a Mallarmé, ¡y era decadente...!; ni 
ostentó la escuadra de plata y la cuchara de oro de los 
impecables albañiles del Parnaso, ¡y era parnasiano! Lo 
único que le denunciaba su filiación era un cierto perfu- 
me de Baudelaire; pero un Baudelaire tan sereno y me- 
lancólico... 

Al comenzar vimos cómo era el alma del poeta, es de- 
cir, la mujer, la inspiración. Simboliza Dubus en ella a la 
reina de un soñado país que se desvanece, de un reino 
hechizado que se borra, que se esfuma: 

156 



os RAROS 



Elle pairait ainsi bien Eeine pour ees temps 
Enveloppés de leur linceul de décadence, 
Oü tant de joie est travestie de Mort qui danse, 
Et l'Amour en vieillard, dont les doigts mécontents, 
Brodent, sans foi, sur une trame de mensonge 
Des griffons prisonniers dans des palais de songe. 

En ella, como en un altar, se verifican todos los sacrifi- 
cios, se queman todos los inciensos. Se miran, como a 
través de una gasa diamantina, o más bien, de clara luz 
lunar, los jardines de su vida, su primavera, en un estre- 
mecimiento de oro; o es ya su perfil, el perfil de una em- 
peratriz bizantina — algo como la Ana Commeno que 
pinta Paul Adam — , sus deseos y sus ensueños, bajeles- 
cisnes que parten a desconocidos países de amor, en 
busca de nuevos ardores, de nuevos fuegos; y mirad la 
transformación: cómo la mujer intangible marchita ahora 
con sólo su aliento las corolas frescas; cómo estremece 
de asombrado espanto los blancores liliales con sólo la 
visión de sus crueles e imperiales labios de púrpura, la 
roja violadora de lises. 

La segunda parte del libro está precedida de un son de 
siringa de Verlaine: 

Coeurs tendres, mais affranchis du serment. 

En toda obra de poeta joven actual se ve necesaria- 
mente pasar la sombra del Caprípede. 

Es el que ha enseñado el secreto de las vagas melodías 
sugestivas, de aquellas palabras 

si specieux, tout has, 

que hacen que nuestro corazón «tiemble y se extrañe... > 
primero con la proclamación del imperio musical — de la 
<musique avant toute chose» — y las maravillas del matiz, 
en una poética encantadora y sabia, después con la sa- 
pientísima gracia de una sencillez más difícil que todas 
las manifestaciones que parecieron al principio tan abs- 
trusas. 

157 



RUBÉN DARÍO 

Dubus canta su romanza teniendo la visión de aquel 
parque verleniano en que iban las bellas, prendidas del 
brazo de los jóvenes amantes, soñadoras; y en donde los 
tacones luchaban con las faldas... 

J'aimerais bien vous égarer un soir 
Au fond du pare desert, dans une allée 
Impenetrable á la nuit etoilée: 
J'aimerais bien vous égarer un soir. 

Je ne verrais que vos longs yeux féeriques 
Et nous vivons lévres closes, révant 
A la chanson languisante du vent; 
Je ne verrais que vos longs yeux féeriques. 

Luego las pequeñas cosas divinas del amor, en medio 
de los perfumes del gran bosque misterioso, las dos almas 
olvidadas de la tierra; vuelos de mariposa, sombras 
propicias... 

Quelle serait la fin de ¡'aventure? 
Un madrigal accueilli d'airs moqueurs? 
Nous fumes tant les dupes de nos cceurs? 
Quelle serai la fin de l'aventure? 

Abates de corte, marquesas, ecos de las Fiestas galan- 
tes. Como en éstas, la expresión de un indecii le «regret», 
y el refugio de la desolación en el ensueño. 

En ritmos de Malasia continúan las lentas y vagorosas 
prosas de las ilusiones fugitivas, de las "reverles" cre- 
pusculares, de las laxitudes que dejan los apasionados 
besos idos; se oyen en el "pantum" como las quejas de 
un viejo clavicordio que hubiese sido testigo de las horas 
de pasión, en la primavera en que florecieron las ilusio- 
nes, y que hoy rememora ¡tan tristemente! las albas amo- 
rosas que pasaron. ¿Hay algo más melancólico que el 
rostro de viuda de esa musa entristecida que tiene por 
nombre Antes? 

En Les Jeux fermés las reminiscencias de Verlaine apa- 
recen más claras que en ninguna. Si me favoreciese la 

158 



LOS R A R O S 

memoria, recordaiía el pasaje original del maestro. Pero 
los pocos lectores para quienes escribo estas líneas po- 
drán hacer la confrontación: 



Toute blanche, comme une aubepine fleurie, 
Voici la Belle-au-bois-dormant: on la marie, 
Ce soir, au bien-aimé qu'elle atendit cent ans. 

Cendrillon passe au bras de l'Adroite-Princesse... 
Et les songas épars des contes, vont sans cesse 
Souriant aux petits enfants jusqu'au reveil. 

La parte siguiente la preside Mallarmé; un Mallarmé 
que viene desde las lejanías del Eclesiastés: 

La chair est triste, hela?! et j'ai lu touts les livres! 

¿Los violines, los dos violines de la cuadrilla, lloran 
o ríen? Es el fin del baile. La respuesta quizá la encon- 
traríamos en La Nuit perdue, bajo los tilos radiosos de 
girándulas, en donde la orquesta da al aire alegres y 
frivolos m.otivos. 

Aquel mismo parque, lleno de adorables visiones y de 
ruidos de músicas suaves y de besos, es el lugar de la 
nueva escena. Al claro de la luna se inicia un amorío 
deleitoso y loco. Pero el éxtasis es rápido. No quedará 
muy en breve sino la lánguida atonía del recuerdo. 

Le Mcnsonge d^ Automne está escrita con la manera sun- 
tuosa y hermética de Mallarmé: apenas entrevistas apa- 
riencias, enigmáticas evocaciones, músicas sutiles y pe- 
netrantes, despertadoras de sensaciones que un momento 
antes ignoraba uno dentro de sí mismo. 

Aurora. Ha pasado la noche de la fiesta. "El oro rosa- 
do de la aurora incendia los «vitraux» del palacio en 
donde se danza una lenta pavana desfalleciente, a los 
perfumes enervantes del aire puro." 

Un detalle: 

L'éclat falot de la bougie agonise 
A l'infini, dans les glaces de Venise. 

159 



R U B E N DA R I O 

¿Habéis visto un final de fiesta cuando el alba empieza 
y la luz del sol va inundando el salón iluminado por las 
arañas y los candelabros? Los rostros cansados, las oje- 
ras, las fatigas del cuerpo y una vaga fatiga del alma. 



La musique a des sons bien étranges; 
On dirait un remords qui perore. 

Mourants ou morts deja les sourires rniévres, 
Les madrigaux sont morts sur tous les lévres. 



Dans la salle de bal nue et vide 
Reste seul un bouquet qui se fane, 
Pour mourir du méme jour livide 
Que respoir des danseurs de pavana. 

L'éclat falot de la bougie agonise 
A I'inflni, dans les glaces de Venise... 

Después, una canción jovial, cuyo final nos llevará al 
ineludible páramo de los desengaños; una "feerie" — para 
Rachilde — que sería maravillosamente a propósito para 
ser interpretada por Odilon Radon. 

Y en los "bailes" son las alegres danzantes, las ama- 
das, las adoradas — ¡ah, crueles gatas nietzschianas! — las 
alegres danzantes que danzan al son de los violines y de 
las flautas. 

Entre aromas y sonrisas y músicas, helas allí del bra- 
zo de los caballeros, de los pobres enamorados caba- 
lleros. 

— Bellas nuestras, ¿queréis colocar en el lugar de las 
rosas, sobre vuestro corazón, los corazones nuestros? 

¡Ah! ellas dicen que sí, toman los corazones, se los 
prenden al corpino y ríen. Los pobres caballeros partirán 
y han de ver cómo las bellas danzan en la sala del baile, 
y cómo se desprenden los corazones de los corpinos, y 
cómo ellas siguen danzando, 



... et leurs petits souliers 
Glissent óclaboussés de gouttes purpurines. 



160 



LOS R AROS 

Otra noche de fiesta. Los pájaros azules han volado 
desde el amanecer del día; pero vuelven como heridos, 
con un incierto vuelo. Las rosas del camino están más 
pálidas y son más raras que nunca. Las flores están de- 
soladas bajo un cielo ahogador. Casi concluye esta parte 
con una sensación de pesadilla. 

Ciertamente, el poeta sabía ya cómo la carne es triste; 
y había leído todos los libros... 

En la otra parte, cuyo epígrafe es este verso de Gerard 
de Nerval: 

Crains dans le mur un regard qui t'epie, 

es una sucesión de cuadros fpstuosos, en donde predo- 
mina siempre la bruma de una tristeza irremediable. Es 
el reino del desencanto. 

Así en un soneto invernal, como en el "pantim" del 
Fuego, dedicado a Saint Pol Roux, El Ma^nifiro; como 
en el palacio monumental que alza en una Babilonia de 
ensueño; como en la canción ""para la que llegó demasia- 
do tarde"; como en Epaves, donde los galeones cargados 
de esperanzas se hunden en un océano de olvido antes 
de llegar a la España soñada; como en el jardín muerto, 
un jardín a lo Poe, en donde reina la Desolación. 

La parte siguiente presídenia dos corifeos de la Deca- 
dencia (¡habrá que llamarla asilj: Villiers de l'Isle Adam 
y Charles Morice. 

El Eterno Femenino alza al cielo un cáliz enguirnalda- 
do de locas flores de voluptuosidad: 

La haute coupe, d'un metal diamanté 
Oú se profilent de lascives Silhouett^^=, 
A l'attirnnce d'un miroir aux aloiiettes, 
Et nos divins désirs, qu'elle eblouit un jnnr, 
Viennent, l'ailf^ ivre, épernumpnt volerautour 
Criantla tjrande soif qui nous brúle la bouche, 
Jusqii'á l'hf ure de la communion farruche 
Oü chacun boit dans le metal diamanté 
La Science: qu'il n'est au monde volupté 
Horniis les fleurs dont o'enguirlande le cálice, 
Pour que s'immortalise un merveilleux supplice. 

11 161 



RUBÉN par í O 

Las letanías que siguen tienen su clarísimo origen en 
Baudelaire; pero tanto Dubus, como Hannon, como to- 
dos los que han querido renovar las admirables de Satán, 
no han alcanzado la señalada altura. No se puede decir 
lo mismo respecto a la Sangre de las rosas, en donde el 
autor se revela exquisito artista del verso y poeta encan- 
tador. 

Después oímos el canto que rememora el naufragio de 
los que, atraídos por las fascinantes sirenas, hallaron la 
muerte bajo la tempestad, "cerca de los archipiélagos cu- 
yos bosques exhalan vagas sinfonías y perfumes carga- 
dos de languideces infinitas". 

C'était le chant suave et mortel des sirenas, 
Qui avangaient, avec d'ineffables lenteurs, 
Les bras en lyre et les regarás fascinateurs, 
Dans les rales du vent divinement sereines. 

Algo soberbio es El ídolo, poema fabricado lapidaria- 
mente, cuyo símbolo supremo irradia una majestad so- 
lemne y grandiosa. 

Seguidamente viene la última parte, en la cual vuelve 
a oirse el paso del Pie de chivo, y su flauta de carrizos: 

Te souvient-il de notre extase ancienne? 

Llama a la Resignación con una cordura completamen- 
te verleniana; Don Juan se queja en dísticos. Es ya un 
piano viejo y roto, demasiado usado. Ha cantado muchos 
amores y muchas delicias. Las mujeres han aporreado sus 
teclas con aires infames, y "traderiderá y laitou", 

¡Tant et tout! que les tremoles 
Eussent la gaité des sanglots. 

En el parque antiguo yace la estatua de Eros, caída; 
las canciones ha tiempo que se han callado: el solitario 
desterrado halla apenas un refugio: el orgullo de los re- 
cuerdos: "Superbia". Al finalizar hay un clamor de resu- 
rrección. 

162 



LO S_ ^ A R__^ S 

Pour devenir enfin celui que tu receles, 
Et qui pourrait périr avant d'avoir été 
Sous le poids d'une trop charnelle humanité. 
¡O inon ame! il est temps enñn d'avoir des alies. 

Concluye el libro con un inmemoriam a la adorada que 
un tiempo sacrificó el corazón del pobre poeta; a la ado- 
rada reina, amante de la sangra del sacrificio, cruel como 
todas las adoradas, — Herodías. 

Los violines se han callado, los violines han partido. Y 
el poeta ha partido también, camino del cielo de los po- 
bres poetas, camino de su hospital. 

Los vioünes negros deben haber iniciado un misterio- 
so "De profundis", los violines negros que le acompaña- 
ron en sus desesperanzas y en sus dolores, cuando la 
vida le fué dura, la gloria huraña y la mujer engañosa y 
felina. 




163 




TEODORO HANNON 

... M. Théodore Hannon, un poete de 
talent, sombré, sans excuse de misére, 
á Bruxelles, dans !a cloaqu? des revues 
de fin d'annés et í^s nauséeu?es rata- 
touilles de la basse presse. 

/. K. Huysmans. 




RTHUR Symons?..., no estoy seguro; pero es 

ijjj en libro de escritor inglés donde he visto 



primeramente la observación de que la ma- 
yor parte de los poetas y escritores "fin de 
'I siglo" de París, decadentes, simbolistas, etc., 
han sido extranjeros y, sobre todo, belgas. 
Escribo hoy sobre Théodore Hannon, quien si no tiene 
el renombre de otros como Maeterlinck, es porque se ha 
quedado en Bruselas, de revistero de fin de año y perio- 
dista, cosa que a Des Esseintes provoca náuseas. 

¡Raro poeta, este Théodore Hannon! Apareció entre la 
pacotilla pornográfica que hizo ganar al editor Kiste- 
mackers, propagador de todas las cantáridas e hipoma- 
nes de la literatura. Fueron los tiempos de las nuevas 
edicionefi de antiguos libros obscenos; de la reimpresión 
del En i8..., de les ^Goncourt, con ¡as partes que la cen- 

165 



RUBÉN D A ?_ _1 _? 

sura francesa había cercenado. Paul Bonnetain daba a 
luz su Charlot s'amuse, Flor O'squarr su Cristiana, que 
le valdría unos cuantos golpes del knut de León Bloy, 
Poetevin, Nizet, Caze... la falange escandalosa se llama- 
ba en verdad legión. Entonces surgió Hannon con su 
Mannecken-pis, anunciado como "curiosísimo y originalí- 
simo volumen". Amédée Lynen ie había ilustrado con 
dibujos "ingenuos". No siendo suficiente esa campanada, 
dio a luz el Mirliton. El diablo de las ediciones, Kiste- 
mackers, no podía estar más satisfecho rabudo y en cu- 
clillas, sobre las carátulas. Las Rimas de Gozo nos mues- 
tran ya un Théodore Hannon, si no menos tentado por el 
demonio de todas las concupiscencias, suavizado por los 
ungüentos y perfumes de una poesía exquisita. Deprava- 
da, enferma, sabática si queréis, pero exquisita. 

He ahí primero ese condenado suicidio del herrero, 
que dio tema a Felicien Rops para abracadabrante agua- 
fuerte, que no aconsejo ver a ninguna persona nerviosa 
propensa a las pesadillas macabras. Esos versos del 
ahorcado parécenme la más amarga y corrosiva sátira 
que se ha podido escribir contra la literatura afrodisíaca. 
No tendría Théodore Hannon esas intenciones; pero es 
el caso que le resultaron así. 

Discípulo de Baudelaire, "su alma flota sobre los per- 
fumes", como la del maestro. Busca las sensaciones extra- 
ñas, los países raros, las mujeres raras, los nombres exó- 
ticos y expresivos. Me imagino el enfermizo gozo de Des 
Esseintes al leer las estrofas al Opoponax: "¡Opoponax!, 
nom tres bizarre — et parfum plus bizarre encoré!" Tráe- 
te el perfume de apelación exótica visiones galantea , 
tentadores cuadros, maravillosos conciertos orgiásticos; 
la nota de ese aroma poderoso sobrepasa a las de los 
demás, en un efluvio victorioso. 

Gusta del opoponax porque viene de lejanas regiones, 
donde la naturaleza parece artificial a nuestras miradas; 
cielos de laca, flores de porcelana, pájaros desconocidos, 
mariposas como pintadas por un pintor caprichoso: el 
reinado de lo postizo. El poeta de lo artificial se deleita 
con los vuelos de las cigüeñas de los paisajes chinos, los 

166 



L O S R AROS 

arrozales, los boscajes ocultos y misteriosos impregnados 
de vagos almizcles. Estrofas inauditas como ésta: 

La chinoise aux fueurs des bronzes 
En allume ses ongles d'or 
Et sa gorge citrine oü dort 
Le désir insensé des bonzes. 
La japonaise en ses rangons 
Se sert de les acers salives. 



Luego se dirigirá a Marión, la adorada que adora el 
opoponax. (El amor en la obra de Hannon no existe sino 
a condición de ser epidérmico.) Para adular a la mujer 
de su elección le canta, le arrulla, lo diré con la palabra 
que mejor lo expresa, le maulla letanías de sensualidad, 
collares de epítetos acariciadores, comparaciones pimen- 
tadas, frases mordientes y melifluas... Es el gato de Bau- 
delaire, en una noche de celo, sobre el tejado de la Deca- 
dencia. El opoponax es su tintura de valeriana. 

Como paisajista es sorprendente. Nada de Corot; para 
hallar su procedimiento es preciso buscarlo entre los 
últimos impresionistas Tal pinta una tarde obscura de 
tempestad y nubarrones; mar brava, negros oleajes, 
vuelo de pájaros marinos; o un florecimiento de nieve, 
los acuosos vidrios de hielo, la blancura de las nevadas; 
sinfonías en blanco, inmensos y húmedos armiños. Pero 
de todo brota siempre el relente de la tentación, el soplo 
del tercer enemigo del hombre, más formidable que todos 
juntos: la carne. 

Solamente en Swinburne puede hallarse, entre los po- 
derosos, esta poética y terrible obsesión. Mas en et inglés 
reina la antigua y clásica furia an-orosa, el Libido formi- 
dable que azotaba con tirsos de rosas v ortigas a la me- 
lodiosa y candente Safo. Théodore Hannon es un per- 
verso, elegante y refinado; en sus poemas tiembla la 
"histeria mental" de la ciencia, y la "delectación morosa" 
de los teólogos. Es un satánico, un pr:i ido. Mas el Satán 
que le tienta, no creáis que es el chivo impuro y sucio, de 

167 



R_ Í7 B E_ N D A R I O 

horrible recuerdo, o el dragón encendido y aterrorizador, 
ni siquiera el Arcángel maldito, o la Serpentina de la 
Bblia, o el diablo que ¡legó a la gruta del ^anto Antonio, 
o el de H go, de grandes alas -^e murciélago, o el labrado 
por Antc.k.ul>ky, sobre un picacho, en la sombra. El diablo 
que ha poseído a Haniion es el que ha pintado Rops 
diablo dr frac y "monocle", moderno, civilizado, refina 
do, morfinómano, sadista, maldito, más diablo que nunca 
Si Corres escribiese hoy su Mística diabólica^ no pinta 
ría al enemigo, «alto, negro, con voz inarticulada, cascada 
pero sonora y terrible .. cabellos erizados, barba de 
chivo...» antes bien: buen mozo, elegante, perfumado 
con aromas exóticos, piel de seda y rosa, bebedor de 
ajenjo, sportsman, y, si literato, poeta decadente. Este es 
el de Théodore Hannon, el que le hace rimar preciosi- 
dades infernales y cultivar sus flores de fiebre, esas flores 
luciferinas que tienen el atractivo de un aroma divino 
que diera la eterna muerte. 

Hannon pagó tributo a la chinofilia y tejió sedosos 
encajes rimados en alabanza del Imperio Celeste y del 
Japón... Allá le llevó el amor acre y nuevo de la mujer 
amarilla y el opio sublime y poderoso, según la expresión 
de Quincey. Tan.oién, como al autor óe las F ¡ores del 
Mal, le persigue el spleen. Luego, lanza en esas horas 
cansadas y plúmbeas su desdén al amor ideal. Rompe 
los moldes en que su poesía pudiese formar este o aquel 
verso de oro en honor de la pasión espiritual y pura; 
fleta un barco para Citeres, y arroja al paso ramos de 
rosas a las mujeres de Lesbos. La vendedora de amor 
será glorificada por él y corre hacia el abismo de las de- 
licias en una especie de fatal e ineludible demencia. Va 
como si le hubiese aguijoneado los riñones una abeja del 
jardín de Pt-tionio. 

Hele allí bajando a la bodega de los abuelos, a buscar 
el buen vino viejo que le pondrá sol y sangre en las ve- 
nas; o en el tren expreso que va a llevarle a saborear los 
labios deseados; o admirando en una íntima noche de 
Diciembre la estatua viviente de las voluptuosidades fe- 
linas. De pronto un eíectg de luna en un mar de duelo, 

168 



•^ n A ROS 

en un fondo negro de tinieblas. El "odor di íemina" se 
encuentra en una serie de versos, como esos perfumes 
concentrados en los "sachets" de las damas. A veces cre- 
yérase en una vuelta a !a naturaleza, a las frescas prima- 
veras, pues brilla si-bre la armonía de una estrofa la 
sonrisa de Mayo. Es una nueva forma de la tentación, y 
si oís el canto de un mirlo será una invitación picaresca. 
Como su maestro de una malabaresa, Hannon se prenda 
de una funámbula, para la cual decora un interior a su ca- 
pricho, y a la que ofrece la sonata más amorosamente 
extravagante del arpa loca de sus nervios. Todo, para 
este sensual, es color, sonido, perfume; línea, materia. 
Baudelaire hubiera sonreído al leer este terceto: 

Lesandrigham, l^lang-YIang, laviolette 
De ma pále Beuté font une cassolette 
Vivante sur laquelle errent mes sensrodeurs. 

Si hay celos son celos del mar, que envuelve en un 
beso inmenso el cuerpo amado. He visto cuadros, mu- 
chos, que representan sugerentes escenas de baños de 
mar; pero ningún pintor ha llegado, a mi juicio, adonde 
este maldito belga que hasta en el agua inmensa y azul 
vierte filtros amatorios, como un brujo. En ocasiones es 
baña', emplea símiles prosaicos, como ferroviarios y geo- 
gráficos. Pero cuando canta las medias, esas cosas pro- 
saicas, os juro que no hay nada más original que esa poe- 
sía audaz y fugitiva; sobre una alfombra de seda e hilos 
de Escocia, danza la musa Serpentina uno de sus pasos 
más prodigiosos. Cuando llega Mayo, madrigaliza el 
poeta tristemente. No es raro: "Omnia animal post...", etc. 

A Louise Abbema dedica una linda copia rítmica de su 
cuadro "Lilas blancas"; ¡suave descanso! Pero es para en 
seguida abortar una estúpida y vulgar blasfemia. ¿Hannon 
ha querido imitar ciertos versos de Baudelaire? Baude- 
laire era proñinda y dolorosamente católico, y si escribió 
algunas de sus poesías "poiir épater les bourgeois", no 
osó nunca a Dios. Pasa Théodore Hannon con sus bebe- 
doras de fósforo: ésas son las musas y las mujeres que 

169 



R U B E N D^ ARIO 

le llevan la alegría de sus rimas; dedica ciertos limones a 
Cheret, y el pintor de ios joviales "affiches" gustará de 
esas limonadas; quema lo que él llama "incienso femeni- 
no", en una copa de Venus con carbones del Irfierno; 
pinta mares de espumosas ondas lesbianas y celebra a 
su amada de figura andrógina; es bohemio y errabundo, 
soñador y noctámbulo; prefiere las flores artificiales a las 
flores de la primavera; labra joyas, verdaderas joyas 
poética?, para modistas y perdularias; dice sus desenga- 
ños prematuros; nos describe a Jane, una diablesa; nos 
lleva a un taller de pintor en donde un pobre viejo mo- 
delo sufre su martirio; los Sonetos sinceros son tres can- 
ciones del amor moderno, llenas de rosas y de besos, y 
sus iconos bizantinos son obras de maestros de "degene- 
ración". Tomando per modelo las letanías infernales de 
Baudelaire, escribe las del Ajenjo, que, a decir verdad, 
le resultaron más que medianas. Su histerismo estalla al 
cantar la Histeria; su Mer enrhumée es una extrava- 
gancia. Canta a unos ojos negros y diabólicos que le que 
man el alma; canta el pecado. Nos presenta un cuadro 
de "toilette" que es adorable de arte y abominable de 
vicio; en sus versos se sienten todos los perfumes, y se 
miran todos los afeites y menjurjes de un tocador feme- 
nino, desde el coldcream diáfano, la leche de Iris. la 
Crema de Ninon, el blanco Emperatriz, el polvo divi- 
no, el polvo vegetal, hasta la azurina, el carmín, "Ixor", 
"new mownhay", "frangipane", "steplanotis"..., ¡qué sé 
yo!, todo en los más cristalinos, diamantinos, tallados, cin- 
celados, admiraoles frascos. ¡Raro poeta este Théodore 
Hannon! 



170 




El Condk de Lautréamont 




EL CONDE DE LAUTRÉAMONT 




\^^ u nombre verdadero se ignora. El conde de 
Lautrcaniont es pseudónimo. El 5e dice 
montevideano; pero ¿quién sabe ni* da de !a 
verdad de esa vida sombiía, pesadilla tal 
vez de algún triste ángel a q'jíen martiriza 
en el empíreo en recuerdo dei celeste Luci- 
fer? Vivió desventurado y murió loco. Escribió un libro 
que sería único si no existiesen las prosas de Rimbaud; 
un libro diabólico y extraño, burlón y aullante, cruel y 
penoso; un libro en que se oyen a un tiempo mismo los 
gemidos del Dolor y los siniestros cascabeles de la Lo- 
cura . 

León Bloy fué el verdadero descubridor del conde de 
Lautréamont. El furioso San Juan de Dios hizo ver como 
llenas de luz las llagas del alma del Job blasfemo. Mas 
hoy mismo, en Francia y Bélgica, fuera de un reducidísi- 
mo grupo de iniciados, nadie conoce ese poema que se 
llama Cantos de Maldoror, en el cual está vaciada la pa- 

173 



R U B _E_N ^_^ ^ I O 

vorosa angustia del infeliz y sublime montevideano, cuya 
obra me tocó hacer conocer a América en Montevideo. 
No aconsejaré yo a la juventud que se abreve en esas 
negras aguas, por más que en ellas se refleje la maravilla 
de las constelaciones. No sería prudente a los espíritus 
jóvenes conversar mucho con ese hombre espectral, si- 
quiera fuese por bizarría literaria, o gusto de manjar 
nuevo. Hay un juicioso consejo de la Kabala: "No hay 
que jugar al espectro, porque se llega a serlo": y si exis- 
te autor peligroso a este respecto, es el conde de Lau- 
tréamont. ¿Qué infernal cancerbero rabioso mordió a esa 
alma, allá en la región del misterio, antes de que viniese 
a encarnarse en este mundo? Los clamores del teófobo 
ponen espanto en quien los escucha. Si yo llevase a mi 
musa cerca del lugar en donde el loco está enjaulado vo- 
ciferando al viento, le taparía los oídos. 

Como a Job, le quebrantan los sueños y le turban las vi- 
siones; como Job, puede exclamar: "Mi alma es cortada en 
mi vida; yo soltaré mi queja sobre mí y hablaré con amar- 
gura de mi alma." Pero Job significa "el que llora"; Job 
lloraba y el pobre Lautréamont no llora. Su libro es un 
breviario satánico, impregnado de melancolía y de tris- 
teza. "El espíritu maligno— dice Quevedo en su Introduc- 
ción a la vida devota— se deleita en la tristeza y melanco- 
lía, por cuanto es triste y melancólico, y lo será eterna- 
mente." Más aún: quien ha escrito los Cantos de Maldoror 
puede muy bien haber sido un poseso. Recordaremos 
que ciertos casos de locura que hoy la ciencia clasifica 
con nombres técnicos en el catálogo de las enfermedades 
nerviosas, eran y son vistos por la Santa Madre Iglesia 
como casos de posesión, para los cuales se hace preciso 
el exorcismo. "¡Alma en ruinas!", exclamaría Bloy con 
palabras húmedas de compasión. 

Job: "El hombre nacido de mujer, corto de días y harto 
de desabrimiento .." 

Lautréamont: "Soy hijo del hombre y de la mujer, 
según lo que se me ha dicho. Eso me extraña. jCreía 
ser másl" 

Con quien tiene puntos de contacto es con Edgar Poe. 

174 



L O S R^ AROS 

Ambos tuvieron la visión de lo extranatura!, ambos 
fueron perseguidos por los terribles espíritus enemigos, 
«horlas> funestas que arrastran al alcohol, a la locura, o 
a la muerte; ambos experimentaron la atracción de las 
matemáticas, que son, con la teología y la poesía, los tres 
lados por donde puede ascenderse a lo infinito. Mas Poe 
fué celeste, y Lautréamont infernal. 

Escuchad estos am.argos fragmentos: 

«Señé que había entrado en el cuerpo de un puerco, 
que no me era fácil salir, y que enlodaba mis cerdas en 
los pantanos más fangosos. ¿Era ello como una recom- 
pensa? Objeto de mis deseos: ¡no pertenecía más a lahu- 
manidadl Así interpretaba yo, experimentando una más 
que profunda alegría. Sin embargo, rebuscaba activamen- 
te qué acto de virtud había realizado para merecer de 
parte de la Providencia este insigne favor... 

>¿Mas quién conoce sus necesidades íntimas o la causa 
de sus goces pestilenciales? La metamorfosis no pareció 
jamás a mis ojos sino como la alta y magnífica repercu- 
sión de una felicidad perfecta que esperaba desde hacía 
largo tiempo. ¡Por fin había llegado el día en que yo me 
convirtiese en un puerco! Ensayaba mis dientes sobre la 
corteza de los árboles; mi hocico, lo contemplaba con 
delicia. «No quedaba en mí la menor partícula de divini- 
dad>: supe elevar mi alma hasta la excesiva altura de 
esta voluptuosidad ineíable.> 

León Bloy, que en asuntos teológicos tiene la ciencia 
de un doctor, explica y excusa en parte la tendencia blas- 
fematoria del lúgubre alienado, suponiendo que no fué 
sino un blasfemo por amor. «Después de todo, este odio 
rabioso para el Creador, para el Eterno, para el Todopo- 
deroso, tal como se expresa, es demasiado vago en su 
objeto, puesto que no toca nunca los Símbolcs>, dice. 

Oíd la voz macabra del raro visionario. Se refiere a los 
perros nocturnos, en este pequeño poema en prosa, que 
hace daño a los nervios. Los perro» aullan «sea como un 
niño que grita de hambre; sea como un gato herido en el 
vientre, bajo un techo; sea como una mujer que pare; sea 
como un moribundo atacado de la peste, en el hospital; 

175 



RUBÉN DARÍO 

sea como una joven que canta un aire sublime — contra las 
estrellas al Norte, contra las estrellas al E^ite, contraías 
estrellas al Sur, contra las estrellas al Oeste; contra la 
luna; contra las montañas, semejantes, a lo lejos, a rocas 
gigantes, yacentes en la obscuridad; — contra el aire frío 
que ellos aspiran a plenos pulmones, que vuelve lo inte- 
rior de sus narices rojo y quemante; contra el silencio de 
la noche; contra las lechuzas, cuyo vuelo oblicuo les roza 
los labios y las narices, y que llevan un ratón o una rana 
en el pico, alimento vivo, dulce para la cría; contra las 
liebres que desapareen en un parpadear; contra el ladrón 
que huye, al galope de su caballo, después de haber co- 
metido un crimen; contra las serpientes agitadoras de 
hierbas, que les ponen temblor en sus pellejos y les ha- 
cen chocar los dientes; — contra sus propios ladridos, que 
a ellos mismos dan miedo; centra los sapos, a los que 
revientan de un solo apretón de mandíbulas (¿para qué 
se alejaron del charco?); contra los árboles, cuyas hojas, 
muellemente mecidas, son otros tantos misterios que no 
comprenden, y quieren descubrir con sus ojos fijos inte- 
ligentes; — contra las arañas suspendidas entre las largas 
patas, que suben a los árboles para salvarse; contra los 
cuervos que no han encontrado qué comer durante el día 
y que vuelven al nido, el ala fatigada; contra las rocas de 
la ribera; contra los fuegos que fingen ra.ástiles de navios 
invisibles; contra el ruido sordo de las olas, contra los 
grandes peces que nadan mostrando su negro lomo y se 
hunden en ei abisiBo, — y conlra el hombre que les es- 
claviza =. 

■iUn día, con ojos vidriosos, me dijo mi madre: — Cuan- 
do estés en tu lecho, y oigas los aullidos de los perros en 
la campaña, ocúltate en tus sábanas, no rías de lo que 
ellos hacen; ellos tienen una sed insaciable de lo infinito, 
como yo, como el resto de los humanos, a la «figure palé 
et longue...» «Yo — sigue él — , como los perros, sufro la 
necesidad de lo infiuito. ¡No puedo, no puedo llenar esa 
necesidad » Es ello insensato, delirante; «mas hay algo 
en el fondo que a los reflexivos hace temblar». 

Se trata de un loco, ciertamente. Pero recordad que el 

176 



L O S RAROS 

«deus» enloquecía a las pitonisas y que la fiebre divina 
de los profetas producía cosas semejantes: y que el autor 
«vivió> eso, y que no se trata de una «obra literaria», 
sino del grito, del aullido de un ser sublime martirizado 
por Satanás. 

El cómo se burla de la belleza — como de Psiquis, por 
odio a Dios — lo veréis en las siguientes comparaciones, 
tomadas de otros pequeños poemas: 

"... El gran duque de Virginia era bello, bello como 
una memoria sobre la curva que describe un perro que 
corre tras de su amo..." "El vautour des agneaux, bello 
como la ley de ia detención del desarrollo del pecho en 
los adultos cuya propensión al crecimiento no está en 
relación con la cantidad de moléculas que su organismo 
se asimila... El escarabajo, "bello como el temblor de las 
manos en el alcoholismo..." 

El adolescente, "bello como la retractilidad de las 
garras de las aves de rapiña", o aun "como la poca segu- 
ridad de los movimientos musculares en las llagas de las 
partes blandas de la región cervical posterior", o, toda- 
vía, "coruo esa trampa perpetua para ratones, "toujours 
retendu par l'animal pris, qui peut prendre seu! des ron- 
geurs indéfiniment, et fonctionner méme caché sous la 
paille", y sobre todo, bello "como el encuentro fortuito, 
sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y 
un paraguas. ..> 

En verdad, oh espíritus serenos y felices, que eso es 
de un "humor" hiriente y abominable. 

¡Y el final del primer canto! Es un agradable cumpli- 
miento para el lector ei que Baudelaire le dedica en las 
Flores del Mal, a! lado de esta despedida: " Adieu viellard, 
et pense k mol, si tu ra'as lu. Toi, jeune homme, ne te 
desespere point; car tu as un ami dans le vanpire, malgré 
on opinión contraire. En comptant l'acarus sarcopte qui 
produit la gale, tu auras dcux arais." 

El no pensó jamás en la gloria literaria. No escribió 
sino para sí mismo. Nació con la suprema llama genial, y 
esa misma le consumió, 

El Bajísimo le poseyó, penetrando en su ser por la tris- 

12 177 



B ü B E N D A R I O 

tcza. Se dejó caer. Aborredíí al hombre y detestó a 
Dios. En las seis partes de su obra, sembró una flora en- 
ferma, leprosa, envenenada. Sus animales son aquellos 
que hacen pensar en las creaciones del Diablo: el sapo, 
el buho, la víbora, la araña. La desesperación es el vino 
que le embriaga. La Prostitución es para él el misterio- 
so símbolo apocalíptico, entrevisto por excepcionales es- 
píritus en su verdadera transcendencia: "Yo he hecho un 
pacto con la Prostitución, a fin de sembrar el desorden en 
las familias... ¡ay! ¡ay...! grita la bella mujer desnuda: los 
hombres algún día serán justos. No digo más. Déjame 
partir, para ir a ocultar en el fondo del mar mi tristeza 
infinita. No hay sino tú y los monstruos odiosos que bu- 
llen en esos n*=gros abismos, que no me desprecien". 

Y B!oy: «E! signo incontestable del gran poeta es la 
<inconsciencia» profética, la turbadora facultad de profe- 
rir sobre los hombres y el tiempo palabras inauditas cuyo 
contenido ignora él mismo. E^a es la misteriosa estampi- 
lla del Espíritu Santo sobre las frentes sagradas o profa- 
nas. Por ridículo que pueda ser, hoy, descubrir un gran 
poeta y descubrirle en una casa de locos, debo declarar 
en conciencia que estoy cierto de haber realizado el 
hallazgo. > 

El poema de Lautréamont se publicó hace diez y siete 
años en Bélgica De la vida de su autor nadase sabe. Los 
<modernos> grandes artistas de la lengua francesa se 
hablan del libro como de un devocionario simbólico, raro, 
inencontrable. 



173 




Paul Adam 




PAUL ADAM 




[E cuando en cuando, la primera página del 
Journal viene como pesada. Dos, tres, cua- 
tro columnas nutridas, negras, casi de una 
sola pieza, hacen ya adivinar la firma. Y el 
lector avisado se prepara, alista bien su ca- 
beza, limpíalos cristales del entendimiento, 
y recibe el regalo con placer y confianza. Es el artículo 
de Paul Adam. Y es como salir al campo, o a la orilla del 
mar. Hay, pues, algo más que el aposento perfumado, los 
senos lujuriosos, los chismes déla condesa, los cancanes 
de la política, las piernas de las bailarinas y las evolucio- 
nes del protocolo. La sensación es de extrañeza al pro- 
pio tiempo que de satisfacción Salir de la perpetua casa 
de cita, del perpetuo bar, de los perpetuos bastidores, 
del perpetuo salón "oü l'on flirte"; dejar la compañía de 
lechuguinos canijos y de vírgenes locas de su cuerpo, por 
la de un hombre fuerte, sano, honesto, franco y noble 
que os señala con un hermoso gesto un gran espectáculo 
histórico, un vasto campo moral, un alba estética, es cier- 

181 



R U B^ E N D AR l_0 

tamente consolador y vigorizante. Los politiqueros de la 
patriotería dan vueltas cada mañana al mismo cantar. 
Rocheíort redobla cotidianamente en su viejo tambor, 
furioso; Drumont destaza su semita de costumbre; Cop- 
pée, inválido lírico metido a sacristán, se pone a la par 
del ridículo Derouléde; los escritores de la literatura ex- 
plotan sus distintos lenocinios; M. Jean Lorrain cuenta 
sus historias viciosas de siempre; Mendés, cuya porno- 
grafía de color de rosa no está ya de moda, hace la crítica 
teatral, generalmente plástica; Fouquier, el maestro pe- 
riodista, da lecciones útiles y generosas — entre todos, 
más alto, más joven, más enérgico, más vigoroso, Paul 
Adam aparece, al lado de Mirbeau; llega con su mi= 
sióD, obligatoria y dignificadora, y ara en la prensa, en e] 
campo malsano de esta prensa, con su deber, firme 
arado. 

Yo admiro profundamente a M. Paul Adam. Noble por 
íamilia y origen, se ha consagrado a una tarea de solida- 
ridad humana, cuyos frutos se vierten para los de abajo. 
Dueño de una voluntad, propietario de un carácter, fe» 
cundo de ideas, pictórico de conocimientos, archimillona- 
rio de palabras, ha desdeñado la parada ele un Barres, 
que le hubiera conducido a una diputación, ha rechazado 
los flonflones de la literatura fáci!, la "glorióle" de ¡os 
éxitos azucarados: ha podado su antiguo estilo de ramas 
superfluas; ha puesto su cuño de pensamientos circulan- 
tes en pleno sol', en plena claridad; se ha ido a vivir fue- 
ra de París, para trabajar mejor; y diciendo la verdad, 
clamando al porvenir, recorriendo lo pasado, estudiando 
lo presente, sacudiendo la historia, escarbando naciones, 
da, periódicamente, su ración de bien para quien sepa 
aprovecharla. 

No haya vacilación en creer que éstos son pocos. Para 
los de abajo, la elevación menta!, la frase simplificada y 
amacizada de M. Paul Adam no es fácilmente accesible; 
para los puros ideólogos, este organizador, este lógico, 
este filósofo de combate, no inspira completa confianza. 
Por otra parte, la media intelectualidad halla la selva de- 
masiado tupida, y la aspereza es enemiga del hacha, en- 

182 



L O S R^ __ A _^R O S 

cuentra el mar muy peligroso, y cree más agradable fu- 
mar, sentada en una piedra de la orilla, por donde los 
ensueños pasan y se cogen con la mano. 

Hablando recientemente con el poeta Morcas, cuyos 
olímpicos juicios son conocidos y sonreídos, pregúntele su 
opinión su antiguo colaborador y amigo. Con las condi- 
ciones que él suele establecer, el amable descontentadizo 
me concedió; "Mais il est tres fort, tout de mémel" Sabi- 
do es que M. Paul Adam comenzó en el grupo de los que 
en un tiempo ya lejano se llamaron simbolistas y deca- 
dentes, y que escribió en unión de Moreas l^es demoi- 
selles Coubert y Le thé chcz Miranda, con un estilo ultra- 
exquisito, jeroglifico casi y quintaesenciado, obras en 
que se llevaba al extremo un propósito intelectiiai, para 
dejar mej 01 asentadas las doctrinas ent nces flamantes 
que producirían en lo futuro muchos fracasados, pero 
algunos nombres que ilustran la prosa y la poesía fran- 
cesas contemporáneas, y que, recorriendo el mundo, cau- 
sarían en todos los países y lenguas civilizados mo- 
vimientos provechosos. ¿Qaién reconocería al pintor 
extraño de aquellas decoracices y al tejedor de aque- 
llas sutiles telas de araña en el musculoso manejador de 
mazas dialécticas, fundidor de ideas regeneradoras y tra- 
bajador triptolémico de ahora? 

Amontona en la balanza del pensamiento francés libro 
sobre libro, y ya su obra pesa como la carga de cien gra- 
neros. Esta transformación la ha operado la voluntad 
guiadora de la labor: la labor oí denada que lleva su pro- 
pósito, y la conciencia que hace cumplir con la tarea que 
se creó una obligación, una obligación para con su propia 
personalidad, que se difunde en el bien de su patria, la 
Francia, y, por lo tanto, en favor de toda la estirpe hu- 
mana. 

Desde Soi, hasta sus novelas de alta psicología históri- 
ca, una obra enorme atestigua la potencia de ese singular 
entendimiento. Sus reconstrucciones bizantinas son de un 
encanto dominador, y junto a lo concreto de la época, 
brilla el lujo de un tesoro verbal único, de un decir que 
no admite complementos, total. Batallista, arregla, táctico 

183 



R U^ B E N D^ A R I O 

de estilo, sus escenas y su decoración, con una magistra- 
lidad soberbia y matemática. Y conciso en lo abuudoso, 
rico de perspectivas, de líneas y colores, con dos o tres 
pincelazos planta su cuadro a la vista, neto, definitivo. 
En sus estudios del alma de las muchedumbres, como en 
sus análisis de tipos psíquicos, su fino espíritu ahonda y 
aclara, en súbitos golpes de luz, los más hondos recodos. 
Y jamás el sordo nórdico, la cosa germana, o la cosa es- 
candinava, o la cosa rusa, le han perturbado o fascinado 
en su camino. M. Paul Adam peimanece francés, nada 
más que francés, y lleno del soplo de su ■ípoca, cumple 
con su deber actual, pone su contingente en la labor de 
ahora y hace lo que puede por ver si no es imposible la 
regeneración, la consecución de un ideal de grandeza fu- 
tura, humano, seguro }• positivo. 

No creáis que f orque su amor a la justicia y su pasión 
de belleza y de verdad le conduzcan a la exaltación de 
las ocultas fuerzas populares, haya en él ni un solo mo- 
mento, un adulador de muchedumbres, ni un político de 
oportunidades, ni un cantor de marsellesas y carmañolas. 
Moralmente, es un aristócrata, y no confundirá jamás su 
alma superior, en el mismo rango o en la misma oleada 
que la de los rebaños pseudosocialistas. El obra en pro 
de los trabajadores; lleva su utopía por el sendero en 
que se suele encontrar el casi imposible sueño de la su- 
presión de la mi'-eria y del desaparecimiento de los ejér- 
citos guerreros. Un critico sutil y penetrante, M. Camille 
Mauciair, concentra en estas palabras la sociología de 
M. Paul Adam: 

"Para él no hay más que un asunto en los libros y en 
la vida: la lucha de la fuerza y del espíritu. El opone la 
fuerza creadora a !a destrucción, la fecundidad activa al 
nihilismo de la guerra, el internacionalismo al "chauvi- 
nismo", los conflictos de clases a los conflictos de nacio- 
nes, el intelectualismo al militarismo, Lucifer y Prome- 
teo a Júpiter y a Jehová, dioses de la fuerza brutal." 

M. Paul Adam es un intelectual, en el único sentido 
que debía tener esta palabra. El pone en el intelecto la 
fuente del perfeccionamiento, y da a la idea su valor de 

184 



L q_ s n^ A ^ o s 

multiplicación vital y de repartidora de bienes en la mu- 
chedumbre humana. 

Si M. Paul Adam, guiado por su voluntad de siempre, 
quisiese un día ir a la acción política, a la lucha directa, 
sería un gran conductor de pueblos; pero me temo mucho 
que tuviese la suerte de un héroe ibseniano. En las mu- 
chedumbres no tienen éxito los cerebrales; el sentimenta- 
lismo priva en seres casi instintivos. El puello oye y en- 
tiende con mayor placer y facilidad las tiradas tricolores 
de un Coppée que las altas palabras de quien se desinte- 
resa de las bajas aventuras presentes, y desea formar ca- 
racteres, hacer vibrar noblemente las conciencias y asen- 
tar y rehacer y solidificar la patria. 

Una de las fases más simpáticas y sobresalientes de 
M. Paul Adam es su faz de periodista. El Tricmphe des 
mediocres es una obra maestra en su género. Sin la es- 
candalosa escatología páimica de León Bloy, sin las far- 
sas o compadrerías de un Drumont o de un Rocheíort, 
ha blandido las más bien templadas ideas, ha herido mu- 
cho y bien en esas carnes sociales, ha flagelado costum- 
bres, se ha burlado duramente de los carnavales políti- 
cos, de las paradas monarquistas, de la caridad falsa, de 
la ciencia abotonada y de palmares; ha denunciado a 
inicuos, a sinvergüenzas y mercaderes de patriotismo, 
falsos socialistas, aristocráticas fantochesas, cepilladores 
de moral y remendones de la virginidad literaria. 

¡Y qué hermosa prosa, de un lirismo sofrenado, que va 
latigueando a un lado y otro, sin desbocarse, sin sobre- 
saltos, sin caídas, que dice lo que hay que decir, y nada 
más; que tiene el adverbio justo, el verbo propio, y que 
clava el adjetivo como un rejón, de manera que queda 
vibrante, a?raigado y segurol No hay duda de que M. Paul 
Adam es uno de los maestros de la prosa contemporánea, 
en ese maridaje estupendo de la claridad con la energía, 
la vivacidad con la fiereza y el ímpetu con la ponde- 
ración. 

Y este vigoroso, que tiene la medula de un sabio y las 
alas de un artista, llena su misión, con la mayor serenidad 
y tranquilidad, no lejos del sonoro y ronco maelstrom de 

185 



R U_ B E N ^_:^ ^ / 2 

París, Uno de los mayores bienes que su personalidad es= 
parce es ese continuo ejemplo de actividad, esa incesante 
campaña, esa inextinguible ansia de trabajar, y de traba- 
jar bien. "La lucha por el pan, por el oficio de escritor y 
de periodista, salva a los fuertes de la abstracción esté- 
ril", dice M. Mauclair. Y dice bien. A pesar de su aleja- 
miento de centros y camarillas, o por esto mismo, creo 
que se le respeta y se le reconoce como el más potente y 
el más noble. Al verle así, en su aislada residencia, sin 
mezclarse en las locuras y chismes y revueltas parisien- 
ses, cultivando su vasto talenío con tanta voluntad y tan- 
to tino, me suelo imaginar a uno de esos gentiles hom- 
bres de la campaña, que mientras la ciudad danza y se 
prostituye, siembran sus campos, tranquilos y laborio- 
sos, y llenan, llenan sus trojes; y cuando la peste llega y 
llega el hambre a la ciudad, dan la limosna de sus grane- 
ros, abren sus depósitos, brindan sus almacenes. 
Y quizá muy pronto tenga hambre Francia. 




186 





MAX NORDAU 



|i distinguido colega en La Nación, Dr. Schim- 
per, se ocupó el año pasado del primer vo- 
lumen de Eiüartung, de Max Nordau. Ha 
poco ha aparecido el segundo: la obra está 
^'¿-■^ ya completa. Una endiablada y extraña Lu- 

crecia Borgia, doctora en medicina, dice en 
alemán, para mayor autoridad, con clara y tranquila voz, 
a todos los convidados al banquete del ai te moderno: 
"Tengo que anunciaros una noticia, señores míos, y es 
que todos estáis locos." En verdad, Max Nordau no deja 
un solo nombre, entre todos los escritores y artistas con- 
temporáneos de ¡a aristocracia intelectual, al lado del cual 
nos estriba la correspondiente clasificación diagnóstica: 
''imbécil", "idiota", "degenerado", "ioco peligroso". Re- 
cuerdo que una vez, al acabar de leer uno de los libros 
de Lombroso, quedé con la obsesión de la idea de una 
locura poco menos que universal. A cada persona de mi 
conocimiento le aplicaba la observación del doctor italia- 
no, y resultábame que, unos por fas, otros por nefas, to- 
dos mis prójimos eran candidatos al manicomio. Recien - 

187 



R U_ ^ E N D A R^J^ O 

teraente una obra nacional digna de elogio, Pasiones, de 
Ayarragaray, llamó mi atención hacia la psicología de 
nuestro siglo y presentó a mi vista el tipo del médico 
moderno que penetra en lo más íntimo del ser humano. 
Cuando la literatura ha hecho suyo el campo de la fisio- 
logía, la medicina ha tendido sus brazos a la región obs- 
cura del misterio. 

Allá a lo lejos vense a Moliere y Lesage atacar a jerin- 
gazos a los esculapios. Había cierta inquina de los hom- 
bres de pluma contra los médicos, y el epigrama y la sá- 
tira teatral no desperdiciaban momento oportuno para 
caer sobre los hijos de Galeno. Sangredo había nacido, y 
no todo él, del cerebro de su creador, pues sabemos por 
Mí-x Simón que Sangredo vivió en carne y hueso en la 
personalidad del médico Hecquet. El mismo Max Simón 
hace notar la acrimonia especial con que el más ilustre 
de los poetas cómicos y el más grande de los novelistas 
de su época atacaron a los médicos. En uno y otro, dice, 
se nota un verdadero desprecio por el arte que profesan 
aquellos a quienes atacan. Moliere, irónico y fuerte; Le- 
sage, injurioso y despreciativo, están siempre listos con 
sus aljabas. Monsieur Furgón, formalista, aparatoso y cié- 
go de intelecto, y los dos Tomases Diafoirus, aparecieron 
como encarnaciones de una ciencia tan aparatosa como 
falsa. Sangredo fué, según Walter Scott, el mismo Hel- 
vecio. En resumen, los ataques literarios se dirigían con- 
tra los doctores dé sangría y agua tibia. Son los tiempos 
en que Hecquet publica Le Brigandage de la Médecine, 
en el cual están en su base los principios de Gil Blas, y 
en el que eran más que comunes diálogos a la manera 
del que en una obra del gran cómico sostienen Desfonan- 
drés y Tomes. 

Si los médicos del siglo xvii se enconaron con las bro- 
mas de Moliere, los del siglo xviii no fueron tan quisqui- 
llosos con las sátiras de Lesage (i). En nuestro siglo, la 
última gran campaña literaria, el movimiento naturalista 



(i) Max Simón. 
V8 



LO S RAR O S 

dirigido por Zola, tiene por padre a un médico, Claudio 
Bernard. En tanto que la literatura investiga y se deja 
arrastrar por el impulso científico, la medicina penetra al 
reino de las letras; se escriben libros de clínica tan ame- 
nos como una novela. La psiquiatría pone su lente prác- 
tico en regiones donde solamente antes había visto claro 
la pupila ideal de la poesía. Ante el profesor de ¡a Salpe- 
triére, junto con ios estudiantes han ido los literatos. Y 
en el terreno crítico, cierta crítica tiene por base estudios 
recientes sobre el genio y la locura: Lombrcso y sus se- 
guidores. 

Guyau, ei admirable y joven sabio, sacrificó en las aras 
de los nuevos ídolos científicos. El comprobó, como un 
profesor que toma el pulso, el estado patológico de su 
edad, el progreso de fiebre moral siempre en crecimiento. 
El juntó en un capítulo de un célebre libro a los neurópa- 
tas y delincuentes, como invasores, como conquistadores 
victoriosos en el reino de la literatura, "Et s'y font une 
place to''S les jours plus grande*'— decía de ellos. Como 
principal síntoma dei mal del siglo, señala la manifesta- 
ción de un hondo sufrimiento, el impulso al dolor, que 
en ciertos e- píritus puede llegar hasta el pesimismo. El 
tipo que el filósofo presenta es aquel infeliz Imbert Ga- 
lioix, cu^-a pálida figura pasará al porvenir iluminada en 
su dolorosa expresión por un rayo piadoso de la gloria 
de Víctor Hugo. ¡Y bien!, si la desgracia es desequilibrio, 
bien está señalado imbert Galloix. Ese gran talento gemía 
bajo la más amarga de las desventuras. Sentirse poseedor 
del sagrado fuego y no poder acercarse al ara; luchar 
con la pobreza, estar lleno de bellas ambiciones y encon= 
trarse solo, abandonado a sus propias fuerzas en un 
campo donde la fortuna es la que decide, es cosa áspera 
y dura, A propósito de un joven cubano poeta muerto 
recientemente en París — ¡Augusto de Armas, uno de tan- 
tos Imbertos Galloix! — dice con gran razón el brillante 
Aniceto Valdivia: ^Sólo un temperamento de toro, como 
el de Balzac, puede soportar sin rajarse el peso de ese 
mundo de desdenes, de olvidos, de negaciones, de injus™ 
tos silencios bajo el cual ha caído el adorable poeta de 

189 



RUBÉN D A B I O 

Rimes Byaantines'.'Lz autopsia espiritual que del desgra- 
ciado joven ginebrino hace el sereno analizador sociólo- 
go, me parece de una impasibie crueldad. 

Aquí de las comparaciones que ofrece la nueva ciencia 
penal, entre los desequilibrados, locos y criminales. Por- 
que un cierto Cimraino, bandido napolitano, se ha hecho 
tatuar en el pecho una frase de desconsuelo, quedan con- 
denados a la comparación más curiosamente atroz todos 
los admirables melancólicos que representan ia tristeza 
en ia literatura. El nombre de Leopardi, por ejemplo, 
aparecerá en Ja más infame promiscuidad con el de cual- 
quier núvnero de penitenciaría o de presidio, por obra de 
tal razonamiento de Lacassegne o de tal opinión de Lom- 
broso. En las especializaciones de Max Nordau la falta 
de justicia se hace notar, agravándose con una de las más 
extrañas inquinas que pueden caber en critico nacido. 
Bien trae a cuento Jean Thorel un caso giacioso, que 
aquí citaré con las misraa^i palabras del escritor: "Recuer- 
do haber leído una vez en una revista inglesa un largo 
estudio, muy concienzudo, de argumentación apretada e 
irrefutable, que probaba— que no se contentaba con afir- 
mar, sino que probaba con numerosos ejemplos — que 
Víctor Hugo era un esciitor sin talento y un execrable 
poeta. Para m.ejor convencer a sus lectores, el crítico que 
se había señalado la tarea de «demoler> a Víctor Hugo, 
había tenido cuidado de acompañar cada una de sus ci- 
tas de una notita c^ue hacía conocer el título de la obra de 
que se había extraído la cita, con todas sus indicaciones 
accesorias, lugar y año de publicación, número de la edi- 
ción, cifra de la página cuyo era el verso citado, etc. 
Y se tenía inmediatamente el sentimiento de que si en 
verdad se hallaba en tal página de tal libro el mal verso 
que se acaba de leer én la revista, Víctor Hugo era, real- 
mente, un poeta lastimoso. Me decidí temblando a llevar 
a cabo este verificación, y encontré que cada vez que el 
picaro verso estaba en realidad en el libro indicado, des- 
cubría también al mismo tiempo que al lado de ese había 
diez, cien o mil versos que eran de una completa belleza.» 
Tiene razón Jean Thorel. Max Nordau condena el poema 

190 



LOS R A ROS 

entero por un verso cojo o luxado; y al arte entero, por 
uno que otro caso de raorbosismo mental. Para estimar 
la obra de los escritores a quienes ataca, pues principal- 
mente por los frutos declara él la enfermedad del árbol, 
parte de las observaciones de los alienistas en sus casos 
de los manicomios. Al tratar Guyau de los desequilibra- 
dos, hablaba de *esas literaturas de decadencia que pa- 
recen haber tomado por modelos y por maestros a los 
locos y ios delincuentes". Nordau no se contenta con di- 
rigir su escalpelo hacia Verlaine, el gran poeta desven- 
turado, o a uno que otro extravagante de los últimos 
cenáculos de las letras parisienses. El sentencia a deca- 
dentes y estetas, a parnasianos y diabólicos, a ibsenistas 
y neomisticos, a prerrafaelistas y tolstoístas, wagnerianos 
y cultivadores del yo; y si no lleva su análisis implacable 
con mayor fuerza hacia Zola y los suyos, no es por falta 
de bríos y deseos, sino porque el naturalismo yace ente- 
rrado bajo el árbol genealógico de los RougonMacquart. 

Una de las cosas que señala en los modernos artistas 
como signo inequívoco de neuropatía, es la tendencia a 
formar escuelas y agrupaciones. Sería deliciosamente 
peregrino que por ese solo hecho todas las escuelas an- 
tiguas, todos los cenáculos, desde el de Sócrates hasta el 
de N. S. Jesucristo y desde el de Ronsard hasta el de 
Víctor Hugo, mereciesen la calificación inapelable de la 
nueva crítica científica. 

Otras causas de condenación: amor apasionado del 
color: fecundidad: fraternidad artística entre dos; esta 
afirmación que nos dejará estupefactos, gracias a la 
autoridad del sabio Sollier: es una particularidad de los 
idiotas y de los imbéciles tener gusto por la música. Tho- 
rel señala una contradicción del crítico alemán que apa- 
rece harto clara. La música, dice éste, no tiene otro obje- 
to que despertar emociones; por tanto, los que se entregan 
a ella son o están próximos a ser degenerados, por razón 
de que la parte del sistema nervioso que está dotada de 
la fí-cultad de emotividad, es anterior atávicamente a la 
substancia gris del cerebro, que es la encargada de la 
representación y juicio de las cosas; y el progreso de la 

191 



R U B E N D Á R 10 

raza consiste en la superioridad que adquiere esta parte 
sobre la primera. Entretanto Nordau coloca entre loa 
grandes artistas de su devoción a un gran músico: Beetbo- 
ven. De más está decir que las ideas que Max Nordau 
profesa sobre el arte son de una estética en extremo sin- 
gular y utilitaria. El carro de hierro, la ciencia, ha des- 
truido según él los ideales religiosos. No va ese carro 
tirado, ciertamente, por una cuadriga de caballos de Atila. 
Y hoy miámo, en el campo de la humanidad, después del 
paso del monstruo científico, renacen árboles, llenos de 
flores de fe. Tampoco el arte podrá ser destruido. Los 
divinos semi-locos "necesarios para el progreso", vivirán 
siempre en su celeste manicomio consolando a la tierra 
de sus sequedades y durezas con una armoniosa lluvia de 
esplendores y una maravillosa riqueza de ensueños y de 
esperanzas. 

Por de pronto, en Degeneración los números de hospi- 
tal, entre otros, son los siguientes: Tolstoy — puesto que 
lleno de una santa pasión por el mujick, por el pobre cam- 
pesino de su Rusia, se enciende en religiosa caridad y ali- 
via el sufrimiento humano, queda señalado. Queda señala- 
do también Zola, ese búfalo; Dante Gabriel Rossetti tiene 
su pareja en tal casa de orates, en tal lesionado que pa- 
dece de alalia. Esto a causa de los motivos musicales de 
algunos de sus poemas que se repiten con frecuencia. 
Deben acompañar lógicamente en su desahucio al ex- 
quisito prerrafaelista los bucólicos griegos, los autores 
de himnos medioevales, ios romancistas españoles y los 
innumerables cancioneros que han repetido por gala 
rítmica una frase dada en el medio o en el fin de sus 
estrofas. El admirado universalmente por su alta crítica 
artística, Ruskin, queda condenado: es la causa de su 
condenación el defender a Burne Jones y a la escuela 
prerrafaelista. En el proceso del libro, desfilan los sim- 
bolistas y decadentes. El ilustre jefe, el extraño y caba- 
lístico Mallarmc con el pasaporte de su música encanta- 
dora y de sus brumas herméticas, no necesita más para 
el diagnóstico. Charles Morice, de larga cabellera y de 
grandes ideas, al manicomio^ Lo mismo Regnier, el or- 

192 



L 0___S RAROS 

gulloso ejecutante en el teclado del verso; Julio L'^forgue, 
que con la introducción del verso falso ha hecho tantas 
exquisiteces; Paul Adam, que ya curado de ciertas exa- 
geraciones de juventud, escribe sus Princesas Bizan- 
tinas; Stuart Merril, prestigioso rimador yanqui-francés; 
Laurent Tailhade, que resucita a Rabelais después de 
cincelar sus joyas místicas. No hay que negarle mucha 
razón a Nordau cuando trata de Verlaine, con quien — en 
cuanto al poeta -es justo. Mas el que conozca la vida de 
Verlaine y lea sus obras, tendrá que confesar que hay 
en ese potente cerebro, no el grano de locura necesario, 
sino la lesión terrible que ha causado la desgracia de ese 
«poeta maldito». En cuanto a Rimbaud — a quien un 
talento tan claro como el de Jorge Vanor coloca entre los 
genios—, tan orate como él, aunque menos confuso, y a 
Tristan Corbiere, a quien sus versos marinos salvan... 
Después Rene Ghil y su tentativa de instrumentación, 
Gustavo Khan y su apreciación del valor tonal de las 
palabras son más bien— a mi ver — excéntricos literarios 
llevados por una concepción del arte, en verdad abstrusa 
y difícil. Y por lo que toca a Moreas, cuyo talento es 
sólido e innegable, y a quien por buena amistad personal 
conozco íntimamente, puedo afirmar que lo que menos 
tiene dañado es el seso. Risueño, poeta, conocedor de 
su París, ha sabido cortarle la cola a su perro, y nada 
más. 

Los wagnerianos van en montón , con el olímpico 
maestro a la cabeza. No oye el médico de piedra el eco 
soberbio de la floresta de armonías. Mientras Max Nor- 
dau escribe su diagnóstico, van en fuga visionaria Sig- 
frido y Brunhilda, Venus desnuda, guerreros y sirenas, 
Wotan formidable, el marino del barco -fantasma; y, lle- 
vado por el blanco cisne, alada góndola de viva nieve, 
rubio como un Dios de la Walhalla, el bello caballero 
Lohengrin. 

Pláceme la dureza del clínico para con el grupo de fal- 
sos místicos que trastruecan con extravagantes parodias 
los vuelos de la fe y las obras de religión pura . 

Así también a los que, sin ver el gran peligro de las 

13 193 



7^^ U B E N. DARÍO 

posesiones satánicas que en el vocabulario de la ciencia 
atea tienen también su nombre — penetran en las obscu- 
ridades escabrosas del ocultismo y de la magia, cuando 
no en las abominables farsas de la misa negra. No hay 
duda de que muchos de los magos, teósofos y hermetistas 
están predestinados para una verdadera alineación. 

Todos los médicos pueden testificar que el espiritismo 
ha dado muchos habitantes a las celdas de los manico- 
mios. 

Por la puerta del egoísmo entran los parnasianos y 
diabólicos, los decadentes y estetas, los ibsenistas, y un 
hombre ilustre que, desgraciadamente, se volvió loco: 
Federico Nietzsche. ¿El egoísmo es un producto de este 
siglo? Un estudio de la historia del espíritu humano, 
demostrará que no. 

No ha habido mejor defensor del egoísmo bien enten- 
dido, en este fin de siglo, que Mauricio Barres. Ya Saint- 
Simón, en la aurora de estos cien años, combatía el patrio- 
tismo en nombre del egoísmo. Y en el estado actual de 
la sociedad humana, ¿quién podrá extrañar el aislamiento 
de ciertas almas estilistas, de pie sobre su columna moral, 
que tienen sobre sí la mirada del ojo de los bárbaros? 

Entre los parnasianos, si no cita a todos los clientes de 
Lemerre, que con el oro de la rima le repletarán su caja 
de editor millonario, señala al soberbio Theo, que va a 
su celda, agitando la cabellera absalónica y junto con él 
Banville, el mejor tocador de lira de los anfiones de 
Francia. ¿Y Mendés? 

On y recontre aussi Mendés 
A qui nul rythme ne resiste, 
Qu'il chante TOlimpe ou l'Ades. 

También se encuentra allí Mendés, entre los degenera- 
dos, a causa de sus versos diamantinos y de sus floridas 
priapeas. Y al paso de los estetas y decadentes, lleva la 
insignia de capitán de los primeros Osear Wilde. Sí, 
Dorian Gray es loco rematado, y allá va Dorian Gray a 
su celda. No puede escribirse con la masa cerebral com- 

194 



LOS RAROS 

pletamente sana el libro Inteniions... Y lo que son los 
decadentes — jNordau, como todos los que de ello tratan, 
desbarra en la clasificación! — , van representados por 
Villiers de l'Isle-Adam, el hermano menor de Poe, por 
el católico Barbey d'Aureville... por el turanio Richepin; 
por Huyssmans, en fin, lleno de músculos y de fuerzas 
de estilo, que personificara en Des Esseintes el tipo 
finisecular del cerebral y del quintaesenciado, del manojo 
de vivos nervios que vive enfermo por obra de la prosa 
de su tiempo. Si sois partidarios de Ibsen, sabed que el 
autor de Reda Gabler está declarado imbécil. No citaré 
más nombres de la larga lista. 

Después de la diagnosis, la prognosis; después de la 
prognosis, la terapia. Dada la enfermedad, el proceso de 
ella; luego, la manera de curarla. La primera indicación 
terapéutica es el alejamiento de aquellas ideas que son 
causa de la enfermedad. Para los que piensan honda- 
mente en el misterio de la vida, para los que se entregan 
a toda especulación que tenga por objeto lo desconocido, 
"no pensar en ello". Cuando Ayarragaray entre nosotros 
señala el campo, la quietud, el retiro, "Cantaclaro" pro- 
testa. Nordau, pasando sobre el hegelianismo y el idea- 
lismo trascendental de Ficht en persecución del "egoísmo 
morboso", explica etiológicamente la degeneración como 
un resultado de la debilidad de los centros de percepción 
o de los nervios sensitivos; cuando trata de la curación 
debe permitir que sus lectores abran la boca en forma 
de O. Receta: prohibición de la lectura de ciertos libros, 
y, respecto a los escritores "peligrosos", que se les aleje 
de los centros sociales, ni más ni menos como a los laza- 
rinos y coléricos. Y "¡horresco reíerensl" que de no 
tomar tal medida, se les trate exactamente como ao s 
perros hidrófobos. Este seráfico sabio trae a la memoria 
al autor de la "Modesta proposición para impedir que 
los niños pobres sean una carga para sus padres v s u 
país, y medio de hacerles útiles para el público". Ya se 
sabe cuál era ese medio que Swift proponía "with the 
tread and gaiety of an ogre", que dice Trackeray: comerse 
a los chicos. Mas cuando Max Nordau habla del arte con 

195 



R_ U B E N D ARÍO 

el mismo tono con que hablaría de la fiebre amarilla o 
del tifus; cuando habla de los artistas y de los poetas 
como de "casos", y aplica la thanathoterapia, quien le 
sonríe fraternalmente es el perilustre Dr. Tribulat Bon- 
homet, "profesor de diagnosis", que gozaba voluptuosa- 
mente apretándoles el pescuezo a los cisnes de los estan- 
ques. El, antes de la indicación del autor de Entartung, 
había hecho la célebre "Moción respecto a la utilización 
de los terremotos". El odiaba científicamente a "ciertas 
gentes toleradas en nuestros grandes centros, a título de 
artistas", "esos viles alineadores de palabras, que son 
una peste para el cuerpo social". "Es preciso matarlos 
horriblemente", decía. Y para ello proponía que se cons- 
truyese en lugares donde fuesen frecuentes los temblores 
de tierra grandes edificios de techos de granito; y «allí 
invitaremos para que se establezca a toda la inspirada 
«ribambelle de ees pretendus Reveurs», que Platón que- 
ría, indulgentemente, coronar de rosas y arrojarlos de 
su República». Ya instalados los poetas, los «soñadores>, 
un terremoto vendría y el efecto sería el que caracterizaba 
Bonhomet con esta inquietante onomatopeya: 

lüKrrraaaakü! 

Pero el viejo Tribulat no era tan cruel, pues ofrecía 
dar a sus condenados a aplastamiento horizontes bellos, 
aires suaves, músicas armoniosas. Por tanto, yo, que ado- 
ro al amable coro de las musas y el azul de los sueños, 
preferiría, antes que ponerme en manos de Max Nordau, 
ir a casa del médico de Clara Lenoir, quien me enviaría 
al edificio de granito^ en donde esperaría labora de mo- 
rir saludando a la primavera y al amor, cantando las ro- 
sas y las liras y besando en sus rojos labios a Cloe, Ca- 
latea o Cidalisal 



196 




IBSEN 




o hace mucho tiempo han comenzado las ex- 
ploraciones intelectuales al Polo. Ya Lecon- 
te de Lisie había ido a contemplar la Natu- 
raleza y aprender el canto de las runoyas; 
Mendés a ver el sol de media noche y a ha- 
cer dialogar a Snorr y Snorra, en un poema 
de sangre y de hielo. Después, los Nordenskjold del pen- 
samiento descubrieron en las lejanas regiones boreales 
seres extraños e inauditos: poetas inmensos, pensadores 
cósmicos. Entre todos, hallaron uno, en la Noruega; era 
un hombre fuerte y raro, de cabellos blancos, de sonrisa 
penosa, de miradas profundas, de obras profundas. ¿Es- 
taba acaso en él el genio ártico? Acaso estaba en él el 
genio ártico. Parecería que fuese alto como un pino. Es 
chico de cuerpo. Nació en su país misterioso; el alma de 
la tierra en sus más enigmáticas manifestaciones, se le 
reveló en su infancia. Hoy, es ya anciano; ha nevado mu- 
cho sobre él; la gloria le ha aureolado, como una magni- 

197 



RUBÉN parí O 

fícente aurora boreal. Vive allá, lejos, en su tierra de 
fjords y lluvias y brumas, bajo un cielo de luz caprichosa 
y esquiva. El mundo le mira como a un legendario habi- 
tante del reino polar. Quiénes, le creen un extravagante 
generoso, que grita a los hombres la palabra de su sue- 
ño, desde su frío retiro; quiénes, un apóstol huraño; 
quiénes, un loco. ¡Enorme visionario de la niet^e! Sus ojos 
han contemplado las largas noches y el sol rojo que en- 
sangrienta la obscuridad invernal: luego miró la noche 
de la vida, lo obscuro de la humanidad. Su alma estará 
amargada hasta la muerte. 

Maurice Bigeon, que le ha conocido íntimamente, nos 
le pinta: "La nariz es fuerte, los pómulos rojos y salien- 
tes, la barbilla vigorosam.ente marcada; sus grandes ante- 
ojos de oro, su barba espesa y blanca donde se hunde lo 
bajo del rostro, le dan "l'air brave homme", la aparien- 
cia de un magistrado de provincia, envejecido en el car- 
go. Toda la poesía del alma, todo el esplendor de la inte- 
ligencia, se han refugiado, aparecen en los labios finos y 
largos, un tanto sensuales, que forman en las comisuras 
una mueca de altiva ironía; en la mxirada, velada y como 
abierta hacia adentro, ya dulce y melancólica, ya ágil y 
agresiva, mirada de místico y luchador, mirada turbado- 
ra, inquietante, atormentada, bajo la cual se tiembla, y 
que parece escrutar las conciencias. Y la frente, sobre 
todo, es magnífica, cuadrada, sólida, de potentes contor- 
nos, frente heroica y genial, vasta como el mundo de 
pensamientos que abriga. Y dominando el conjunto, 
acentuando todavía más esta impresión de animalidad 
ideal que se desprende de su fisonomía toda, una crina- 
da cabellera blanca, fogosa, indomable... 

... Un hombre, en resumen, de esencia especial, de tipo 
extraño, que inquieta y subyuga, cuyo igual es inencon- 
trable— un hombre que no se podría olvidar aunque se 
viviese cien años." 



Pues todo hombre tiene un mundo interior, y los varo- 
nes superiores tiénenlo en grado supremo, el gran es- 

198 



LOS RAROS 

candinavo halló su tesoro en su propio mundo. "Todo lo 
he buscado en mí mismo, todo ha salido de mi corazón." 

Es en sí propio donde encontró el mejor venero para 
estudiar el principio humano. Hizo la propia vivisección. 
Puso el oído a su propia voz y los dedos al propio pulso. 
Y todo salió de su corazón. ¡Su corazón! 

El corazón de un sensitivo y de un nervioso. Palpitaba 
por el mundo. Estaba enfermo de humanidad. 

Su organización vibradora y predispuesta a los cho- 
ques de lo desconocido, se templó más en el medio de la 
naturaleza fantasmal, de la atmósfera extraña de la pa- 
tria nativa. Una mano invisible le asió en las tinieblas. 

Ecos misteriosos le llamaron en la bruma. Su niñez fué 
una flor de tristeza. Estaba ansioso de ensueños, había 
nacido con la enfermedad. Yo me lo imagino, niño silen- 
cioso y pálido, de larga cabellera, en su pueblo de Skien, 
de calles solitarias, de días nebulosos. Me lo imagino en 
los primeros estremecimientos producidos por el espíritu 
que debía poseerle, en un tiempo perpetuamente cre- 
puscular, o en el silencio frío de la noche noruega. Su 
pequeña alma infantil, apretada en un hogar ingrato, los 
primeros golpes morales en esa pequeña alma frágil y 
cristalina, las primeras impresiones que le hacen com- 
prender la maldad de la tierra y lo áspero del camino por 
recorrer. Después, en los años de la juventud, nuevas as- 
perezas. El comienzo de la lucha por la vida y la visión 
reveladora de la miseria social. ¡Ah, él comprendió el 
duro mecanismo; y el peligro de tanta rueda dentada; y 
el error de la dirección de la máquina; y la perfidia de los 
capataces y la universal degradación de la especie. Y su 
alrna se hizo su torre de nieve. Apareció en él el lucha- 
dor, el combatiente. Acorazado, casqueado, armado, apa- 
reció el poeta. Oyó la voz de los pueblos. Su espíritu sa- 
lió de su restringido círculo nacional; cantó las luchas 
extranjeras; llamó la unión de las naciones del Norte; su 
palabra, que apenas se oía en su pueblo, fué callada por 
el desencanto; sus compatriotas no le conocieron; hubo 
para él, eso sí, piedras, sátira, envidia, egoísmo, estupi- 
dez: su patria, como todas las patrias, fué una espesa co- 

199 



RUBÉN DARÍO 

madre que dio de escobazos a su profeta. De Skien a 
Grimstad, a Cristianía. De la mano de Welhaven su espí- 
ritu penetra en el mundo de una nueva filosofía. Después 
del desencanto, halla otra vez su joven musa cantos de 
entusiasmo, de vida, de amor. En los tiempos de las pri- 
meras luchas por la vida había sido farmacéutico. Fué 
periodista después. Luego, director de una errante com- 
pañía dramática. Viaja, vive. De Dinamarca vuelve a la 
capital de su país, y se ocupa también en cosas de teatro. 
En su trato con los cómicos — tal Guillermo Shakespea- 
re — comienza a entrever el mundo de su obra teatral. 
Está pobre, no le importa; ama. Se enloquece de amor: 
tanto se enloquece, que se casa. Una dulce hija del pas- 
tor protestante fué su mujer. Imaginóme que la buena 
Daé Thoresen debe de haber tenido los cabellos del más 
lindo oro, y los ojos divinamente azules. 



Después de su Catilina, simple ensayo juvenil, el autor 
dramático surge. La antigua patria renace en La Caste- 
llana de Ostroett) los que conocéis la obra ibseniana, 
oiréis siempre el grito final de Dame Ingegerd, agonizan- 
te: "¿Lo que yo quiero? Un ataúd, un ataúd cerca del de 
mi hijo." Después Los Guerreros de Helgelandy esa rara 
obra de visionario. Recordad: 

"Hjordis. — El lobo, allí está, ¿lo ves? allí. No me deja 
nunca; me tiene clavados sus ojos rojos, incandescentes. 
¡Ah, Sigurd, es un presagio! Tres veces se me ha apare- 
cido, y seguramente eso quiere decir que moriré esta 
noche. 

Sigurd. — ¡HjordisI ¡Hjordis! 

Hjordis.— Acaba de desaparecer allá, en el suelo. 
Ahora, ya lo sé. 

Sigurd.— ¡Oh, Hjordis, ven, estás enfermo! Volvamos 
a casa. 

Hjordis. — No; esperaré aquí. Tengo muy poco tiempo 
de vida. 

Sigurd. — ¿Pero qué tienes? 

Hjordis.— ¿Qué tengo? No sé. Pero ya lo ves, tú has 

200 



LOS R A R O S 

dicho la verdad hoy. Gunuar y Daquy están allí, entre 
nosotros. Dejémosles. Dejemos esta vida; así podemos 
vivir juntos. 

Sigurd. — ¿Podemos? ¿Tú lo crees? 

Hjordis. — Desde el día en que has tomado otra mujer, 
yo estoy sin patria en este mundo», etc. 

Los pretendientes a la corona, donde hay el admira- 
ble diálogo entre el Poeta y el Rey, y el cual tiene que 
haber influido muy directamente en la forma dialogal ca- 
racterística de Maeterlinck, en sus dramas simbólicos, 
seguida en parte por Eugenio de Castro en su suntuoso 
Belkiss. Véase: 

El rey Skule. — Me hablarás de eso dentro de peco. 
Pero dime, Skalda, que has errado tanto por países ex- 
tranjeros, ¿has visto una mujer que ame al hijo de otra? 
Y cuando digo amar, entiendo amar no con un senti- 
miento pasajero, sino amar con todas las ternuras del 
alma. 

El poeta Jatgeir.— Eso no acontece sino a las mujeres 
que no tienen hijos. 

El rey. —¿A ellas solamente? 

El poeta. — Sobre todo a las que son estériles. 

El rey. — ¿Sobre todo a las que son estériles? ¿Aman 
entonces a los hijos de otra, con todas las ternuras de su 
alma? 

El poeta.- Sí, a menudo. 

El rey.— Y, ¿no es cierto? Sucede que esas mujeres 
estériles matan a los hijos de otra, despechadas de no 
haber tenido ellas. 

El poeta. — Sí. Pero eso no es obrar prudentemente. 

El rey. — ¿Prudentemente? 

El poeta. — No, no es obrar prudentemente, porque dan 
a aquellos cuyos hijos matan el don del sufrimiento. 

El rey. — Pero, ¿crees tú que el don del sufrimiento sea 
una buena cosa? 

El poeta. — Sí, señor. 

El rey. — Islandés, hay como dos hombres en ti. Estás 
entre la muchedumbre, en algún alegre festín, y pones un 
manto sobre tus pensamientos. Se está a solas contigo, y 

201 



RUB ÉN D^ ARIO 

te asemejas a los raros a quienes voluntariamente se es- 
cogería por amigos. ¿Por qué es así? 

El poeta. — Señor, cuando os queréis bañar en el río, 
no os desvestís cerca de donde pasan los que van a la 
iglesia, sino que buscáis un lugar solitario... 

El rey. — Naturalmente. 

El poeta. — ¡Y bien! yo también tengo el pudor del alma, 
y por eso es que no me desvisto cuando hay tanta gente 
en la sala. 

El rey. — ¿Eh? Cuéntame, Jatgeir, cómo has llegado a 
ser poeta y quién te ha enseñado la poesía. 

El poeta. — Señor, la poesía no se aprende. 

El rey. — ¡La poesía no se aprende! Entonces, ^cómo 
has hecho? 

El poeta.— He recibido el don del sufrimiento y así he 
he llegado a ser poeta. 

El rey. — Así, pues, ¿el don del sufrimiento es necesario 
al poeta? 

El poeta.— Para mí fué necesario; pero hay otros a 
quienes ha sido concedida la alegría, la fe o la duda. 

El rey. — ¿Aun la duda? 

El poeta. — Sí; pero es preciso que sea la duda de la 
fuerza y de la salud. 

El rey. — ¿Y cuál es la duda que no sea la de la fuerza 
y de la salud? 

El poeta. — Es la duda que d ida aun de su duda. 

El rey. — Paréceme que eso debe ser la muerte. 

El poeta. — Es más horrible que la muerte misma: son 
las tinieblas profundas», etc. 

La Comedia del Amor marca el humor fino que hay 
también en Ibsen, siempre a propósito de errores socia- 
les; y es una puerta de libertad, abierta al santo instinto 
humano de amor. 

Con la hostilidad de los cómicos cuya dirección tenía, 
y el clamor de odio y de villanía que contra él alzaron 
unos cuantos periodistas, tuvo que mostrar hombros de 
hierro, cabeza resistente, puños firmes. Su tierra le des- 
conocía, le desdeñaba, le odiaba, le calumniaba. Entonces 
sacudió el polvo de sus zapatos. Se va, mordiendo versos 

202 



L OS RARO _S 

contra el rebaño de tontos; se va, desterrado por la fosili- 
zada familia de retardatarios y de puritanos. Así, más se 
ahonda en su corazón el sentimiento de la redención social. 

El revolucionario fué a ver el sol de oro de las nacio- 
nes latinas. 

Después de este baño solar nacieron las otras obras 
que debían darle el imperio del drama moderno, y co- 
locarle al lado de Wagner, en la altura del arte y del 
pensamiento contemporáneo. El había sido el escultor 
en carne viva, en su propia carne. Animó después sus 
extraños personajes simbólicos por cayos labios saldría 
la denuncia del mal inveterado, en la nueva doctrina. Los 
pobres tendrán en él un gran defensor. Es un propósito 
de redención el que le impulsa. Es un gigantesco arqui- 
tecto que desea erigir su construcción monumental, para 
salvar las almas por la plegaria en la altura, de cara a Dios. 

El hombre de las visiones, el hombre del país de los 
kobolds, encuentra que hay mayores misterios en lo co- 
mún de la vida que en el reino de la fantasía: el mayor 
enigma está en el propio hombre. Y su sueño es ver la 
vida mejor, el hombre rejuvenecido, la actual máquina 
social despedazada. Nace en él el socialista; es una espe- 
cie de nuevo redentor. 

Así surgen El pato salvaje, Nora, Los aparecidos. El 
enemigo del pueblo, Rosmersliolví, Hedda Gabler. Escribía 
para la muchedumbre, para la salvación de la muchedum- 
bre. La máquina recibía rudos golpes de su enorme mar- 
tillo de dios escandinavo. Su martilleo se 03'e por todo el 
orbe. La aristocracia intelectual está con él. Se le saluda 
como a uno de los grandes héroes. Pero su obra no pro- 
duce lo que él desea. Y su esfuerzo se vela de una som- 
bra de pesimismo. 

Fué a ver el sol de las naciones latinas. 

Y en las naciones latinas encuentra luchas y horrores, 
desastres y tristezas: su alma padece por la amargura de 
Francia. Llega un momento en que juzga muerta el alma 
de la raza. Mas no se va del todo la esperanza de su co- 

203 



R UBÉ N D A R I O 

razón. Cree en la resurrección futura: "¿Quién sabe cuán- 
do la paloma traerá en su pico el ramo precursor? Lo 
veremos. Por lo que a mí toca, hasta ese día, permanece- 
ré en mi habitáculo enguatado de Suecia, celoso de la 
soledad, ordenando ritmos distinguidos. La multitud va- 
gabunda se enojará sin duda alguna, y me tratará de re- 
negado; pero esa muchedumbre rae espanta, no quiero 
que el lodo me salpique; y deseo, en traje de himeneo, 
sin mancha, aguardar la aurora que ha de venir." ¡Ah, la 
pobre humanidad perdida! Ese extraño redentor quiere 
salvarla, encontrar para ella el remedio del mal y la sen- 
da que conduce al verdadero bien. Pero cada instante 
que pasa le da la muerte a una ilusión. Los hombres es- 
tán originalmente viciados. Su mismo organismo es un 
foco infectivo; su alma está sujeta al error y al pecado. 
Se va sobre lozadales o sobre cambroneras. La existen- 
cia es el campo de la mentira y el dolor. Los malos son 
los que logran conocer el rostro de la felicidad, en tanto 
que el inmenso montón de los desgraciados se agita bajo 
la tabla de plomo de una fatal miseria. Y el redentor pa- 
dece con la pena de la muchedumbre. Su grito no se 
escucha, su torre no tiene el deseado coronamiento. Por 
eso su agitado corazón está de luto, por eso brotan de 
los labios de sus nuevos personajes palabras terribles, 
condenaciones fulminantes, ásperas y flagelantes verda- 
des. Es pesimista por cbra de la fuerza contraria. El ha 
entrevisto el ideal, como un miraje. Ha caminado tras él, 
ha despedazado sus pies en las piedras del camino, no 
ha logrado sino cosechas de decepciones, su fata-morgana 
se ha convertido en nada. 

Y su progenie simbólica está animada de una vida 
maravillosa y elocuente. Sus personajes son seres que 
viven y se mueven y obran sobre la tierra, en medio de 
la sociedad actual. Tienen la realidad de la existencia 
nuestra. Son nuestros vecinos, nuestros hermanos. A ve- 
ces nos sorprende oir salir de sus bocas nuestros propios 
íntimos pensamientos. Y es que Ibsen es el hermano de 
Shakespeare. El proceso shakespeareano de León Daudet 
tendría mejor aplicación si se tratase del gran escandi- 

204 



LO S RAROS 

navo. Los tipos son observados, tomados de la vida 
común. La misma particularidad nacional, el escenario 
de la Noruega, le sirve para acentuar mejor los rasgos 
universales. Después, él, el creador, ha exprimido su 
corazón: ha sondeado su océano mental; ha penetrado en 
su obscura selva interior; es el buzo de la conciencia 
general, en lo profundo de su propia conciencia. Y había 
habido un día en que desde el vientre materno su alma 
se llenara de la virtud del arte. Su dolencia debía de ser 
la sublime dolencia del genio; de un genio peregrino, en 
que se juntarían las ocultas energías psíquicas de países 
remotos en los cuales parece que se encontrase, en cier- 
tas manifestaciones, la realidad del Ensueño. Y ese 
"aristo", ese excelente, ese héroe, ese casi superhombre, 
había de hacer de su vida un holocausto; había de ser el 
apóstol y el mártir de la verdad inconquistable, un in- 
menso trueno en el desierto, un prodigioso relámpago 
en un mundo de ciegas pupilas. Y buscó los ejemplos 
del mal por ser el ambiente del mal el que satura el 
mundo. Desde Job a nuestros días, jamás el diálogo ha 
sentido en su carne verbal los sacudimientos del espíritu 
que en las obras de Ibsen . Habla todo, los cuerpos y las 
almas. La enfermedad, el ensueño, la locura, la muerte 
toman la palabra; sus discursos vienen impregnados de 
más allá. Hay seres ibsenianos en que corre la esencia 
de los siglos. Nos hallamos a muchos miles de leguas 
distantes de la literatura, esa agradable y alta rama de 
las Bellas Artes. Es un mundo distinto y misterioso, en 
que el pensador tiene la estatura de los arcángeles. Se 
siente, en lo obscuro vecino, una brisa que sopla de lo 
infinito, cuyo sordo oleaje oímos de tanto en tanto. 

Su lenguaje está construido de lógica y animado de 
misterio. Es Ibsen uno de los que más hondamente han 
escrutado el enigma de la psique humana. Se remonta a 
Dios. Parte la fuente de su pensar de la montaña de las 
ideas primordiales. Es el héroe moral. ¡Potente solitario! 
Sale de su torre de hielo para hacer su oficio de doma- 
dor de razas, de regenerador de naciones, de salvador 
humano, su oficio, ay, ímprobo, porque cree que no 

205 



RUBÉN DARÍO 

será él quien verá el día de la transfiguración ansiada. 

No os extrañéis de que sobre su obra titánica floten 
brumas misteriosas. Como en todos los espíritus sobera- 
nos, como en todos los jerarcas del pensamiento, su 
verbo se vela de humareda cual las fisuras de las solfa- 
taras y los cráteres de los volcanes. 

Consagrado a su obra como a un sacerdocio, es el ejem- 
plo más admirable que puede darse en la historia de la 
idea humana, de la unidad de la acción y del pensamiento. 

Es el misionero formidable de una ideal religión, que 
predica con inaudito valor las verdades de su evangelio 
delante de las civiHzadas flechas de los bárbaros blancos. 

Si Ibsen no fuera un sublevado titán, sería un santo, 
puesto que la santidad es el genio en el carácter, el genio 
moral. Y ha sentido sobre su faz el soplo de lo descono- 
cido, de lo arcano; a ese soplo ha obedecido su autoin- 
vestigación en las tinieblas del propio abismo. Y va por 
la tierra en medio de los dolores de los hombres, siendo 
el eco de todas las quejas. Los versos al cisne, recorda- 
dos por Bigeon, cantan así: "Cisne candido, siemp-re 
mudo, en calma siempre! Ni el dolor ni la alegría pueden 
turbar la serenidad de tu indiferencia; protector majes- 
tuoso del Elfo que se aduerme, tú te has deslizado sobre 
las aguas sin jamás producir un murmullo, sin jamás lan- 
zar un cántico. 

Todo lo que juntamos en nuestros pasos, juramentos 
de amor, miradas angustiosas, hipocresías, mentiras, ¡qué 
te importaban! ¿Qué te importaban? 

Y, sin embargo, la mañana de tu muerte suspiraste tu 
agonía, murmuraste tu dolor... 

¡Y eras un cisnel" 

El olímpico pájaro de nieve cantado tan melancólica- 
mente por el Poeta ártico — y que en su ciclo surgiera de 
manera tan mágica y armoniosa por obra del dios 
Wagner — es para Ibsen nuncio del ultraterrestre Enigma. 

He ahí que la inviolada Desconocida aparecerá siem- 
pre envuelta en su impenetrable nube, fuerte y silenciosa; 
su fueiza, el fin de todas las fuerzas, y su silencio, la 
aleación de todas las armonías. 

206 



LOS R A R O S 

¿Cuál sería el poeta que, apoyado en el muro kantiano, 
ordenase con mayor soberanía el himno de la Voluntad? 
¿Quién diría la voluntad del Mundo y el mundo de la Vo- 
luntad? Necesitaríase un Pitágoras moral. El Noruego ha 
comprendido esa armonía, y sus cantos han sido seres 
vivos. Ha sido un intérprete de esa representación de 
Dios. Ha sido un incansable minador de prejuicios y ha 
ido a perseguir el mal en sus dos principales baluartes, la 
carne y el espíritu. La carne, que en su infierno contiene 
los indomables apetitos y las tormentosas consecuciones 
del placer, y el espíritu, que, presa de vacilaciones o es- 
clavo de la mentira o arrebatado del pecado luciferino, cae 
también en su infierno. 

Autoridad, constitución social, convenciones de los 
hombres engañados o perversos, religiones amoldadas a 
usos viciados, injusticias de la ley y leyes de la injusticia; 
todo el viejo conjunto del organismo ciudadano; todo el 
aparato de cultura y de progreso de la colectividad mo- 
derna; toda la grande y monstruosa Jericó oye sonar el 
desusado clarín del luminoso enemigo; pero sus muros 
no se conmueven, sus fábricas no caen. Por las ventanas 
y almenas adviértese cómo las caras rosadas de las mu- 
jeres que habitan la ciudad ríen, y los hombres se enco- 
gen de hombros. Y el clarín enemigo suena contra los en- 
gaños sociales; contra los contrarios del ideal; contra los 
fariseos de la cosa pública; contra la burguesía, cuyo 
principal representante será siempre Pilatos; contra los 
jueces de la falsa justicia, los sacerdotes de los falsos 
sacerdocios; contra el capital, cuyas monedas, si se rom- 
piesen, como la hostia del cuento, derramarían sangre hu- 
mana; contra la explotación de la miseria; contra los erro- 
res del Estado; contra las ligas arraigadas desde siglos 
de ignominia para mal del hombre y aun en daño de la 
misma naturaleza; contra la imbécil canalla apedreadora 
de profetas y adoradora de abominables becerros; contra 
lo que ha deformado y empequeñecido el cerebro de la 
mujer, logrando convertirla, en el transcurso de un inme- 
morial tiempo de oprobio, en ser inferior y pasivo; contra 
las mordazas y grillos de los sexos; contra el comercio 

207 



RUBÉN parí O 

infame, la política fangosa y el pensamiento prostituido: 
así en Los aparecidos, así en Hedda Gablert así en El 
enemigo del pueblo, así en Solness, así en Las columnas de 
la sociedad, así en Los pretendientes a la corona, así en La 
Unión de los jóvenes, así en El pequeño Eyolf. 

El arcángel de la guarda del enorme Escandinavo tiene 
por nombre Sinceridad. Otros hay que le escoltan, y se 
llaman Verdad, Nobleza, Bondad, Virtud. Suele también 
acompañarle el querubín Eironeia. Al final de Las colum- 
nas de la sociedad, Lona proclama la grandeza de la Li- 
bertad y de la Sinceridad. Camille Mauclair decía, al fina- 
lizar su conferencia sobre Solness, cuando Lugne-Poe 
hacía a París el servicio que acaba de hacer a Buenos 
Aires Alfredo de Sanctis: "Seamos sinceros delante de 
nosotros mismos, cuidémonos del demonio tonto." ¡Cuan 
elevado y provechoso consejo intelectuall Y Laurent 
Tailhade, al predicar a su vez las excelencias de El ene- 
migo del pueblo, decía: "Si algo puede hacer perdonar al 
público de las primeras representaciones, mundanos y 
bolsistas, pilares de club y folicularios, bobos y snobs de 
todo pelaje, la asombrosa impericia que le distingue, el 
apetito monstruoso que muestra comúnmente para toda 
especie de chaturas, es la acogida que ha hecho desde 
hace tres años a los dos genios, cuya amargura parece 
caber menos en lo que se llama tan justamente *el gusto 
francés"; me refiero a Ricardo Wagner y a Henrik Ib- 
sen." Si esto ha sido aplicado a París, pongan oído atento 
los centros pensantes de otras naciones. Surjan las exce- 
lencias del gusto nacional y asciéndase a las altas cimas 
de la Idea y del Arte; escúchese la doctrina de los seña- 
lados maestros conductores, exorcícese con ideal agua 
bendita al tonto demonio. 

Ibsen no cree en el triunfo de su causa. Por eso la iro- 
nía le ha cincelado su especial sonrisa. Pero ¿quién po- 
dría afirmar que no pueden llegar todavía a ser dorados 
por el fulgor de la esperada aurora los cabellos blancos 
e indomables de ese soberbio y hecatonquero Precursor 
del Porvenir? 



208 




José Martí 



14 




JOSÉ MARTI 




fúnebre cortejo de Wagner exigiría los 
truenos solemnes del Tantihauser; para 
F" acompañar a su sepulcro a un dulce poeta 

r^iLsá^ííí^,^^! bucólico, irían, como en los bajos relieves, 
" ''" '"^ flautistas que hiciesen lamentarse a sus me- 
lodiosas dobles flautas; para los instantes en que se que- 
mase el cuerpo de Melesígenes, vibrantes coros de liras; 
para acompañar — ¡oh! permitid que diga su nombre delan- 
te de la gran Sombra épica; de todos modos, malignas 
sonrisas que podáis aparecer, ya está muerto...! — ; para 
acompañar, americanos todos que habláis idioma español, 
el entierro de José Martí, necesitaríase su propia lengua, 
su órgano prodigioso lleno de innumerables registros, sus 
potentes coros verbales, sus trompas de oro, sus cuerdas 
quejosas, sus oboes sollozantes, sus flautas, sus tímpa- 
nos, sus liras, sus sistrcs. Sí, americanos, hay que decir 
quién fué aquel grande que ha caído! Quien escribe estas 
líneas que salen atropelladas de corazón y de cerebro, no 
es de los que creen en las riquezas esistentes de Améri- 
ca... Somos muy pobres... Tan pobres, que nuestros espí- 

211 



RUBÉN DARÍO 

ritus, si no viniese el alimento extranjero, se morirían de 
hambre. Debemos llorar mucho por esto al que ha caído! 
Quien murió allá en Cuba, era de lo mejor, de lo poco 
que tenemos nosotros los pobres; era millonario y dadi- 
voso: vaciaba su riqueza a cada instante, y como por la 
magia del cuento, siempre quedaba rico; hay entre los 
enormes volúmenes de la colección de La Nación tanto 
de su metal fino y piedras preciosas, que podría sacarse 
de allí la mejor y más rica estatua. Antes que nadie, Mar- 
tí hizo admirar el secreto de las fuentes luminosas. Nunca 
la lengua nuestra tuvo mejores tintas, caprichos y biza- 
rrías. Sobre el Niágara castelariano, milagrosos iris de 
América. ¡Y qué gracia tan ágil, y qué fuerza natural tan 
sostenida y magnífica! 

Otra verdad aún, aunque pese más al asombro sonrien- 
te: eso que se llama el genio, fruto tan solamente de ár- 
boles centenarios— ese majestuoso fenómeno del intelecto 
elevado a su mayor potencia, alta maravilla creadora, el 
Genio, en fin, que no ha tenido aún nacimiento en nues- 
tras repúblicas, ha intentado aparecer dos veces en Amé- 
rica: la primera en un hombre ilustre de esta tierra, la 
segunda en José Martí. Y no era Martí, como pudiera 
creerse, de los semi-genios de que habla Mendés, incapa- 
ces de comunicar con los hombres, porque sus alas les 
levantan sobre la cabeza de éstos, e incapaces de subir 
hasta los dioses, porque el vigor no les alcanza y aun 
tiene fuerza la tierra para atraerles. El cubano era "un 
hombre". Más aún: era como debería ser el verdadero 
super-hombre, grande y viril; poseído del secreto de su 
excelencia, en comunión con Dios y con la naturaleza. 

En comunión con Dios vivía el hombre de corazón 
suave e inmenso; aquel hombre que aborreció el mal y el 
dolor; aquel amable león de pecho columbino, que pu- 
diendo desjarretar, aplastar, herir, morder, desgarrar, fué 
siempre seda y miel hasta con sus enemigos. Y estaba en 
comunión con Dios, habiendo ascendido hasta él por la 
más firme y segura de !as escalas: Ja escala del Dolor. La 
piedad tenía en su ser un tem^plo; por ella diríase que si- 
guió su alma los cuatro ríos de que habla Rusbrock el 

212 



LO S R A ROS 

Admirable: el río que asciende, que conduce a la divina 
altura; el que lleva a la compasión por las almas cautivas; 
los otros dos que envuelven todas las miserias y pesa- 
dumbres del herido y perdido rebaño humano. Subió a 
Dios, por la compasión y por el dolor. ¡Padeció mucho 
Martí! — desde las túnicas consumidoras, del temperamen- 
to y de la enfermedad, hasta la inmensa pena del señala- 
do que se siente desconocido entre la general estolidez 
ambiente; y por último, desbordante de amor y de patrió- 
tica locura, consagróse a seguir una triste estrella, la es- 
trella solitaria de la Isla, estrella engañosa que llevó a 
ese desventurado rey mago a caer de pronto en la más 
negra muerte! 

Los tambores de la mediocridad, los clarines del pa- 
trioterismo tocarán dianas celebrando la gloria política 
del Apolo armado de espada y pistolas que ha caído, 
dando su vida, preciosa para la humanidad y para el 
Arte y para el verdadero triunfo futuro de América, com- 
batiendo entre el negro Guillermón y el general Martínez 
Campos! 

¡Oh Cuba! Eres muy bella, ciertamente, y hacen glorio- 
sa obra los hijos tuyos que luchan porque te quieren li- 
bre; y bien hace el español de no dar paz a la mano por 
temor de perderte, Cuba admirable y rica y cien veces 
bendecida por mi lengua; mas la sangre de Martí no te 
pertenecía; pertenecía a toda una raza, a todo un conti- 
nente; pertenecía a una briosa juventud que pierde en él 
quizá al primero de sus maestros; pertenecía al porvenir! 



Cuando Cuba se desangró en la primera guerra, la 
guerra de Céspedes; cuando el esfuerzo de los deseosos 
de libertad no tuvo más fruto que muertes e incendios y 
carnicerías, gran parte de la intelectualidad cubana partió 
al destierro. Muchos de los mejores se expatriaron, dis- 
cípulos de don José de la Luz, poetas, pensadores, educa- 
cionistas. Aquel destierro todavía dura para algunos que 
no han dejado sus huesos en patria ajena o no han vuel- 
to ahora a la manigua. José Joaquín Palma, que salió a la 

213 



R U B E N DAR ÍO 

edad de Lohengrín con una barba rubia como la de él, y 
gallardo como sobre el cisne de su poesía, después de 
arrullar sus décimas "a la estrella solitaria" de república 
en república, vio nevar en su barba de oro, siempre con 
ansias de volver a su Bayamo, de donde salió al campo a 
pelear después de quemar su casa. Tomás Estrada Palma, 
pariente del poeta, varón probo, discreto y lleno de luces, 
y hoy elegido presidente de los revolucionarios, vivió de 
maestro de escuela en la lejana Honduras; Antonio Zam- 
brana, orador de fama justa en las repúblicas del Norte 
que a punto estuvo de ir a las Cortes, en donde habría 
honrado a los americanos, se refugió en Costa Rica, y allí 
abrió su estudio de abogado; Eizaguirre fué a Guatemala; 
el poeta Sellen, el celebrado traductor de Heine, y su 
hermano, otro poeta, fueron a Nueva York, a hacer al- 
manaques para las pildoras de Lamman y Kemp, si no 
mienten los decires; Martí, el gran Martí, andaba de tierra 
en tierra, aquí en tristezas, allá en los abominables cui- 
dados de las pequeñas miserias de la falta de oro en suelo 
extranjero; ya triunfando, porque a la postre la garra es 
garra y se impone, ya padeciendo las consecuencias de su 
antagonismo con la imbecilidad humana; periodista, pro- 
fesor, orador; gastando el cuerpo y sangrando el alma; 
derrochando las esplendideces de su interior en lugares 
en donde jamás se podría saber el valor del altísimo in- 
genio y se le infligiría además el baldón del elogio de los 
ignorantes — tuvo en cambio grandes gozos: la compre- 
sión de su vuelo por los raros que le conocían honda= 
mente; el satisfactorio aborrecimiento de los tontos, la 
acogida que Télite" de la prensa americana — en Buenos 
Aires y Méjico — tuvo para sus correspondencias y ar- 
tículos de colaboración. 

Anduvo, pues, de país en país, y por fin, después de 
una permanencia en Centro América, partió a radicarse 
a Nueva York, 

Allá, a aquella ciclópea ciudad, fué aquel caballero del 
pensamiento a trabajar y a bregar más que nunca. Des- 
alentado, él tan grande y tan fuerte, ¡Dios mío!, desalen- 
tado en sus ensueños de Arte, remachó con triples clavos 

214 



LOS RAR O ^ 

dentro de su cráneo la imagen de su estrella solitaria, y 
dando tiempo al tiempo, se puso a forjar armas para la 
guerra, a golpe de palabra y a fuego de idea. Paciencia, 
la tenía; esperaba y veía como una vaga fatamorgana, su 
soñada Cuba libre. Trabajaba de casa en casa, en los 
muchos hogares de gentes de Cuba que en Nueva York 
existen; no desdeñaba al humilde: al humilde le hablaba 
como un buen hermano mayor, aquel sereno e indomable 
carácter, aquel luchador que hubiera hablado como Elciis, 
los cuatro días seguidos, delante del poderoso Otón ro- 
deado de reyes. 

Su labor aumentaba de instante en instante, como si 
activase más la savia de su energía aquel inmenso her- 
vor metropolitano. Y visitando al doctor de la Quinta 
Avenida, al corredor de la Bolsa y al periodista y al alto 
empleado de La Equitativa, y al cigarrero y al negro ma- 
rinero, a todos los cubanos neoyorkinos, para no dejar 
apagar el fuego, para mantener el deseo de guerra, lu- 
chando aún con más o menos claras rivalidades, pero, es 
lo cierto, querido y admirado de todos los suyos, tenía 
que vivir, tenía que trabajar, entonces eran aquellas cas- 
cadas literarias que a estas columnas venían y otras que 
iban a diarios de Méjico y Venezuela. No hay duda de 
que ese tiempo fué el más hermoso tiempo de José Martí. 
Entonces fué cuando se mostró su personalidad intelec- 
tual más bellamente. En aquellas kilométricas epístolas, 
si apartáis una que otra ramazón sin flor o fruto, hallaréis 
en el fondo, en lo macizo del terreno, regentes y ko-hi- 
noores. 

Allí aparecía Martí pensador, Martí filósofo, Martí pin- 
tor, Martí músico, Martí poeta siempre. Con una magia 
incomparable hacía ver unos Estados Unidos vivos y pal- 
pitantes, con su sol y sus almas. Aquella Nación colo- 
sal, la "sábana" de antaño, presentaba en sus columnas, 
a cada correo de Nueva York, espesas inundaciones de 
tinta. Los Estados Unidos de Bourget deleitan y divier- 
ten; los Estados Unidos de Groussac hacen pensar; los 
Estados Unidos de Martí son estupendo y encantador 
diorama que casi se diría aumenta el color de la visión 

215 



R V B B N DARÍO 

real. Mi memoria se pierde en aquella montaña de imáge- 
nes, pero bien recuerdo un Gran marcial y un Sherman 
heroico que no he visto más bellos en otra parte; una lle- 
gada de héroes del Polo; un puente de Brooklin literario 
igual al de hierro; una hercúlea descripción de una expo- 
sición agrícola, vasta como los establos de Augías; unas 
primaveras floridas y unos veranos, ;oh, sí!, mejores que 
los naturales; unos indios sioux que hablaban en lengua 
de Martí, como si Manitu mismo les inspirase; unas neva- 
das que daban frío verdadero, y un Walt Whitmaii pa- 
triarcal, prestigioso, líricamente augusto, antes, mucho 
antes de que Francia conociera por Sarrazin al bíblico 
autor de las Hojas de hierba. 

Y cuando e! famoso congreso panamericano, sus car- 
tas fueron sencillamente un libro. En aquellas correspon- 
dencias hablaba de los peligros del yanqui, de los ojos 
cuidadosos que debía tener la América latina respecto a 
la Hermana mayor; y del fondo de aquella frase que una 
boca argentina opuso a la frase de Monroe. 



Era Martí de temperamento nervioso, delgado, de ojos 
vivaces y bondadosos. Su palabra suave y delicada en el 
trato familiar, cambiaba su raso y blandura en la tribuna, 
por los violentos cobres oratorios. Era orador, y orador 
de grande influencia. Arrastraba muchedumbres. Su vida 
fué un combate. Era blandílocuo y cortesísimo con las 
damas; las cubanas de Nueva York teníanle en justo 
aprecio y cariño, y una sociedad femenina había que lle- 
vaba su nombre. 

Su cultura era proverbial, su honra intacta y cristalina; 
quivn se acercó a él se retiró queriéndole. 

Y era poeta; y hacía versos. 

Sí; aquel prosista que, siempre fiel a la Castalia clási- 
ca, se abrevó en ella todos los días, al propio tiempo que 
por su constante comunión con todo lo moderno y su sa- 
ber universal y políglota, formaba su manera especial 
y pecuUarísima, mezclando en su estilo a Saavedra Fa- 
jardo con Gautier, con Goncourt — con el que gustéis, 

216 



LOS R 'A R OS 

pues de todo tiene; usando a la continua de hipérbaton 
inglés, lanzando a escape sus cuadrigas de metáforas, re- 
torciendo sus espirales de figuras; pintando ya con minu- 
cia de pre-rafaelista las más pequeñas hojas del paisaje, 
ya a manchas, a pinceladas súbitas, a golpes de espátu- 
la, dando vida a las figuras; aquel fuerte cazador hacía 
versos, y casi siempre versos pequeñitos, versos senci- 
llos — ¿no se llamaba así un librito de ellos? — , versos de 
tristezas patrióticas, de duelos de amor, ricos de rima o 
armonizados siempre con tacto; una primera y rara co- 
lección está dedicada a un hijo a quien adoró y a quien 
perdió por siempre: "Ismaelillo". 

Los Versos sencillos, publicados en Nueva York, en 
linda edición, en forma de eucologio, tienen verdaderas 
joyas. Otros versos hay, y entre los más bellos Los za- 
páticos de Rosa. Creo que como Banville la palabra "lira" 
y Leconte de Lisie la palabra "negro", Martí la que más 
ha empleado es "rosa". 

Recordemos algunas rimas del infortunado: 



¡Oh, mi vida que en la cumbre 
Del Ajusco hogar buscó, 

Y tan fría se moría 

Que en la cumbre halló calor! 
¡Oh, los ojos de la virgen 
Que me vieron una vez; 

Y mi vida estremecida 

En la cumbre volvió a arder! 



II 



Entró la niña en el bosque 
Del brazo de su galán, 

Y se oyó un beso, otro beso, 

Y no se oyó nada más. 

217 



U B E N DARÍO 

Una hora en el bosque estuvo^ 
Salió al fin sin su galán: 
Se oyó un sollozo; un sollozo, 
Y después no se oyó más. 

III 

En la falda del Turquino 
La esmeralda del camino 
Los incita a descansar: 
El amante campesino 
En la falda del Turquino 
Canta bien y sabe amar. 

Guajirilla ruborosa, 
La mejilla tinta en rosa 
Bien pudiera denunciar 
Que en la plática sabrosa, 
Guajirilla ruborosa, 
Callar fué mejor que hablar. 

IV 

Allá en la sombría, 
Solemne Alameda, 
Un ruido que pasa, 
Una hoja que rueda, 
Parece al malvado 
Gigante que alzado 
El brazo le estruja, 
La mano le oprime, 

Y el cuello le estrecha 

Y el alma le pide — 

Y es ruido que pasa 

Y es hoja que rueda; 
Allá en la sombría, 
Callada, vacía, 
Solemne Alameda... 



218 



o S RAR O S 

V 

— ¡Un beso! 

— ¡Esperal 

Aquel día 
AI despedirse se amaron. 



— ¡Un beso! 

— Toma. 

Aquel día 
Al despedirse lloraron. 

VI 

La del pañuelo de rosa, 
La de los ojos muy negros, 
No hay negro como tus ojos 
Ni rosa cual tu pañuelo. 

La de promesa vendida, 
La de los ojos tan negros, 
Más negras son que tus ojos 
Las promesas de tu pecho. 



Y este primoroso juguete: 



De tela blanca y rosada 
Tiene Rosa un delantal, 

Y a la margen de la puerta, 
Casi, casi en el umbral, 

Un rosal de rosas blancas 

Y de rojas un rosal. 

Una hermana tifene Rosa 
Que tres años besó abril; 

Y le piden rojas flores, 

Y la niña va al pensil, 



219 



RUBÉN DA R I O 

Y al rosal de rosas blancas 
Blancas rosas va a pedir. 

Y esta hermana caprichosa 
Que a las rosas nunca va, 
Cuando Rosa juega y vuelve 
En el juego el delantal, 

Si ve el blanco abraza a Rosa, 
Si ve el rojo da en llorar. 

Y si pasa^caprichosa 
Por delante del rosal, 
Flores blancas pone a Rosa 
En el blanco delantal. 

Un libro, la Obra escogida del ilustre escritor, debe 
ser idea de sus amigos y discípulos. 

Nadie podría iniciar la práctica de tal pensamiento, 
como el que fué, no solamente discípulo querido, sino ami- 
go del alma, el paje, o más bien "el hijo" de Martí: Gon- 
zalo de Quesada, el que le acompañó siempre leal y 
cariñoso, en trabajos y propagandas, allá en Nueva York 
y Cayo Hueso y Tarapa. ¡Pero quién sabe si el pobre 
Gonzalo de Quesada, alma viril y ardorosa, no ha acom- 
pañado al jefe también en la muerte 1 

Los niños de América tuvieron en el corazón de Martí 
predilección y amor.- 

Queda un periódico único en su género — los pocos 
números de un periódico que redactó especialmente para 
los niños. Hay en uno de ellos un retrato de San Martín, 
que es obra maestra. Quedan también la colección de 
Patria y varias obras vertidas del inglés, pero eso todo 
es lo menor de la obra literaria que servirá en lo futuro. 

Y ahora, maestro y autor y amigo, perdona que te 
guardemos rencor los que te amábamos y admirábamos, 
por haber ido a exponer y a perder el tesoro de tu talen- 
to. Ya sabrá el mundo lo que tú eras, pues la justicia de 
Dios es infinita y señala a cada cual su legítima gloria. 
Martínez Campos, que ha ordenado exponer tu cadáver, 

220 



LOS B 'A R O S 

sigue leyendo sus dos autores preferidos: "Cervantes..." 
y "Ohnet". Cuba quizá tarde en cumplir contigo como 
debe. La juventud americana te saluda y te llora; pero 
¡oh Maestrol ¿qué has hecho...? 

Y paréceme que con aquella voz suya, amable y bon- 
dadosa, me reprende, adorador como fué hasta la muerte 
del ídolo luminoso y terrible de la Patria; y me habla del 
sueño en que viera a los héroes: las manos de piedra, los 
ojos de piedra, los labios de piedra, las barbas de piedra, 
la espada de piedra... 

Y que repite luego el voto del verso: 

]Yo quiero, cuando me muera, 
Sin patria, pero sin amo, 
Tener en mi losa un ramo 
De flores y una bandera! 




221 




EUGENIO DE CASTRO 

(Conferencia leída en el Ateneo de Buenos Aires.) 




EÑOR presidente, señoras, señores: Os saludo 
al comenzar esta conferencia sobre el poeta 
Eugenio de Castro y la literatura portugue- 
sa. Es el asunto para mí gratísimo. Mi deseo 
es que al acabar de escuchar mis palabras, 
llevéis con vosotros el encanto de un nuevo 
y peregrino conocimiento: el del joven ilustre que hoy re- 
presenta una de las más brillantes fases del renacimiento 
latino, y que, como su hermano de Italia— el Ermete ma- 
ravilloso — , se mantiene en la consagración de su ideal 
"en la sede del arte severo y del silencio", allá en la no- 
ble y docta ciudad de Coimbra. Este nombre os despier- 
ta, desde luego, el recuerdo de una antigua vida escolar, 
los estudiantes tradicionales, la Fuente de los Amores, el 
Mondego, celebrado en los versos, y la figura dulce y 
trágica de aquella adorable señora que tuvo el mismo 
apellido que nuestro poeta: Inés de Castro, tan bella cuan- 
to sin ventura. Es en aquella ciudad universitaria en don- 
de ha surgido el admirable lírico que había de represen- 



RUBÉN DARÍO 

tar, el primero, a la raza ibérica, en el movimiento inte- 
lectual contemporáneo, que ha dado al arte espacios nue- 
vos, fuerzas nuevas y nuevas glorias. Vogüe, que antes 
mirara el vuelo simbólico de las cigüeñas, anunciaba no 
hace mucho tiempo, a propósito de la obra de Gabriele 
d'Annunzio, una resurrección del espíritu latino. Las 
arpas y las flautas sonaban del lado de Italia. Hoy la ar- 
monía se oye del lado de Iberia. Ya es un conjunto de 
músicas orientales; ya un son melodioso de siringa, seme- 
jante a los que la muerte ha venido a suspender en los 
labios del divino Panida de Francia, Paul Verlaine; ya un 
heráldico trueno de trompetas de plata, que avisa el paso 
de una caravana salomónica. ¿Conocéis al prestigioso 
Gama que corona Camoens de esplendorosas gemas poé- 
ticas en los triunfos de sus Lusiadas? Es el viajero casi 
mitológico que vuelve de los países recónditos adonde su 
valor y su se-d de cosas desconocidas le han llevado. A 
semejanza de aquellos antiguos atrevidos navegantes 
portugueses que iban a las playas distantes de las tierras 
asiáticas y africanas en busca de tesoros prodigiosos y 
volvían con las perlas arábigas, los diamantes de Golcon- 
da, las resinas y aromas y ámbares recogidos en los mis- 
teriosos continentes y en los hechiceros archipiélagos, 
trayendo al propio tiempo la impresión de sus visiones 
en la realidad de las leyendas, en las visitas a islas raras 
y penínsulas de encantamiento, Eugenio de Castro, biza- 
rro y mágico Vasco ,de Gama de la lira, vuelve de sus 
incursiones a un Oriente de ensueño, de sus expediciones 
a los fantásticos imperios, a países del pasado, lleno de 
riquezas, dueño de raras piedras preciosas, conquistador 
y argonauta, vestido de suntuosos paramentos e impreg- 
nado de exóticos perfumes. 

Señores: Mientras nuestra amada y desgraciada madre 
patria, España, parece sufrir la hostilidad de una suerte 
enemiga, encerrada en la muralla de su tradición, aislada 
por su propio carácter, sin que penetre hasta ella la 
oleada de la evolución mental de estos últimos tiempos, 
el vecino reino fraternal manifiesta una súbita energía; el 
alma portuguesa llama la atención del mundo, la patria 

224 



L O S RAROS 

portuguesa encuentra en el extranjero lenguas que la ce- 
lebran y la levantan, la sangre de Lusitania florece en 
armoniosas flores de arte y de vida: nosotros, latinos, 
hispanoamericanos, debemos mirar con orgullo las ma- 
nifestaciones vitales de ese pueblo y sentir como pro- 
pias las victorias que consigue en honor de nuestra 
raza. 

Es digno de todas nuestras simpatías ese bello y glo- 
rioso país de guerreros, de descubridores y de poetas. 
Una de las más gratas impresiones de mi vida ha sido la 
que produjo esa tierra en que florecen los naranjos. Lis- 
boa, hermosa y real, frente a su soberbia bahía, un cielo 
generoso de luz, una tierra perfumada de jardines, una 
delicia natural esparcida en el ambiente, una fascinación 
amorosa que invita a la vica, altivez nativa, nobleza in- 
génita en sus caballeros, y en sus damas una distinción 
gentilicia como corona de la belleza. Y consideraba, al 
hollar aquella tierra, las proezas de tantos hijos suyos 
famosos: Magallanes, cuyo nombre quedó para los siglos 
en el extremo surargentino; Alburquerque, el que fué a 
la lejana Goa; Bartolomé Díaz y la figura dominante, 
aureolada de fuegos épicos, del gran Vasco. 

Y evocaba la obra de la lira, los ingenuos balbuceos en 
la corte de Alfonso Henríquez, en donde la linda Doña 
Violante antojábaseme harto cruel ron el pobre Egas 
Moniz, agonizante de amor por aquel "corpo d'oiro"; los 
trovadores, formando sus ramilletes de serranillas; Don 
Diniz, el rey poeta y sapiente, semejante a Alfonso de 
España, y a quien Camoéns compara con el grande Ale- 
jandro: 

Ei despois vem Diniz, que bem parece 
Do bravo Affonso, estirpe nolbe e dina; 
Con quen a fama grande se escurece 
Da liberalidade Alexandrina: 
Com este o reino próspero florece 
(Alcanzada já a paz áurea divina) 
En constitui^oes, leis e costumes, 
Na terraja tranquilla claros lumes. 

15 225 



RUBÉN par í O 

Fez primeiro em Coimbra exercitar-se 
O valeroso officio de Minerva; 
E de Helicona as Musas fez passar-se 
A pizar do Mondego a fértil herva. 
Quanto pode de Athenas desejsr se, 
Tudo o soberbo Apollo aqui reserva: 
Aqui as capellas dá tecidas de ouro, 
Do bacharo e do serapre verde louro. 

"Y después viene Dionisio, que bien parece del bravo 
Alfonso estirpe noble y digna; por quien la fama grande 
se obscurece de la liberalidad Alejandrina. Con éste el 
reino próspero florece (ya alcanzada la áurea paz divina) 
en constituciones, leyes y costumbres, e iluminan claras 
luces la ya tranquila tierra. Hizo primero en Coimbra que 
se ejercitase el valeroso oficio de Minerva; y las musas 
del Helicón por él fueron a pisar la fértil hierba del Mon- 
dego. Cuanto puede de Atenas desearse, todo el sober- 
bio Apolo aquí reserva: Aquí da las coronas tejidas 
de oro y de siempre verde laurel." Y luego los roman- 
ceros, el Amadís que despierta el Quijote; Mascías que 
muere por el amor, y tanto porta-lira que en tiempos 
propicios a las Musas las glorificaron en el suelo lu- 
sitano. 

No había llegado aún a mis oídos el nombre de Euge- 
nio de Castro, ni a mi mente el resplandor de su arte 
aristocrático. La literatura portuguesa ha sido hasta hace 
poco tiempo escasamente conocida. Existe cerca de nos- 
otros un gran país, hijo de Portugal, cuyas manifestacio- 
nes espirituales son en el resto del continente completa- 
mente ignoradas; y hay, señores, en Portugal, y hay en el 
Brasil una literatura digna de la universal atención y del 
estudio de los hombres de pensamiento y de arte. En 
nuestra América española, el conocimiento de la litera- 
tura de lengua portuguesa se reduce al escaso número de 
los que han leído a Comoens, la mayor parte en malas 
traducciones, y vaya por lo antiguo. En cuanto a lo mo- 
derno, se sabe que ha existido un Herculano gracias a los 
versos de Núñez de Arce, y un E<;a de Queiroz, por un 

226 



L O S RAROS 

Primo- Basilio, que ha esparcido a los cuatro vientos, en 
castellano, unn feroz casa editora peninsular. 

No era poco el triste asombro del eminente Pinheiro 
Chagas, cuando en Madrid, en la hospitalaria casa del 
conde de Peralta, oía de mis labios la lamentación de se- 
mejante indiferencia. ¡Pero qué mucho, si en España mis- 
ma, a pesar del esfuerzo de propagandistas como la Par- 
do Bazán y Sánchez Moguel, el alma lusitana es tanto o 
más desconocida que entre nosotros! Y de Gil Vicente a 
nuestros días, hay un teatro vario y rico. De Sa de Mi- 
randa y Camoéns, a Joáo de Deus, el camino lírico está 
lleno de arcos triunfales. De Duharte Galvao a Alejandro 
Herculano, la historia levanta monumentales y fuertes 
construcciones; !a filosofía y la filología y la erudición es- 
tán representadas por más de un nombre ilustre en ¡os 
anales de la civilización humana; su lengua, que ha pa- 
sado por evoluciones distintas, ha llegado a ser en ma- 
nos de Eugenio de Castro y de sus seguidores el armo- 
niof-o instrumento que nos da esas puras joyas de arte 
moderno, como Sagramor y Belkiss. 

Este siglo tuvo mal comienzo para el pensamiento por- 
tugués. Sus alas no se abrieron en el aire angustioso que 
esparciera la tempestad napoleónica. ¿Qué figuras vemos 
aparecer en esa agitada época? Una especie de Quintana, 
José Agustín de Macedo, que sopla su hueca trompa; una 
especie de Ponsard, Aguiar Leitao, que se pavonea en- 
tre la pobreza y sequedad de sus tragedias; y el curioso 
y desjuicido José Daniel, que a falta de Terencio y Plau- 
to, se iba solo, po»- una senda poco envidiable. Manuel de 
Nascimiento, arrojado por una tormenta política, estaba 
en París. El obispo Lobo, a quien se ha comparado con 
De Maistre, señala el principio de una nueva era. Almeida 
Garret, que como Nascimiento había ido a París y había 
sido ungido por Hugo, llevó a su país la iniciación ro- 
mántica. Eugenio de Castro reconoce en uno de su escri- 
tos cómo el fondo del alma portuguesa está impregnado 
de melancolía. Ciertamente, ese pueblo viril siente de 
modo hondo y particular el soplo de la tristeza. Los por- 
tugueses tienen esa palabra que indica una enfermiza y 

227 



R U B E N DARÍO 

especial nostalgia, un sentimiento único, lleno de la más 
melancólica dulzura: "saudade". Tal sentimiento forma 
gran parte del espíritu de la poesía de Almeida Garret, 
que había llevado su barca sobre las mansas y sonoras 
olas del lago lamartiniano. El es uno de los precursores 
del nuevo movimiento. El marca un nuevo rumbo a la 
generación literaria, afianzando en un sólido fundamento 
clásico, pero con largas vistas hacia el futuro. El prefa- 
cio de Doña Branca, que Loiseau parangona con el de 
Cromvell, fué un manifiesto que señaló definitivamente la 
renovación. El sentimentalismo de los románticos y las 
caballerescas aventuras están de triunfo. Doña Branca 
está en el castillo morisco con una hada, y Adozinda, 
pura como un lirio de nieve, es perseguida, cual la me- 
morable italiana, por el incestuoso fuego paternal. Almei- 
da Garret — sin que intente defender la perfección de su 
obra — ha quedado como uno de los grandes románticos, 
que a comienzos de esta centuri ^ han iniciado una revo- 
lución en formas e ideas en el arte de escribir. Antonio 
Feliciano de Castilho se presenta, "enfant sublime", con 
su áulico Eptcedion a los quince años; su obra posterior, 
si es de un romántico declarado, como que procede in- 
mediatamente de Nascimiento, arranca en su fondo de 
antiguas fuentes clásicas, a punto de que se haya nom- 
brado, a propósito de su Primavera, a Safo, Anacreonte y 
Ovidio. Y se yergue luego, altiva y majestuosa, la talla de 
quien, cuando cayo en la tumba, hizo brotar de la más 
bien templada lira castellana un célebre canto fúnebre: 
comprenderéis que me refiero a Alejandro Herculano. El 
gran historiador fué asimismo aficionado a las musas. 
Cuando vayáis por su jardín lírico, no dejéis de observar 
que por ahí ha pasado el Lamartine de las Meditaciones. 
Pero era un vigoroso, era un fuerte, y en la piedra fina y 
duradera de su prosa supo construir más de un soberbio 
monumento. Si sus novelas y los que podíamos llamar, 
con Galdós, episodios nacionales, son de notable valer, 
su fama se sienta sobre el pedestal de su obra histórica, 
al cual su violento liberalismo no alcanzó a producir raja 
alguna. Castello Branco dejó una producción copiosísima 

228 



LOS RAROS 

en donde se pueden encontrar algunos granos de oro. 
Nos hallamos en pleno período contemporáneo. La voz 
de Pinheiro Chagas resuena. Magalhaes Lima va a agitar 
a París la bandera porcuguesa; brillan los nombres de Ca- 
sal Ribeiro, Machado, Oliveira Martins y tantos otros, 
entre los cuales despide excepcional luz el del noble y 
egregio Teófilo Braga. Conocemos algunas poesías de 
Antero de Quental. Doña Emilia nos informa desde Ma- 
drid, de cuando en cuando, que existen tales o cuales li- 
ras lusitanas. 

Leopoldo Díaz, hábil husmeador de elegantes noveda- 
des, nos traduce una que otra poesía portuguesa; nos 
comienzan a llegar los ecos de un renacimiento en las 
letras brasileras y en notables revistas jóvenes; y de 
pronto un clamor doloroso nos anuncia, al mismo tiempo 
que la muerte de Verlaine, la del gran poeta Joáo de 
Deus. 

El viejo Joao de Deus, "el poeta del amor", a quien 
Louis Pítate de Brinn Gaubast no ha vacilado en llamar 
"un Verlaine — con la pureza de un Lamartine", fué tam- 
bién un precursor de los artistas exquisitos que hoy han 
colocado a tan gran altura las letras portuguesas. Como 
en España, como entre nosotros, la exageración románti- 
ca, el lacrimoso, falso y grotesco lirismo personal que 
tuvo la fecundidad de una epidemia, halló en Portugal su 
falange en los seguidores de Palnieirim y Joao de Lemos. 
Contra ésos se opuso Joao de Deus, ayudado por el 
triste y malogrado Soares de Passos, que iniciaron algo 
semejante a la labor parnasiana de Francia, pero ponien- 
do en el fondo del vaso buen vino de emoción. La obra 
de Joáo de Deus, condénsala en pocas palabras Teófilo 
Braga: "volvió a la elocución más ideal por la naturalidad; 
dio al verso la armonía indefectible por la concordancia 
de los acentos métricos con la acentuación de las pala- 
bras; hizo de la rima una sorpresa y al mismo tiempo un 
colorido vivo; combinó nuevas formas estróficas, reno- 
vando también el soneto y el terceto camonianos, con jn 
tinte de gracia de los modismos populares. En la fábula 
de la Cabra o Carjuiro e o Cebado, resolvió magistral- 

229 



R U ^ ^ N D^ A R / O 

mente el problema presentido por los llamados nepheli- 
batas, de la remodelación de la estructura del verso; en- 
contró que el verso puede quebrarse en los hemistiquios 
más caprichosos, y aun sin sílabas definidas, pero siem- 
pre cayendo dentro de la armonía fundamental y orgánica 
del verso tal como el oído romántico lo estableció. La 
perfección de la forma no bastaba para que Joao de Deus 
ejerciese un influjo inmediato; sería admirado como artis- 
ta, pero no tendría el invencible poder de sugestión en 
los espíritus Además de esa perfección parnabista, sus 
versos expresan estados de alma, la pasión íntima, vaga 
y casi timorata de los antiguos trovadores; aspiraciones 
indefinidas, como las de los neoplatónicos o petrarquistas 
del Renacimiento; la unción mística, como la de los ver- 
sos de los poetas extáticos españoles; y, finalmente, la 
sátira mordiente, como la de los "goliaraos" y estudian- 
tes de la tuna de las universidades medioevales, cuyo 
espíritu se advierte en las estrofas de Dn.heido, la Lata 
y la Marmelada. La impresión que produjo cuando la 
poesía caía desacreditada por las exageraciones ultra- 
románticas, fué grande, se hizo sentir en una rápida 
transformación de gusto y esmero en los nuevos poetas. 
Con verdad y justicia, Joao de Deus fué proclamado el 
maestro de todos nosotros". 

Muerto ese maestro ilustre, a quien con tanto amor 
celebra Teófilo Braga, y cuyos despojos se habían cu- 
bierto de blancas rosas frescas y de laureles, un joven le 
despide con un saludo glorioso, como se saluda a un 
pabellón, en el instituto de Coimbra. Ese joven era el 
mismo que enviara al féretro del consagrado cantor de 
amores una corona de violetas y crisantemos, con esta 
leyenda: "A Joáo de Deus, Eugenio de Castro." Le des- 
pide con nobleza y orgullo principales, salvando la esen- 
cia lírica del maestro. Su ofrenda fué la presentación 
verdadera de la obra de Joao de Deus, libre de las tachas 
y aglomeraciones perturbadoras que impone la crítica 
indocta y fácil en la incompetencia de sus admiraciones. 
Lamento con una honda voz de artista puro la belleza 
poluta por la brutahdad de la moderna vida, por las bajas 

230 



LOS RARO S 

conquistas de interés y de la utilidad. "El americanismo 
reina absolutamente: destruye las catedrales para levan- 
tar almacenes: derrumba palacios para alzar chimeneas, 
no siendo de extrañar que transforme brevemente el 
monasteiio de Batalha en fábrica de conservas o tejidos, 
y los Jerónimos en depósito de carbón de piedra o en 
club democrático, como ya transformó en cuartel el mo- 
numental convento de Mafra. Las multitudes triunfantes 
aclaman al progreso; Edison es el nuevo Mesías; las Bol- 
sas son los nuevos templos. El humo de las fábricai ya 
obscurece el aire; en breve dejaremos de ver el cielol" 
Tal es la queja; es la misma de Huysman en Francia, la 
queja de todos los artistas, amigos del alma; y considerad 
si se podría lanzar con justicia ese Clamor de Coimbra, 
en este gran Buenos Aires que con los ojos fijos en los 
Estados Unidos, al llegar a igualar a Nueva York, podrá 
levantar un gigantesco Sarmiento de bronce, como la 
libertad de Bartholdi, la frente vuelta hacia el país de los 
ferrocarriles. 

Ese artista que de tal manera exclama "¡en breve deja- 
remos de ver el cielo!", es uno de los más exquisitos con 
que hoy cuenta la moderna literatura europea, o mejor 
dicho, la moderna literatura cosmopolita. Pues existe hoy 
ese grupo de pensadores y de hombres de arte que en 
distintos climas y bajo distintos cielos van guiados por 
una misma estrella a la m.orada de su ideal; que trabajan 
mudos y alentados por una misma ii.isteriosa y potente 
voz, en lenguas distintas, con un impulso único. ¿Simbolis- 
tas? ¿Decadentes? Oh, ya ha pasado el tiempo, felizmente, 
de la lucha por sutiles clasificaciones. Artistas, nada más, 
artistas a quienes distingue principalmente la consagra- 
ción exclusiva a su religión mental, y el padecer la per- 
secución de los Domicianos del utilitarismo; la aristocra- 
cia de su obra, que aleja a los espíritus superficiales, o 
esclavos de límites y reglamentos fijos. Entre las acusa- 
ciones que han padecido, ha sido la de la obscuridad. Se 
les adjudicó el imperio de las tinieblas. Las gentes que 
se nutren en los periódicos les declararon incomprensi- 
sibies. En los países del sol, se dijo: "Son cosas de los 

231 



RUBÉN par í O 

países del Norte. Esos hombres trabajan en las nieblas; 
sigamos nuestras tradiciones de claridad." Y resulta, por 
fin, que la luz también pertenece a esos hombres, y que 
los palacios sospechosos de encantamiento que se divisa- 
ban entre las brumas de Escandinavia y en tierras donde 
sueñan seres de cabellos dorados y ojos azules, alzan 
también sus cúpulas entre las fragancias y esplendores 
del mediodía, y en tierras en que los divinos sueños y 
las prodigiosas visiones penetran también por las pupilas 
negras. 

En los tiempos que corren, dice De Castro, el diletan- 
tismo literario, ese joyero de piedras falsas, dejó de ser 
un monopolio de los burgueses, ha pasado hasta las más 
bajas clases populares. Cuando las otras ocupaciones in- 
telectuales, la filosofía y el derecho, las matemáticas y la 
química, por ejemplo, son respetadas por el vulgo, no 
hay por ahí "boni frate" que no se juzgue con derecho 
de invadir el campo literario, exponiendo opiniones, dis- 
tribuyendo diplomas de valer o de mediocridad. 

Lo cierto es, sin embargo, que la literatura es sólo para 
los literatos, como las matemáticas son sólo para los ma- 
temáticos y la química para ios químicos. Así como en 
religión sólo valen las fes puras, en arte sólo valen las 
opiniones de conciencia, y para tener una concienzuda 
opinión artística es necesario ser un artista. 

¿Ha tenido que luchar Eugenio de Castro? Indudable- 
mente, sí. No conozco los detalles de su campaña intelec- 
tual; pero no impunemente se llega a tan justa gloria a su 
edad, ni se producen tan admirables poemas. La gloria 
suya, la que debe satisfacer su alma de excepción, no es 
por cierto la ciega y panúrgica fama popular, tan lisonje- 
ra con las medianías; es la gloria de ser comprendido 
por aquellos que pueden comprenderle; es la gloria en la 
comunidad de los "aristos". Su nombre no resuena sino 
desde hace poco tiempo en el mundo de los nuevos. Su 
Oaristos apareció hace apenas seis años. Después se su- 
cedieron Horas, Sylva, Interlunios. No he leído sus 
obras sino después que conocí al poeta por la crítica de 
Italia y Francia, Abonado por Remy de Gourmont y 

232 



LOS RAR O S 

Vittorio Pica, encontró abiertas de par en par las puer- 
tas de mi espíritu. Leí sus versos. Desde el primer mo- 
mento reconocí su iniciación en el nuevo sacerdocio es- 
tético y la influencia de maestros com.o Verlaine. Y en 
veces su voz era tan semejante a la voz verleniana, que 
junté en mi imaginación el recuerdo de De Castro al del 
amado y malogrado Julián del Casal, un cubano que era 
por cierto el hijo espiritual de "Pauvre Lelian". Eran 
versos de la carne y versos del alma, versos caldeados 
de pasión o de fe: ya reflejos de la roja hoguera swin- 
borniana o de los incensarios y cirios de Sagesse. 

Oíd: 

"Tu frialdad acrece mi deseo: cierro los ojos para ol- 
vidarte, y cuanto más procuro no verte, cuanto más cie- 
rro los ojos, más te veo. 

Humildemente tras de ti sigo, humildemente, sin con- 
vencerte, cuanto siento por mí crecer el gélico cortejo de 
tus desdenes. 

Sé que jamás te poseeré, sé que "otro" feliz venturoso 
como un rey abrazará tu virginal cuerpo en flor. 

Mi corazón entretanto no se detiene: aman a medias 
los que aman con esperanza — amar sin esperanzas es 
el verdadero amor." 

Ya en Horas el tono cambia. 

"No perpetuemos el dolor, seamos castos de una cas- 
tidad elevada. Tú cotuo Inés la santa de los tupidos ca- 
bellos, yo como el purísimo San Luis Gonzaga. 

¡La Pureza convieae a almas como las nuestras, las 
mucosas tientan solamente a las almas vulgares, la son- 
risa con que me encantas sea rosa mística! y sean las mi - 
radas tuyas el argentino "pax tecum". 

No son ya tus gráciles granas de doncella las que me 
cautivan. Del Arcángel la espada reluciente decapitó a 
la Lujuria que hiere y que hiela: lo que adoro es tu co- 
razón." 

233 



RUBÉN DARÍO 



Después llegó a mis manos, en el Mercure de F ranee, 
un poema simbólico y extraño, de un sentimiento pro- 
fundamente pagano, hondo y audaz. Sagramor y Belktss 
me hechizaron luego. 

Sagramor comienza en prosa, en la prosa musical y ar- 
tística de De Castro. Sagramor es un pastor al principio. 
Luego, caballero, recorrerá todas las cimas de la vida, en 
busca de la felicidad. Goza del amor, de las grandezas 
mundanas, de la variedad de paisajes y cielos, de las vic- 
torias de la fama. Como un eco del Ecíesiastés debía re- 
petirle a cada instante la vanidad de las cosas humanas. 
¿Qué le consolará de la desesperanza, cuando ha hallado 
polvo y ceniza? Ni la ciencia, ni la luz del creyente, ni la 
voz de la triste Naturaleza. Hay una virgen fiel que po- 
dría salvarle y acogerle: la Muerte; pero la Muerte no le 
abre sus brazos. A través de soberbios episodios, en má- 
gicos versos, desfila una sucesión de visiones y de símbo- 
los que va a parar al obscuro reino de la invencible Des- 
ilusión, a la fatal miseria del Tedio. En lo más amargo 
del desencanto, Sagramor quiere consolarse con el re- 
cuerdo de su primera y dulce pasión, Cecilia, que ape- 
nas surge un instante, "creatura bella blanco vestita", y 
desaparece. Oíd las voces que llegan de tanto en tanto, a 
invitarle al goce de la existencia: 

PRIMERA voz 

Oh viandante que estás llorando, ¿por qué lloras? Ven 
conmigo; reiremos cantando ¡as horas. ¡Ven, no tardes; 
3'o soy el Amor; quiero dar alas a tus deseos! ¡De lindas 
bocas, copas en flor, beberás dulces, suaves besos! 

SAGRAMOR 

¿Besos...? Los besos, hojas vertiginosas, son venenos. 
Deshojan rosas sobre las bocas, pero abren llagas en el 
corazón... 

234 



LOS R AR O S 

SEGUNDA VOZ 

He aquí oro, llénate de oro, toma, no llores.. . Con los 
ducados de este tesoro, tendrás palacios, gemas y flo- 
res... Mira, ve cuan rubio es el oro y cómo resplandece... 

SAGRAMOR 

¿Oro,..? ¿y para qué? La Felicidad no la vende nadie. 

TERCERA voz 

¿Por qué lanzas tan lamentables quejas, con tan tétri- 
co y angustioso tono? ¡ViajemoslGozaremos bellos días... 

SAGRAMOR 

£1 mundo es pequeño. Lo he recorrido ya todo. 

CUARTA voz 

Soy la Gloria, alegre genio de un radioso país solar... 
¡Tú serás el mayor poeta del mundo! 

SAGRAMOR 

Dicen que el mundo está para concluir... 

QUINTA voz 

Serás un sabio: desde mi albergue verás pronto acla- 
rado todo. 

^SAGRAMOR 

Si hubiera conservado mi ignorancia, no me habría 
sentido tan desventurado... 

235 



RUBÉN DARÍO 

SEXTA VOZ 

Yo soy la muerte victoriosa, madre del misterio, madre 
del secreto... 

SAGRAMOR 

¡Oh, no me toques! ¡Vete! ¡Tengo miedo de ti! 

SÉPTIMA voz 

¡Yo soy la vida! Ya que el morir te da miedo, te daré 
mil años. 

SAGRAMOR 

¡No, Dios mío! ¡No he sufrido ya tantos atroces desen- 
gaños! 

MUCHAS VOCES 

¿Q neres los más raros, los más dulces placeres? 
¿Quieres ser estrella, quieres ser rey? Responde. ¿Qué 
quieres? 

SAGRAMOR 

No Sé... No Sé... 

Un delicado poema suyo — La Monja y el Ruiseñor, 
que dedicó a su amigo el conde Robert de Montesquiou- 
Fezensac — otro exquisito de Francia. Os traduciré fiel' 
mente esos preciosos versos. 

De los argentinos plátanos a la sombra 
La linda monja, que antes fuera princesa^ 
Deja vagar sus ojos por el paisaje... 
Vese el monasterio, a lo lejos, entre las hojas... 

Allá, en un balcón que domina las aguas, 
Las otras monjas ríen, contemplando 

236 



o S R A ROS 

El polífono mar, tan agitado, 
Que de las olas los límpidos aljófares 
Sobre la tela de los hábitos cintilan, 
Dando a aquellas pobrecillas el aspecto 
De reinas que se divierten en una boda. 

La princesa real, que se hizo monja, 
Que una corona trocó por cilicios, 
Y las fiestas por la dulce paz del claustro, 
Lejos de las compañeras sonrientes 
Jamás a las diversiones de ellas se junta. 
Cuando no duerme o reza, su vida 
Es vagar por el encierro, 
Tan ajena a sí misma, tan suspensa 
Cual si las nieblas de un sueño atravesase... 

La monja piensa... 

Un día, siendo novicia, 
Al despertar, sus claros ojos vieron 
Cerca de sí un ruiseñor dulcísimo 
Que le dijo: 

"Soy yo, el alma tuya, 
Que esta forma tomé, para, volando, 
Recorrer distantes, luminosos países, 
Cuyos prodigios mil y mil encantos 
Vendré a contarte en las serenas noches..." 

Entonces, el ruiseñor batió las alas; 
Pero nunca más volvió a su dueña. 
Que por volverle a ver se desespera, 
Sufriendo tanto que llorosa juzga 
riaber tenido quizá dos almas. 
Porque, huyendo la una, no sentiría 
Tales penas, si no le quedase otra. 

Apágase el día... 

He aquí que al nacer la luna 
Entre las aves que vuelven a sus nidos 

237 



RUBÉ N par í O 

A la esbelta monja se acerca u" ruiseñor 
Mirándola y remirándola, hasta que rompe 
En un argentino cantar: 

"¿No me conoces? 
Soy yo, tu alma... ten paciencia 
Si de ti me he apartado por tanto tiempo. 
jAhl Pero tú no calculas, amiga mía, 
Cuan lindas cosas he visto, qué lindas cosas 
Traigo que contarte..." 

La paz de la noche 
Se aterciopela por los tranquilos prados; 

Y entonces la monja que en transporte lánguido 
Parece oír allí celestes coros, 

A la linda monja cuyos ojos mansos 
Se van cerrando en mística voluptuosidad, 
Ei airoso ruiseñor cuenta los viajes 
Que hizo por las estrellas diamantinas... 

¡Oh! ¡Qué dulce cantar! Cantar tan lindo 
Que el sol nació, subió, y en fin hundióse. 
Sin que ia monja en su curso reparase, 
Toda abstraída al oir el divino canto... 
¡Y el canto no termina! Y la luna blanca 
De nuevo surge en el aire, de nuevo expira, 
Nuevamente el sol brilla y palidece, 

Y siempre el canto encanta a la monja. 

El canto celestial la va llevando 
Por divinos jardines maravillosos 
Donde los pálidos ángeles sonrientes, 
Con aéreos vestidos de perfumes, 
Andan curando heridas mariposas. 

Llévala el canto por la vía láctea. 

Donde hay floresta, blancas, todas blancas, 

Y donde en lagos de leche pasan cisnes 
Arrastrando de los serafines extáticos 
Las barcas de cristal llenas de lirios... 

233 



os RAROS 

\Y el ruiseñor no cesa! Cuenta, cuenta 
Maravillas, prodigios, esplendores... 

Y la linda monja, al oirlo, sueña, sueña... 
Sin comer ni dormir, días y días... 
Muere por fin el otoño, liega el invierno. 
Cae nieve, el frío corta; mas la monja 
Sólo oye ai ruiseñor... y nada siente... 

Muere el invierno, llega la primavera, 
Retorna el verano y pasan meses, 
Pasan años, ciclones, tempestades, 
¡Y el ruiseñor no cesa! cuenta... canta... 

Y la linda monja, al oirlo, sueña, sueña... 
¡Oh, que delicia aquella! ¡Qué delicia! 

De sus compañeras queda apenas 
ti frío polvo en las frías sepulturas, 

Y el fuego destruyó todo el convento 

— ¡Y sin embargo, la monja no sabe nada! 
Oyendo al ruiseñor no vio el incendio 
Ni los dobles oyó que anunciaran 
De las otras monjas la distante muerte... 

Nuevos años se extinguen... 

Una guerra 
Tuvo lugar allí, muy cerca de ella, 
Que nada oyó ni vio, escuchando el canto: 
Ni el funesto estridor de las granadas, 
Ni los suspiros vanos de los moribundos. 
Ni la sangre que a sus pies iba corriendo... 

¡Un día, al fin, el ruiseñor se calló! 
De los argentinos plátanos a la sombra 
La monja despertó, suavemente 

Y murió, como un niño que se duerme, 
Mientras el ruiseñor volaba, ledo, 
Para el país que tanto le deslumhrara... 

239 



RUBÉN DAR I O 

El ruiseñor había cantado trescientos años... 

Si no habéis podido juzgar de la melodía original del 
verso, de seguro os habrá complacido esa deliciosa fábu- 
la. Si os fijáis bien, podréis encontrar que ese ruiseñor 
es hermano de aquel que oyó e' monje de la leyenda; pero 
confesaréis qu¿ ambos pájaros paradisíacos cantan uná- 
nimes con igual divina gracia. 

Y he aquí que llegamos a la obra principal de Eugenio 
de Castro, Belkiss, traducida ya a varios idiomas y cele- 
brada como una verdadera obra maestra. 

Léese en el Libro de ¡os Reyes, en la parte del reinado 
de Salomón: "Et ingressa Jerusalem multo cum comitatu, 
et divitiis, cameüs portantibus aromata, et aurum infini- 
tuní nimis, et gemmas pretiosas, venit ad regem Salomo- 
nen, et locuta e&t ei universa quae habebat in corde sao." 
Y más adelante: "Rex autem Salomón, dedit reginae Saba 
omnia quae voluit et petivit ab eo; exceptis his, quse ultro 
obtulerat ei numere regio. Quae reserva est, et abiit in 
terram suara cum servis suis." Es esa reina de Saba, la 
Makheda de la Etiopía, de cuya descendencia se gloria el 
negus Meneük la Be)kiss arábiga. Al solo nombrar a la 
reina de Saba sentiréis como un soplo perfumado de un- 
güentos bíblicos, miraréis en vuestra imaginación un es- 
pectáculo suntuoso de poderío oriental: tiendas regias, 
camellos enjaezados de oro, desnudas negras adolescen- 
tes con flabeles de plumas de pavos reales; piedras pre- 
ciosas y telas de incomparable riqueza. ¡Y bien! Eugenio 
de Castic ha evocado mágicamente la misteriosa y bella 
persona. La reina de Saba de Axum y del Hymiar se 
anima, llena de una vida ardiente, en fabulosas decora- 
ciones, imperiosa de amor, simbólica victima de una fata- 
lidad irreductible. 

Es un poema dialogado en prosa martillada por un 
Flaubert nervioso y soñador, y en donde la reminiscen- 
cia de Maeterlinck queda inundada eii un torbellino de luz 
milagrosa y en una armonía musical, cálida y vibiante. 
Lo pintoresco, las acotaciones, en su elegancia arqueoló- 
gica, nos llevan a recordar ciertas páginas de Herodías o 
de La tentación de San Antonio. Belkiss, en sus suntuo- 

240 



LOS R A R O 5 

sos triunfos, habrá de padecer después el ineludible do- 
lor. Para que David nazca, eila pasará sobre la experien- 
cia y sabiduría de Jophe.samin, su mentor o ayo; y sen- 
tirá primero la tempestad de amor en su sexo y en su 
corazón; y hará el viaje a Jerusalera, entre prodigios y 
misterios, y sentirá por fin el beso del adorado rey, y 
temblará cuando contemple bajo sus pies las azucenas 
sangrientas. 

Una sucesión de escenas fastuosas se desarrolla al eco 
de una wagneriana orquestación verbal. Puede asegurar- 
.se, sin temor a equivocación, que los primeros "músi- 
cos", en el sentido pitagórico y en el sentido wagneriano, 
del arte de la palabra son boy Gabriel d'Aununzio y 
Eugenio de Castro. 

Quisiera daros una idea de ese poema — que ha rendido 
la indiferencia oncial en Portugal , donde a los veinti- 
siete años ha sido su autor elegido miembro de la Real 
Academia de Lisboa, y que ha arrancado aplausos fra- 
ternales en todos los puntos del globo en que existen cul- 
tivadores del arte puro. Mas tendría que ser demasiado 
profuso, y prefiero aconsejaros, como quien recomienda 
una especie rara de floro un delicioso licor exótico, que 
leáis Belkiss, en la versión de Picea, en italiano, que es 
de todo punto admirable, o en el bello librito arcaico im- 
preso en Coimbra por Francisco Franca Amado. Y tened 
presente que hay que acercarse a nuestro autor con de- 
seo, sinceridad y nobleza estéticas. Os lepetiré las pala- 
bras del crítico italiano: "Ciertamente la poesía de Euge- 
nio de Castro es poesía aristocrática, es poesía decadente 
y, por lo tanto, no puede gustar sino a un público restric- 
to y selecto que, en los refinamientos de las ideas y de 
las sensaciones, en la variedad sabia y musical de los 
ritmos, halla una singular voluptuosidad del espíritu. El 
común de los lectores, acostumbrados a los azucarados 
jarabes de los poetitas sentimentales, o solamente de 
gusto austero y que no aprecian sino la leche y el vino 
vigoroso de los autores clásicos, vale más que no acer- 
quen los labios a las ánforas curiosameí.te arabescadas y 
pomposamente geniadas de los cantos ya amorosos, ya 

16 241 



RUBÉN 



D 



R 



O 



místicos, ya desesperados del poeta de Coimbra, ya que 
en ellos está contenido un violento licor que quema y 
disgusta a quien no está hecho a las fuertes drogas de 
cierta refinada y excepcional literatura modernísima.* 

Se trata, pues, de un "raro" . Y será asombro curioso 
el de aquellos que lean a Eugenio de Castro con la pre- 
ocupación de moda de los que creen que toda obra sim- 
bolista es un pozo de sombra. Belkiss está lleno de luz. 

Señores: He concluido esta conferencia sobre el poeta 
Eugenio de Castro y la literatura portuguesa. 




242 



Índice 



Páginas. 

Prólogo 7 

El arte en silencio 9 

Edgar Alian Poe <7 

Leconte de Lisie , 31 

Paul Verlaine 49 

El conde Matías Augusto de Villiers de l'Isle Adam. . . 57 

León Bloy 69 

Jean Richepin 83 

Jean Moreas 93 

Rachilde 11 1 

George d'Esparbés 1 23 

Augusto de Armas 131 

Laurent Tailhade 135 

Fra Domenico Cavalca 143 

Eduardo Dubus 1 53 

Teodoro Hannon 165 

El conde de Lautréamont 173 

Paul Adam 181 

Max Nordau 187 

Ibsen 197 

José Martí 211 

Eugenio de Castro 92$ 





ACABÓSE 

DE IMPRIMIR 

ESTE LIBRO EN 

MADRID, EN LA 

IMP. DE JUAN PUEYO, 

EL DÍA XXI DEL 

MES DE JUNIO 

DEL AÑO 

MCMXX